Goya

Francisco de Goya y Lucientes es el pintor de los dibujos terribles, un exprexionista antes de Kirchner, antes de Soutine, antes de Permeke, los cuales pintaban ya con la vanguardia de principios de siglo. Goya es un vanguardista de agua y de gas filosófico, antes de que Martin Heidegger inventara el lenguaje de los monstruos, porque Goya es el monstruo untado de las paredes, el Frankeinstein de Mary Shelley, el dibujo preciso, la guerra de la Independencia, la pintura contemporánea, el romanticismo de Zaragoza, el grabador español, el baturro neoclásico, el tapiz de la manufactura real de Santa Bárbara, El Mengs invisible, el Francisco Bayeu, su cuñadísimo, la pintura hecha carne y delirio, los desastres de la guerra, 1793, la Maja desnuda entreverada de vaginas modernísimas, en un sexo de contemporaneidad y locura. Goya, sí, la extravagancia hecha pan y vino y un contradiós, y los garrotes de los hombres sin brazos, y las pinturas negras o el levantamiento del dos de mayo, 1808, cuadro de historia, y la Historia penetrada de caballos, culminante de sorderas, estética de retratos, óleo al viento de una posmodernidad que todavía dura, porque hoy por hoy estamos todavía en Goya, pese a la abstracción de Max Ackermann o a la pintura intensa de Kazimir Malévich, Goya siempre, en el futuro, doliente, eléctrico, amante, vivo, trigal y sano.

Emili Sánchez-Rubio

Emili Sánchez-Rubio acaba de sacar libro de poemas, "Jardín en Construcción", Premio XX Certamen de Poesía "Ernestina de Champourcin". Ernestina de Champourcín fue una poeta de la generación del 27, que junto con Josefina de la Torre dieron tralla al poema vanguardista y deslumbrante, ambas antologizadas por Gerardo Diego (al margen queda el pensamiento lírico de María Zambrano, mujer de filosofías exiliadas). A mí Ernestina de Champourcín me alumbró en la adolescencia, con un modernismo interior, aparte de acertar siempre en la imagen, nos daba lo esencial juanrromaniano de una mujer. Emili Sánchez-Rubio acaba de ganar un premio con una mujer, que es lo que se merece lo eterno femenino, la soledad del sexo, la parturienta de la vagina, el exceso de la literatura. Emili es la literatura en su estado más puro, el carrefour de la metáfora, "Quiero ser una piedra. / Quiero ser una piedra. / Quiero ser una piedra y ya casi lo tengo, / pero pediría ser una piedra de río / y las piedras no piden nada." Si esto no es poesía que venga Valle-Inclán a retractarme. Emili es poeta es su estado más puro. "Jardín en Construcción" es un poemario que merece la pena comprarlo. Está en las librerías de Palma. Anímense. Se lo aseguro que no pierden el dinero. Mañana me voy con Emili a Moguer, a recitar poemas junto con los poetas peninsulares. Emili tiene la ventaja de ser un Juan Ramón Jiménez que estará en su tumba mañana. Moguer. Tiene la melena de Pedro Luis de Gálvez y la bohemia de Alejandor Sawa. Yo lo he llevado a las tabernas donde hemos escrito los poemas del romanticismo de Lord Byron y siempre en la última cerveza me ha salido con Martin Heidegger. Es un filosofo que ha estudiado a Platón. Es demasiado inteligente como para dejarse llevar por la poesía de los poetas pornos, según cuenta Paco Umbral, el maestro. Emili, sabes que te quiero.

El dadaísmo

El dadaísmo es un modo de expresión de la nada y la vanguardia. Nace en el Cabaret Voltaire en Zúrich, con Hugo Boll, y más tarde le untaría los gestos y las farmacias Tristan Tzara, verdadero creador del movimiento. El dadaísmo es un antiarte, un contradiós, una rebelión contra todo orden establecido, una provocación, un pistoletazo romántico contra la literatura emergente tras el  desencanto de la primera guerra mundial, el periodo de entreguerras. Había una inclinación hacia lo dudoso, la muerte, lo fantasioso y la constante negación. Dadá es la nolación de la nada, su presencia más dormida. Dadá es una vocal de Marcel Jank, una ginebra de Hans Richter, algo que irrumpe contra todo compromiso social, como un dibujo de Arp. Dadá se presenta como una ideología total, como una forma de vivir y como un rechazo absoluto de toda tradición, por eso se entienden las palabras de Richard Huelsenbeck. El lugar de encuentro de los dadaístas son los cafés, donde provocan escándalos en los que tienen que intervenir la policía para que los poemas no sean demasiado monstruosos. Dadá se impone contra la belleza eterna, es una paloma en el infierno del Dante, contra la eternidad de los principios, contra las leyes de la lógica, contra la inmovilidad del pensamiento, contra la pureza de los conceptos abstractos y contra lo universal en general. Un dadaísta es aquel que propugna la libertad del individuo mientras va inventando el cadáver exquisito y el surrealismo. El dadaísmo nunca se olvidó del humor, por eso creó un lenguaje poético libre y sin límites. Hoy por hoy todavía queda un dadaísmo de siglo XXI eléctrico y paginado.

Tomar el sol

Vengo de tomar el sol de la piscina de mi barrio. Prefiero el sol tempranero, porque alisa la piel como el rastro de los pobres. He tocado el agua varias veces para darme cuenta de que el día se estaba poniendo panadero. Tomar el sol es un calentamiento hacia dentro, un misticismo de la luz, una nervadura de los átomos. Hay una energía que se pone en movimiento y que llega hasta la vulcanización del cuerpo, como atrapándote entre sus zapatitos de charol, como desviándote los ojos. El sol y el cuerpo son dos cantos generales que traen el expresionismo de la mañana y han un dandismo de guantes amarillos en la quinta hiladura del calor. No había mucha gente en la piscina a horas tan tempranas del día, lo cual que todo el sol era mío en su barroco. No es que me guste mucho a mí tomar el sol, pero encuentro necesario quitarme esta blancura como del siglo XVIII y rescatar el sur que hay en mí, los climas cálidos, la paz exótica. El sol no es romántico, ni sentimental, ni  buena persona, pero, de vez en cuando, necesito sentir su vehiculización, su pronóstico, su industrialización, para darme cuenta que yo también soy salvaje y ácrata, delincuente y racionalista, al fin y al cabo, por muchos libros que haya leído uno, nunca llegará a quemar la piscina de la literatura.

Luis Cernuda

Luis Cernuda es el poeta del 27 que más ha quedado entre las jóvenes generaciones de todo el grupo gongorino, mucho más que Lorca. Y es que, entre la realidad y el deseo, nadie como Cernuda para renunciar a la metáfora y dejar a la palabra desnuda en un surrealismo de mundos concretos. Fue el primero en hablar libremente del amor homosexual en sus poemas y eso le dio una solemnidad no buscada para dotar a la poesía de la experiencia de la vida. Como en Bécquer o como en Garcilaso, Cernuda nos cuenta el yo universal de la casa, un intimismo de celebraciones últimas que se matutean en un romanticismo de palabras inquietas. Cernuda no era un hombre nada fácil. Cuenta Umbral que, cuando el exilio, él y unos cuantos fueron a verlo a Londres y cuando el pintor Gregorio Prieto (su amante) les abrió, llamó a Cernuda para que saliera a saludarlos, pero el poeta estaba en otras cosas y no tuvo la amabilidad de conocer a aquellos españoles. Cernuda, como Juan Ramón Jiménez, era gran poeta, pero era mala persona. Escribió mucho en el exilio, pero la poesía que más queda es la española. Quizá su mejor libro sea uno de sus primeros, "Perfil del aire". Pero lo que más se desconoce del poeta sevillano son sus ensayos, que son máximamente maullidos de amor textual. El Cernuda prosista casi es un desconocido, por lo que yo levanto aquí la voz y la palabra para la experiencia del Montaigne/Cernuda, no se nos vaya a escapar el plato servido en la cena.

"Nada"

"Nada", de Carmen Laforet, fue una de las primeras novelas que leí en mi época de bachiller. Recuerdo que por entonces me gustó mucho. La historia en sí me atrapó de tal manera que me introdujo en aquella Barcelona de posguerra donde el color gris y el vacío de las cosas hilaban el juego de los protagonistas. "Nada" había ganado el Premio Nadal y junto con Cela y Delibes ocupaban el novelismo realista de aquella época de los salvados y el hambre de España. Aquel piso de la calle de Aribau era el piso de todos los españoles, una decepción del mundo, un vacío de las cosas, un expresionismo de la angustia. Andrea recorre las noches de Barcelona con la completa convicción de que su vida no va a cambiar en absoluto, de que pese a su atracción por Román, el amor no muta nada, en todo caso transforma las energías demoledoras. "Nada" es la novela, junto a "La Colmena" del franquismo, una España sin alegría y con edades dormidas. Luego vendría el realismo social y más tarde el experimentalismo, pero Carmen Laforet inaugura con las aventuras de la calle de Aribau el asco y la suciedad de un tiempo en que todo estaba enmascarado por los mugrones de la sangre, el ejercicio de la universidad, el silencio de las fábricas, la tos de los ministerios, el verdín de un pueblo entero. Cuando me he releído "Nada" no me ha gustado nada. Me parece una novela superada por el tiempo.

El Mundial

España ha ganado el Mundial. Un patriotismo de carne e historia recorre las calles de este país. La noche en que todo ocurrió yo mismo salté a las calles para enfrentarme a la celebración. A mí lo que me interesa de esta hazaña es esta risa de la gente, este nuevo ilusionismo del pueblo, esta nueva economía que ha entrado en las casas, como un detalle de un cuadro de Paul Delvaux. España, en su tristeza convenida, de repente ha cambiado, y las guerras interiores se han mudado en extensiones de agua y rosas rojas. Viva el fútbol, aunque a mí no me guste, pero ni la política, ni la economía, ni la religión, ni el amor siquiera son capaces de traer al mundo este rosicler de olores fragantes y este Debussy de melodías preciosas. España es un regeneracionismo suspirante de Joaquín Costa, un 98 en las gafitas de Miguel Unamuno, una tarde cárdena en los poemas de don Antonio Machado. Pasará mucho tiempo, si es que llega, para ver a este país con las manos tan limpias de paraísos implacables, porque las calles resulta que en estos días se han llenado de hombres y mujeres que buscaban en sí mismos el quinto elemento de la alegría, el maretazo final de la esperanza, el barroco último de la amistad. Todo lleno y en punto, como en Jorge Guillén. Somos una nación que de repente ha salido de una crisis neoplatónica. Entre el deporte y el surrealismo, me quedo con Iniesta.

Jùlia

El otro día en una reunión social estaba la hija del poeta Antonio Rigo, hermosa como un muelle amanecido. Jùlia es un mundo de lenguajes hilado en las ardientes victorias. En un momento dado, mientras yo me estaba tomando una cocacola en la barra, Jùlia me miró con los ojos fijos como si quisiera hacer conmigo un poema. Había en esa mirada un platonismo de El Cantar de los Cantares y un cuadro de Géricoult. Todos los niños miran igual, con la inteligencia que todavía no tienen, con la sensibilidad que ya se le presume, con el romanticismo que ya van imponiendo. Mirar a un niño es como mirar a la humanidad en su bonhomía ferviente, todo te lo dan, el mar, el tiempo, el amor, la felicidad. Jùlia me miraba con sus ojos de animalillo de bosque y era como si quisiera saber mi nombre, como si quiera amontonar mis palabras en el mundanal ruido donde me encontrabra. Jùlia era Fray Luis de León en su vida retirada, algo místico y extraño que semejaba otras épocas aún más lejanas, la inocencia, los territorios ya descubiertos, una infancia mantenida por la leche y por la madre. A mí me gusta esta mirada de los niños, porque me dan la vida y la luz y es como si fuera yo también niño, en mis trastiempos de la ropa, cuando aprendía el abecedario y los astros y cuando supuse que todo, inmensamente todo está en el interior del niño que mira, como un cuadro de Paul Klee. Jùlia.

Exámenes

Estas últimas semanas he estado preparando unos exámenes sobre literatura española, de ahí mi ausencia en este blog, pues he dedicado todo mi tiempo en la concentración absoluta de los estudios. Preparar unos exámenes es como preparar un mundo de pánico y de aires indefinibles, pues afloran las dudas y las inseguridades como ejes centrales de las horas. Se impone el tiempo como fatiga de la luz y todo cansancio para reducirlo a la nada, pues los resultados no son propios de los días sucedidos. A lo menos se impone el aprendizaje, pues puedo asegurar que he consolidado mi versión de los hechos sobre la literatura española y, con los minutos empleados, he amarrado, como un barco en muelle, la historia profesoral de las letras hispánicas, la cual ya me sabía, pero con el detenimiento y con la minuciosidad se ha encalado en mis muros como una pintura de Velázquez. Estudiar tiene toda esa dedicación de las mareas que suben hacia la inteligencia y la mentalidad, un algo que queda y no se va, que permanece inédito en el residuum de la memoria como el gran castellar que es la vida, el amor y la muerte. Puedo decir que no me gusta mucho estudiar, que prefiero estar leyendo o escribiendo, pero la responsabilidad obliga. No me arrepiento de haberlo hecho. Como consecuencia diré que al final he suspendido los exámenes. Volveré a la literatura, como una bandada de pájaros.

El placer

El placer es la congregación del deseo cuando el hombre ha dejado de estar solo. Estamos acostumbrados a buscar placer en todos los órdenes de nuestra vida y no es que eso sea malo, sino que va unido a nuestra existencia como una cuestión moral, de una forma desbordante, inacabable, antigua. Yo mismo soy un hombre en continua búsqueda del placer, como fórmula quizá de aniquilamiento del dolor, ésta, ya sé, es la base de toda filosofía epicurea, no me estoy inventando nada, el placer tiene tantos siglos como árboles una montaña, y quizá no estemos en ello del todo equivocados, pues el retiro espiritual a veces conlleva desastre y esterilidad. Somos una sociedad marcada por la superficialidad y nos tenemos que resistir a cambios más profundos, pues nada queda más allá del cuerpo y de la fisicidad. A veces es curioso ver cómo la gente se rodea de culto a la imagen y al derroche, no me opongo a todo ello, allá cada cual con sus momentos. Yo tengo los míos, que no diré, por ser demasiado secretos, pero a mí la lectura de Epicuro en su tiempo me enseñó muchas cosas, por ejemplo, cómo oler la rosa y no sufrir demasiado después de dejar de hacerlo. Los antiguos, que eran los más sabios, ya nos dejaron escrito que el hombre es un territorio húmedo de grandes pasiones. Cada cual que busque su rosa y su olor.

Las estadísticas

En estas páginas en donde escribo de vez en cuando me sale un anuncio con la siguiente inscripción: "Quieres saber las estadísticas de este blog". Yo, claro, no siempre, suelo mirarlas, por ver si hay alguien que lee todo esto que escribo. Uno escribe y no sabe muy bien para quién, pues el espectador es un ser silencioso que está ahí, acechante, en su pátina de humo. Lo cierto, tengo que decirlo bien claro, es que yo escribo para mí, para cruzar estas riberas del sueño en que consisto, para desenmascar al monstruo que hay en mí, para destrenzar esta inmensa soledad que me acecha como tierra sin nombre, como escuela del espanto. El lector me da lo mismo, en principio, si viene, bienvenido sea, pero no me urge, no es una cita necesaria. La literatura es una cuestión que me sirve para ir girando alrededor de las cosas, como si yo fuera la cosa y el mundo sólo la circunstancia. Con el tiempo he aprendido a librarme de las ataduras de la vida y sé que mañana todo será espeso y extinguible, por lo que he decidido vivir el presente con la agonía de esta escritura loca que me imponen los días, el tiempo, los veranos, y de este modo se me van pasando las horas, entretenido en esta mitad que soy, en esta extensión de mis manos sobre el teclado, velozmente, para que nada se apague, para que nada quede por decir, por si llega la muerte.

Cambio de casa

Sucedió que cuando yo tenía nueve años la familia hizo un cambio de casa, nos desplazamos desde el barrio de toda la vida hasta la ciudad, dejando con ello lejos de mi edad toda la profundidad de la infancia enterrada. Recuerdo que en los primeros días en la casa nueva lloré desconsoladamente, pues atrás quedaban los recuerdos agazapados como animales de caza, como rosas marchitas, como pueblos derruidos. Yo estaba perdiendo todo lo que había sido, un niño de barrio que se había construido alrededor de sí un espacio de juegos y de amigos, de amores y de idiomas perfectos. Yo, con aquel cambio de casa, eso lo veo ahora con el paso de los años, estaba dejando de ser niño, para entrar en otra época, en otra vida, en otro lugar al cual no estaba seguro de pertenecer. La ciudad me parecía una cosa de muchedumbres sin libertad, de zonas ocupadas por el desorden, por la mayoría de edad, por la velocidad de los galgos. Yo quería regresar a mi barrio, a mis canicas, a mis cromos del Atlético de Bilbao, a mi carrito de los chicles, a mis canciones de la radio sonando por el patio de los vecinos, a la lluvia cayendo por las uralitas, a las gambas que subía mi padre el sábado para comer, a Isabel esperándome en el colegio. La nueva casa era yo sin estar construido, sin encontrar mi cuerpo, sin acumular mi edad. Poco a poco me fui acostumbrando, pero el niño que yo fui jamás lo volví a tener.

La Biblia

Estoy leyendo, otra vez, la Biblia, voy por el Evangelio según San Juan, que es lo mismo que ir por los espacios recién sembrados de jornadas ardientes. La Biblia, como novela, está bien, pero como texto interpuesto para la frecuentación de la fe y la moral cristiana desde mi punto de vista comete errores incalculables. No es que no sea creíble todo lo cuenta, sino que es necesaria mucha inteligencia y mucha razón práctica, a lo Kant, para decidir que lo que allí se dice es benecioso para el alma y para la construcción del ser. No entiendo bien cómo ese libro ha llevado a lo largo de tanto siglos a devorar tanto tiempo de paz y tantas realidad concretas, cometiendo de este modo el dolor de innumerables guerras e incendios profundos. No digo que esté equivocado quien se deje arrastrar por la lectura de este libro, pero sólo quiero constatar que el presente, con la convivencia de la tecnología y la plenitud de las democracias, está demostrando que lo que antes fue cristianismo hoy es humo tenebroso. El Vaticano ya sólo es una escuela de pederastas y palanganeros millonarios, no tiene nada que ofrecer, la fe es una cuestión personal y no está en Dios, sino en el hombre mismo, como dinastía investida, como modernidad de luz desnuda. El hombre es un humanismo de substancia e inmensidades, la lectura de la Biblia está bien como efecto literario, no como magnitud del deseo.

El bolso

Suelo ir por la calle con un bolso de cuero que me compré en Sevilla donde llevo una libreta y una pluma y algunos libros, la libreta viene conmigo por si, en algún lugar del mundo, me vienen las palabras y quiero que no se me vayan a las zonas donde se me escapen como peces sorprendidos (Lorca). Esta actitud sé que es muy repetida en muchos escritores que andan por ahí a la caza de la inspiración, pero, en mi caso, supongo, que se da la situación de, cuando salgo, no estar muy lejos de la literatura, del poema, del romanticismo. Uno, con el tiempo, ha aprendido a anchear los espacios que se le abren entre la escritura y la vida y sucede así que todo, el andar, el café, los amigos, las mujeres quedan literaturizados para siempre desde el mismo momento en que abandono el ordenador y me siento naufrago de las palabras, del tiempo literario. El bolso me lo compré con mi amigo Emili Sánchez-Rubio en un viaje que hicimos a Moguer y desde entonces acostumbro a portearlo conmigo como si de un rosario se tratase. Jack Kerouac llevaba siempre consigo la máquina de escribir a cuestas y se ponía a escribir donde fuese, en los bares, en los lavabos, en los clubs de jazz. Yo no soy Kerouac, pero siento esta pulsión por la creatividad como una alimentación de estériles montañas, la libreta está ahí, a veces ni siquiera la miro, pero ahí permanecen todos esos pajarones diurnos enlutados en la ciudad como una patria perdida en el tiempo y en la impenetrabilidad.

Sin firmar

Ayer al final no fui a firmar mi poemario a la feria del libro, pues me dolía la cabeza, tenía temblores por todo el cuerpo, estaba mal, estaba enfermo, toda la noche sin dormir, digo yo que será la literatura, todo el día anterior escribiendo, lo siento Román, amor, que me has llamado por teléfono esta mañana preocupado, otra vez será, otra feria, otro libro, la literatura contra la literatura, qué le vamos a hacer, estas cosas ocurren, uno enferma de tanto lopismo, de tanta creatividad, de tanto umbralismo, pero me gusta estar así, con el cuerpo herido y consumido, anegado de salitre y destrozado, febril y pardal, como todo un siglo, como el pedacito de alma que soy, que intenta ser cuando escribo, porque yo sólo soy una hoja entera partida en dos mitades, una delincuencia en busca de su propia modernidad, que ya es la mía, verme a través del espejo de las palabras, que están ahí, sordas de espanto, espaciosas de yacimientos, locas de amor, mi amor, Román, disculpa si ayer no fui a firmar, de todas formas firmar no hubiera firmado mucho, porque yo no soy un bestseller, ni siquiera un escritor popular, tan sólo un hombre que va haciendo su obra como quien hace una gloria desgarrada, hacia el futuro, para nadie y para ti, si me lees, hoy, mañana, sin nadie, contra el tiempo, contra todo lo que no está, porque la literatura tiene silencios enemigos que devoran al escritor que nada tiene, sólo sus libros expuestos a las rosas y a los pájaros, para que celebren los juramentos y las ardentías.

No llega el Jesús

Estoy algo cabreado porque no llega mi novela sobre Jesús de Nazaret. Llevamos un retraso desde febrero y esto ya huele a pastel podrido. Yo le llamo a Antonio y se lo digo, pero siempre me está diciendo que está al caer. Y un huevo, está al caer, que no cae. No es que tenga prisa, pero tengo a los presentadores del acto de presentación (valga la redundancia por una vez) esperando y además, qué cojones, por qué no decirlo, tengo ganas de ver el libro ya hecho, recién parido, completo, inaugurado. Cuando uno escribe un libro y se supone que va a publicarlo, le corre la curiosidad de verlo nacer, como si fuera el huevo de una serpiente o las uvas de una vid. "Jesús el Blasfemo" no me costó mucho escribirlo, que me salió rápido, pero le tengo en lugar muy especial, porque es el tratamiento a un personaje histórico desde el punto de vista del humanismo y la intelectualidad, asomando en él el espacio de una trama heterodoxa que pueden llamar al escándalo a quien se sienta muy cerca del dogma. Pero Jesús no llega y yo llamo todas las semanas a la editorial y seguramente saldrá antes el Jean Genet, escrito mucho después, entregado con posterioridad y entrado en máquinas más tarde que mi Jesús, hombre, que hay un contrato firmado, a ver si en esto va a tener algo que ver una intervención divina, digo yo, porque de otro modo no me lo estoy explicando. Por otro lado, sé que exagero, como siempre. En breve, Jesús llegará a mí con su bastoncito de plata.

Lope de Vega

Lope de Vega fue el creador del teatro nacional, ya se sabe, compuso más de 1.800 obras, de las cuales conservamos unas 500, todas "más de ciento, en horas venticuatro". Se le acusa a Lope de ser un escritor veloz, despistado, popular, pero es que la literatura tiene esas cosas, algo parecido, salvando las universales distancias y estropeando completamente el símil, sucede conmigo, que se me acusa de ser un escritor rápido, que escribo demasiado, que tendría que sosegar mis zonas literarias. Pero qué le vamos a hacer, uno tiene estos vicios. La velocidad en la literatura, como nos enseñó el maestro Umbral, es una cuestión de inquietudes y de vulcanizaciones, de barroquismos y de pasión desmedida, "más de ciento, en horas venticuatro". Lope hacía una comedia mientras se comía una paella en Valencia, lo dejó bien claro en "El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo", una obrita que escribió para callar la boca de letrados y escritores del momento donde defendía un teatro sin reglas y una escritura revolucionaria, además de su velocidad como autor. Lope, amante desenfrenado y comediante anfetamínico, nos enseñó que para la literatura sólo es necesario un tiempo de acción, de horizontalidad y de búsqueda de las palabras como primera persecución de los pájaros.

La barba

Me ocurre que cuando estoy tres o cuatro días sin salir de casa, como es el caso, me sale una barba incipiente que queda sin afeitar. Esta barba es la barba doméstica de mis pasos, de mi tiempo, de mi literatura. He renunciado a todo compromiso social, al cual tampoco estoy muy dado. No me gustan las fiestas galantes, veo en ellas la zona de la hipocresía, de la pose, de la falsedad, nadie es auténtico, sólo se es auténtico cuando uno está en casa consigo mismo, con sus atmósferas hondas y sus dolores anegados. La vida es demasiado dura como para ir por ahí enseñándola, editándola a los demás, que están ahí para despedazártela, minártela y entregársela a los árbitros. La gente por lo general no es demasiado humana, ha perdido toda conexión con la realidad espiritual y necesita cualquier excusa por simple que sea para cerrarte la puerta de la sangre. Yo por eso procuro salir lo menos posible, prefiero el beneficio de la barba, mi barba de tres días, que es el canto general de mi literatura y mi espacio interior, mi comunidad por de dentro, como quería Quevedo, y así resulta que voy conociendo este tiempo íntimo en que consisto y no me va mal, porque así me desmenuzo entre el aire y mis habitaciones huelen a modernidad y manzana y me siento en el sillón de los telediarios y veo cómo va el mundo mientras yo despierto cada mañana hacia mí, conmigo entre la luz, en esta paz que yo soy, para siempre yo, sí, por fin.

Cuba

Este verano, después de que regrese de Moguer, del encuentro entre poetas al cual ya tuve la suerte de ir las navidades pasadas, estoy planteándome hacer un viaje desolador, estoy pensando en Cuba o en Colombia. En Cuba ya he estado, en Colombia no. Cuba tiene el tiempo bordado en fraternidad, algo que conmueve, sus hombres y mujeres son columnas calientes de esperanza, la alegría agazapada, el espacio de los arenales, la risa hecha canción. Bailan las letras del ron con la tristeza de la revolución y esperan a que el caballo se tope con el clavel para que la democracia se atune en los pájaros. Cuba es un malecón de chicharrones, donde el Che Guevara todavía sueña un hospital con profundas humanidades. Los cubanos tienen la memoria entre moderna e infatigable, porque saben que tras ellos siempre viene la hojarasca a llenar los valles de plataneros y guaguas. Heminway trató con mulatas, pero escribió novelas malas para salir de la tristeza. En Cuba nadie está triste, porque el mar llega hasta dentro de La Havana con su melena oscura y su ropa de bebé. No sé si iré este verano a Cuba, si voy me traeré, como siempre, algunos lienzos de pintura abstracta para decorar mi casa. Irán Plata, el pintor, el otro día me ha mandado un correo electrónico y me ha dicho que le va muy bien por Canadá.

Los pantalones cortos

Hoy ha venido mi sobrino Alfonso a casa y llevaba unos pantalones cortos de colegial que a mí me ha hecho pensar en aquel tiempo de mi infancia en que usaba tales en la clases de la escuela. Aquellos pantalones cortos, ceñidos y oscuros, eran mi edad antártica, mi tiempo interminable y misterioso en que nada sabía y todo lo era, el barrio, los caminos, los balones, mi madre, los payasos de la tele, las canciones de la radio, todo como un espacio completo de golpes vidriosos entre horas eternas y bosques unánimes. Yo era el niño que quería ser mayor, pero que nunca quería dejar de ser niño, porque la felicidad era eso, las clases de matemáticas, los soldados de plástico, las canicas de nácar, el carrito de los chicles, mis primos de leche, mi padre que siempre llegaba a medianoche, el Atlético de Bilbao, mi amigo Basco e Isabel, siempre Isabel, a la que amaba como una cicatriz extendida. Yo iba al colegio con mis pantolenes cortos y negros, enseñando las piernas, blancas como una promesa, y mis rodillas eran cráteres donde Góngora hubiera hecho una metáfora, pero aquellos pantalones eran yo mismo, con mi niñez líquida, con mis años abstractos e inmaduros, para sentir toda la modernidad del mundo entre la lana gorda de mi ropa, porque en mí la vida cruzaba como la luz de los libros.

El muelle

Desde aquí, mientras escribo, a través de la ventana abierta, de vez en cuando, puedo oír el sonido de los barcos amarrados en el muelle de la ciudad. Es una sensación pura y fronteriza, pues me transporta a todos los viajes que en el mundo se están dando. Yo, baudelairiano y romántico, quisiera viajar hasta donde la vida acaba, allá donde todo empieza y nada se está dando, algo que acumule mis días de mercados y barrios, de nuevas calles y mares, las estelas de las horas por de dentro, Stevenson de mi, yo, navegable e interior, secreto y espeso, en las manifestaciones de los cielos, bajo las lluvias de los otros, entre los pueblos vivos, sobre los reinos dueños, buscándome sobre los navíos de Conrad, yéndome por los arenales, forjándome en los países, país muy cerca de mí mismo, solamente yo, entre tanta gente, con todo el movimiento de las tiendas, de los restaurantes, de los bares, durmiendo en las playas, cogiéndome la voz y no devolviéndomela. Desde aquí, mientras escribo, a través de la ventana abierta, de vez en cuando, puedo oír el sonido de los barcos amarrados en el muelle de la ciudad. Yo quiero viajar muy lejos, olvidarme de ser quien soy, aplazar este ordenador y este tiempo de rosas blancas. A lo mejor encuentro la libertad que pasa.

Mi cine de barrio

Mi cine de barrio fue el tiempo que yo pasé con un mundo de elástico y telares, una época de invierno en que yo iba creciendo al lado de nadie y al lado de todos, con ellos, con los estudiantes del barrio, con mis amigos, con aquellos con los que jugaba a la pelota de los arenales, mi barrio, como una estatua obrera en la línea blanca de la luz. El cine, entonces, era la tarde donde yo ocultaba mi timidez de niño marítimo, donde yo soñaba un ejército de planetas condecorado con lentas cenizas esparcidas, James Bond entre las rosas de mi risa, Bruce Lee sangrando mi esperanza, todo caduco y hondo, como la sombra de los estandartes. Mi cine de barrio se llamaba Odeón y tenía unas butacas rojas como puñales consumidos. Yo, allí, en la oscuridad de la sala, me asomaba a las películas como quien se asoma a las humedades, intuyéndome mayor, subiéndome la edad, amando a las actrices, que para eso pagama mis cincuenta pesetas, rojos los labios, ceñidas las cinturas, las actrices, amores platónicos para un tiempo pequeño que nada conocía todavía, sólo Isabel esperándome en el patio del recreo, en la clase, con sus ojos meteóricos, con su voz inmovilizada, Isabel, ese amor de mi infancia fusilado sobre la tierra.

Giordano Bruno

En Roma, en el Campo dei Fiori, hay una estatua de Giordiano Bruno con las manos esposadas y un libro, el hereje que la Inquisición quemó vivo en febrero del año 1600 después de pasar siete años encerrado en mazmorras. Giordano Bruno, en el siglo XXI, frente al Vaticano, simboliza todas las patrias que van cayendo, todo el dolor que ha sido causado, todo el fuego que han quemado las puertas. La religión, a lo largo de tantos siglos, ha impuesto su dogma a base de ahorcamientos y tumbas mojadas, dejando para los postres la libertad del alma y el equinoccio del talento. Jesús no hizo lo mejor en este mundo, puesto que fue mal interpretado, su palabra moralmente fue tomada por la modernidad en tugurios de cuervos y cortaduras ferruginosas. Dios no vino nunca a salvar a nadie, sólo a sí mismo, que ya es demasiado. El proyecto papal es homosexual desde siempre y ataca la herejía desde las infraestructuras de la riqueza y las zonas del miedo. Giordano Bruno fue víctima del terror, como tantos otros, como lo están siendo hoy mismo tantos inocentes, creyentes o no, propensos al detritus, esperando al milagro del mundo, a que las santas guerras devuelvan la fe a los sarracenos de la blasfemia. Yo, por si acaso, voy a apostatar.

En la amanecida

Ya ha amananecido y no he dormido nada, noche de insomnio, como preveía, ayer me pasé todo el día escribiendo y ahora continúo con el ordenador abierto, como si fuera el grifo de la bañera, como si fuera una obertura de Háry János. El cielo tiene el color de un apellido burgués, la melancolía de una sombra recostada, el infinito de una enfermedad poética. Yo sigo con mis cosas, sin darle demasiada importancia al mundo, puesto que no la tiene, con el tiempo he aprendido que lo que antes me inquietaba ahora me errabunda, lo que antes me cubría la compostura ahora me puebla el humo, he aprendido a hacerme grande, a base de dolor y aguas litorales he aprendido a distanciarme de la vida, que me parece absurda y célula, como el acordeón de un tango, igual que sacacorchos del champán, ahora me levanto por las mañanas con menos tensión en los músculos, porque deduzco que extinguirse porque las rosas están muertas es una cuestión que no me atañe en nada, que yo no soy el culpable de todo lo que pasa, que a mí sólo me suceden las cosas que yo busco, las añadidas son superficiales y muertas y ya nadie me echará la culpa de lo pase a mi alrededor, porque me he puesto una venda en los ojos y los océanos se han vaciado de tanto temblor en las zonas de las embarcaciones. Estoy aprendiendo a vivir.

El miedo

El miedo es la autonomía del derribo, algo que empieza no se sabe dónde y que acaba en la tragedia. No se puede vivir con miedo, es connatural a la muerte, es ir acercándose cada día más al monstruo que uno lleva en el sagrado esperma de su estigma, y ocurre, si uno vive con miedo, que todas las cosas de repente desaparecen en la noche, en el círculo agrícola que uno es, en la túnica harapienta en que uno se ha convertido, para construir un organismo de zapatitos negros y doblar la identidad en el mar de los Sargazos, como la herejía de Giordano Bruno, como los cuadros intensos de Piet Mondrian. Yo, lo reconozco, soy un hombre con miedo, me dejo llevar por el susto que ajusta el día, con sus navegaciones modernas, con sus fortalezas arenarias. Me asusta la mirada de un niño, el paso del viento, el olor de la rosa. Me asusta el poema, por eso lo destrenzo, para vencerlo, para vencer mi miedo, que es como la indomable apostura, y siendo yo no estoy siendo, porque me zumban las luces escépticas, y llega el instante en que ya no temo a nada porque ya lo temí todo, las geografías egocéntricas, las leches turquesas, las lluvias azotadas, los hombres terribles, el sonido de los ferrocarriles, las mujeres parturientas, qué miedo cuando acude el miedo y el pequeño habitante que uno es vive acumulado en el desorden.

Ya de noche

Ha llegado la noche y continúo aquí, entre momentos de espacio retirado en los libros, en Emilio Prados, en Evelyn Waugh, en Carlos Germán Belli, en cualquier libro viejo que esté ahí o aquí, desmayado o limpio, sangrando de muerte, vivo como una naranjada, desembocado como una persecución, ha llegado la noche y ya llevo algunos artículos, el ordenador me ha dado un susto y me ha desaparecido un par de ellos, espero que me los devuelva, como si fueran dos niñas secuestradas, dos políticos a la contra, dos poemas oscurecidos. No estoy cansado. Podría volver a empezar. La mente, creo recordar. Y que la mañana me trajera al escritor que soy, a la costa central de mi tierra, a la libertad que cambia mis trajes. Podría volver a empezar. El cansancio en la literatura es una levedad de mitologías. Las palabras no descansan, siempre buscan arenales, la profunda noche de los muros implacables. Se trata en todo momento de iniciar el instante, la hora, Lorca escribiendo "Poeta en Nueva York". No sé si dormiré esta noche. Creo que no. Cuando me bozea la literatura, me asusta el insomnio, como un animal volcánico. Me echaré en la cama y espararé a la madrugada para continuar con este ritmo frenético de modernidad y estructuralismo, a lo Roland Barthes, para romper los espejos que me regurgen.

La facultad

Yo fui a la facultad de filosofía y letras pensando que allí iba a encontrarme con un mundo espeso de literatura y de poetas, de versos modernistas y de albatros baudelairianos. El primer día que llegué en seguida me di cuenta que había entrado en el sitio equivocado, que en el café de la facultad se iba a hablar de todo menos de la poesía pura de Antonio Machado, que aquello era el recuelo de otras facultades, de otras vidas, de otras esperanzas. La cultura, pensé, es una cosa tan íntima que buscarla en la universidad es como buscar la risa a un éxodo de dolores. "Pasaron los días de un siglo y siguieron las horas detrás de tu exilio", leería más tarde yo en Neruda. Yo era mi propio exilio interior, un poeta en busca de poetas, pero en las facultades ya no quedan poetas, que se han ido todos a apuntarse a los sindicatos o a fornicar al crepúsculo. Qué ingenuidad la mía, buscar literatura en el café de la facultad, bebiendo vino como Paul Verlaine, cuando los estudiantes están ahí para resolver una carrera que les permita adquirir el grupo A de la función pública del Estado, una paga segura, un matrimonio y dos hijos, e ir tirando. La culturización se quedó en Heidegger, pero ya nadie sabe quién es Heidegger en la universidad, sólo Perfecto Cuadrado, pero este es un detalle de otras atmósferas y otros génices.

El microbús

Yo iba en un microbús cuando niño al colegio Juan de la Cierva. Aquel vehículo era mi primer contacto por la mañana con mi educación sentimental de una infancia de ausencia y cereal. Íbamos pocos alumnos en el microbús y nos recogían por barrios, así como pasaba la lluvia, así como iba pasando la vida y el amor. Mi amor me esperaba en la escuela y se llamaba Isabel, y yo, en el microbús, ya iba preparando las palabras que le iba a decir ese día, palabras que luego quedaban mudas en la clase, dada mi timidez de poeta romántico. Amé tanto a Isabel que consumí profundamente por las noches todas las canciones lentas de la radio. En el microbús, ya de vuelta, yo hacía los deberes de matemáticas, para así tener más tiempo para los juegos de la pelota y los amigos. Por la ventanilla de aquel coche como de la tele, ya en la tarde, me iba fijando yo, cansado de la educación sentimental de todo el día, cómo hacíamos la entrada en el barrio, mi barrio, mi único mundo, y de este modo iba comprendiendo yo que uno es allá donde uno vive, allá donde una juega, allá donde uno se está haciendo una cultura de pelotari goloso y supremo, todo lo demás, la ciudad, el país, la nación, el universo sobra, sólo interesa el punto, el instante, el minuto, el siglo, como Lorca quería, de tal manera que yo cada día me ganaba mi patria proletaria con la elegancia de una infancia perdida y pospuesta a la vez, como si en el carrito de los chicles cupiera todo, mi ropa de colegial, mi corazón, el mar y las rosas.

19.07

Ya son las 19.07 y continúo escribiendo, llevo prácticamente todo el día haciéndolo y me siento relajado, cómodo, estatuado, humedecido, como si fuera un concierto para violín de Benjamin Britten. Me siento como un concierto, como un canto general, recién adquirido en las tiendas donde venden charol, entre la inmensidad de los paisajes quebradizos y los arenales donde el corazón se quiebra, porque mi dolor se confunde con estas palabras que se van hacia el útero descubridor, hacia la luz extensa por donde nadie pasa, ni siquiera yo, que nada soy, que todo lo doy cuando escribo, que todo desolo, como una sombra traicionada, y me veo así, zumbando este ordenador como una noche, mitigándome, buscando la mujer que hay en mí, todas las mujeres que hay en mí, las que nacieron conmigo y no se van y a las que amo. Soy demasiado hombre para ser sólo una mujer. Quien me busque me encontrará. Tengo un extraño olfato sexual que sabe a hembra y que entiende muy bien la femeneidad. Pero, que nadie se confunda, ante todo soy hombre, sexualmente hombre, socialmente hombre, políticamente hombre, literariamente hombre. La literatura me sacude este dolor enmascarado e insaciable que me abre los agujeros de monstruos y de incendios.

Permiso de conducir

Esta semana tengo que ir a renovar el permiso de conducir, no es que lo necesite, pues no hago uso del coche cuanto apenas, pero es un deber cívico, lo dejaremos así. Uno tiene sus herramientas sociales, aunque demos otra impresión. Pero de entrada dejaremos claro que yo para el automóvil soy un gualdrapas, un lameculos, un trovador mediaval. No me gusta conducir. Que vuelvan los coches de caballos, con sus mujeres del siglo XVIII, amapolas del día nueve. Los automóviles (ya lo he escrito por ahí abajo) mejor que los astillen en los bosques de Oslo, todos juntos, preciosos junto a sus precios, en la frontera pura de sus motores, como si fuesen una suite de orquesta de Arnold Schönberg, entre los siglos y los secretos, más allá de los talleres de pintura. Yo cuando voy en coche quiero que me lleven, como un marqués. Prefiero el taxi a mirar por el retrovisor, porque siempre, detrás de cada coche hay un presidente de una nación, un millonario de sí mismo, un dandi sin literatura, un mono buscando sexo. El coche es mortal como el cáncer. Y a mí que no me gusta nada caminar me sucede que estoy en la encrucijada, quiero ir a los sitios, pero no voy, quiero moverme, pero no me muevo, vivo sin vivir en mí, y nunca llego a ningún lugar, sólo a los jardines que se abren cuando paso pasando sin ir, que estando quedándome quieto.

La boda

Hoy se casa la vecina de enfrente, me ha invitado, pero muy amablemente he rehusado. No estoy yo para bodas religiosas. Y eso que la chica es bella como una francesa y la conozco desde que empezó la Grand Guerre, pero he dicho que no, por una cuestión no de principios, sino de finales, porque está visto y demostrado que casi todas las bodas amparadas por el Dios bendito acaban sino mal por lo menos como el rosario de la aurora (no sé si quitar este refrán tan vulgar, lo dejaré). Si algún día me caso, que lo dudo, quiero que me casen una rosa y un poeta. Nietzsche ya dejó claro que Dios no tiene infraestructuras para ser valedor del espíritu y de la mecanización de nadie, de modo que, ¿cómo dejar en manos suyas la unión de una aldea y una paz?, como si eso fuese el páramo de la felicidad y además hasta que la muerte, esa motocicleta de chocolate, la separe. Diré, porque estoy en mi derecho procesal, que las bodas religiosas y las judiciales son mentirosas y putañeras, porque se ajustan a derecho y con él pretenden inquirir el alma y el pájaro, cuando de lo que se trata es de substanciar la poesía y la lluvia, las patrias y las condiciones invisibles. Amar no es la palabra de un libro, sino la abstracción de la tierra recién humedecida, para que todo siga oliendo a pueblo y a hora señalada.

El sexo

El sexo es el mundo que nos sale para evitar la soledad, el estructuralismo, la modernidad. Hacer sexo es como un contrato apresurado con el que tienes debajo, una actitud, un dandismo. Baudelaire, cuando practicaba sexo, ya estaba pensando en su próximo poema. Cuánta importancia le damos a la erótica. Más que al fútbol, más que a las guerras, más que a los nacimientos de bebés rubios. Si evitáramos el sexo del mundo, habría que evitar las rosas de los jardines, olvidarse de Dios y practicar más a menudo el robo a mano armada. Yo podría limpiamente pasar toda una vida sin fornicar, pero no podría pasar toda una vida sin escribir. Cada uno tiene sus preferencias. Hay monos que necesitan la coyunda como una copa de coñac el borracho la necesita. Hay tías que necesitan que les froten las zonas erógenas más que comerse un bocadillo de paella. Poder y sexo mueven el mundo como mueven las nalgas dos pibes cuando bailan un tango. Sin sexo las adolescentes no entenderían el porqué de las tormentas, el deslumbramiento de los matrimonios, el olor de los condones. La sexualidad debería ser una carrera universitaria, sólo como práctica, sin númerus clausus, claro. El sexo no es conservador, ni burgués, es aburrido, superficial, nada metafórico, húmedo y patrimonial. Créanme, antes de hacer sexo, dense una vuelta por la manzana.

La cama

Vengo de la cama, de descansar un minuto, un rato, un siglo, de detener un momento esta hormigonera que yo soy para la literatura, en esta tarde de sábado, en este silencio de sábado, en que nadie hay, ni siquiera el silencio, porque yo ya no estoy, me he ido con los otros, conmigo, contigo, que me lees y te lo agradezco. La cama en la que duermo es el sitio donde me recreo para retener esta fulgencia que hay en mí y que me trasquila como un rebaño del XVI. La cama también es el sitio donde por las noches duermo, a veces, que sufro de insomnio y ocurren momentos en que transito mi casa como Juan Ramón Jiménez transitaba los jardines de la Residencia de Estudiantes antes de hilar los versos modernistas. La cama es la única mujer que me para la literatura, ya digo, la única batalla que me vence esta explosión de sangre e ira en que acostumbro, el único cuadro abstracto en que desfallezco, como si fuera Miguel Ocampo o Serge Poliakoff, mi cama es azul como Picasso, innumerable como las cárceles preguntando, pedregosa igual que una sinfonía de Alban Berg. Pero mi cama, sitio de mi recreo, no apaga de todo la literatura, pues me ocurre que, aún estando descansando, se repiten en mí las palabras como ametralladoras de la Grand Guerre y cascabillean los sonidos desde los nacimientos húmedos hasta acortar el descanso y provocar que retorne de nuevo a la mesa de trabajo, que es el único sitio en donde las rosas atajan al mar, porque, si algo tengo, es que soy un hombre demasiado terrible para dejarme embaucar por el mundo de los sueños románticos.

El silencio

No sé por qué pero necesito este silencio para escribir, en estos momentos sólo oigo el leve sonido rastrero del ordenador, como un hilillo de fondo que me quiere asustar pero que no lo consigue, todo lo demás, la casa, la habitación, la vida, el mundo, están en silencio. El silencio es la música del alma, un Zoltán Kodály que entra muy dentro y que se queda para golpear en los nervios de las atmósferas, en las sedes de los ruidos, yéndose por los ríos de esta modernidad que es uno mismo, entre la nada y el todo, entre los ojos y la fuerza. El silencio es maravilloso si uno está bien con uno mismo, si uno se ama, si uno por fin se ha encontrado, después de miles de continentes buscarse. El silencio es ir creciendo con el cuerpo alborotado y publicado en un cuadro de Hans Tyderle. Yo necesito estar callado cuando escribo y necesito que nadie me hable cuando lo hago, de otro modo me pongo muy nervioso, porque intuyo que se me alteran las horas, la metáfora, el verano y se me irrita de este modo la literatura, la cual precisa silencio a todo momento, como una égloga de Garcilaso, como una iglesia románica, como la nieve en la montaña. Si no fuera por el silencio, yo no sería poeta, me dedicaría a la banca o al deporte o a la especulación. Cuando un hombre habla, deja al mundo impreciso, como a un bebé en manos de un monstruo.

Escribiendo, de nuevo

Ya he comido, no diré el qué, y aquí me encuentro, de nuevo, en este teclado que es como el piano de Oliver Messiaen, con sus astros y sus azucenas navegables, escribiendo estos artículos para mí y para nadie, para ti si los lees, con los ojos de quien lee un poema maldito de Aloysius Bertrand, como si Venus entrara en un colegio musulmán, como si los colores se le fueran a los cuadros de Mark Tobey, como si las tormentas derritierran el aspecto perenne de la modernidad, yo escribo, porque el maestro, Umbral, me enseñó que sólo escribiendo uno puede alcanzar algo parecido a la felicidad, sentar a la belleza en las rodillas, como quería Rimbaud, e injuriarla, desgarrarla, prepararse para zumbar la primavera, ser el otro, el infierno es el otro (Sartre), hacer tiempo hasta que llegue la muerte, esa capitalista, ponderar el alma, permitirte el lujo de adivinar lo que eres estando dentro de ti, profundamente, como si realmente te conocieras y nada te importara, sólo tú, con las palabras, con ese hilillo de sangre que Cervantes dejó en la Galatea, permitiéndote la voracidad del mundo, ocultando el mundo, sin que nada te afecte, ni las crisis globales, ni las guerras homéricas, ni el hambre de los niños, ni el tatuaje de los leones, ni siquiera la mentira de los cines, sólo la literatura, como el pañal que te nace cada día más.

Eddi Bunker

Eddi Bunker es uno de esos escritores malditos de los que ya no acostumbran en el panorama literario de las darrieres rosas. Aquejados de la élite de niños bien en la atmósfera putrefacta del márketing mundial que manufactura una literatura litrona de espejismos paquidérmicos y travillocuentes con la consabido poder del dinero y la fama, de repente aparece un Eddi Bunker que por lo menos tiene toda una vida detrás nerviosa y horrible, la cual le entrega la inquietud de las palabras oscuras y la modernidad salvaje. Eddi Bunker viene de una familia desestructurada, de una adolescencia delincuente y de unas cárceles de juventud que lo hacen aristócrata y esperpéntico. Llega un momento en su vida que para seguir resistiendo decide coger la máquina de escribir y arrestrojar libros, como atmósferas nazis que lo salvaran del suicidio de los días. Su cita son las cámaras de gas y su honor, el camino, como Jack Kerouac. Eddi Bunker se forja como rebelde, como personaje de sí mismo, lejos ya de las cárceles, aullando una literatura como botes de betún, como alturas alcoholizadas, como archipiélagos rojos. Las editoriales ven en él al Jean Genet del sueño americano y cinematografían el caso. Así se encuentra a gusto. Saliendo en las películas. Escribiendo en el pabellón de la muerte. Stark. Su última novela. Eddi Bunker. No tiene que pedir perdón a nadie.

Escribiendo

Aquí estoy, otro sábado más, al mediodía, después de bajar a la calle a por cigarrillos, delante de este ordenador que es como la olivetti de Umbral, el maestro, en este día de sol como un canasto de manzanas en manos de Horacio, escribiendo, que es lo único para lo que estoy preparado, que otra cosa no sé hacer, por lo menos eso me dicen los pájaros, ajustando la literatura como se ajusta el suéter una mujer hermosa, hilando las palabras por si acaso mañana mismo se acabara el mundo y todo dejara de ser incesante, extenso, agachado, natural, levantisco. Me gusta esta sensación de estar así, escribiendo, como si entrara en un cuadro de Mark Rothko, como si las economías globales de repente se detuvieran y se convirtieran en rosas, como si la lluvia se transformara en Góngora. Esta sensación de detenimiento, de ganar el pulso a la vida, al mundo, de arrestrojar las cosas contra el clasicismo de la arena y contra todos los movimientos de la modernidad. Me inunda la idea de una nueva divinidad. Me gustaría tener a mi lado a Rimbaud para que me azotara una palabra, un adjetivo, algo. Soy un hombre con mitos. Soy el mito de mí mismo y eso me ocurre cuando escribo, en que todo se transforma en tiempo navegable, en atmósfera hambrienta, en quietismo entre la luz que ocupo. Mis manos van más deprisa que mi alma.

Dios

Dios es un cuadro de Goya. Si en el siglo diecinueve Nietzsche mató a Dios y en el XX lo enterramos, en el XXI lo estamos incinerando. Cualquiermente hombre cabal, por inteligente que sea, ya no puede buscar, ni siquiera moralmente, explicaciones a la vida y a la muerte en la existencia completamente sufrida de un Dios errante y nervioso. La mente lo explica todo. Dios es una neurona que navega por el cerebro estropeado y algo delincuente. Los sacerdotes son los últimos paquidermos de la paleontología. Ya nadie se cree éticamente la lectura de esta preciosa novela que es la Biblia. Si necesitamos valor para afrontar la vida y el dolor vayamos al médico o al psiquiatra, pero dejemos a Dios en paz, en su invisibilidad de niño cainita. La teología es la ciencia más cercana a la revolución de la infamia, como secta funciona, pero no como lectura del yo y como romanticismo de la última modernidad. Dios es un cuadro de Goya, una horribilidad muy próxima a la pederastia y a la riqueza de unos pocos. No hay solución posible. Ya no explica nada. Cabalga entre la esquizofrenia y la ceguera de Homero. Jamás recitaría un poema de amor, porque el amor no le da justeza, pues que es blanco como un pan ácimo, negro como una atmósfera, triste como un pueblo. Para hablar de Dios es necesario volver de nuevo atrás, cuando la tierra funcionaba como los ríos navegables y todo parecía estar tomado por el silencio de los encarcelados. Yo no creo en Dios, porque me ha hecho mucho daño.

La mente

La mente es el deseo del hombre de ser dios, lo único que tenemos para convertirnos en mito, en universo, en naturaleza. De aquí a miles de años el hombre sólo vivirá pendiente de la mente, de sus movimientos, de su determinismo, como en las novelas de Zola. Somos almas técnicas, amarillas, perdurables, un turbión de neuronas danzando en el ambiente de los colegios. Nadie es nada sin su mente. Vamos hacia el hombre inteligente. En la paleontología hemos ganado el juego, hemos echado el pulso a dios, un dios nietzscheano, y se lo hemos ganado, con el deporte de la informática y la nanotecnología. Vamos hacia la medicina de las amapolas, pastillas para todos y sonrisas para los monos. En el futuro todo gran corredor se jactará de estas delincuencias absurdas en que hoy consiste la vida, el retraso de la psiquiatrías, las explosiones de las naves espaciales, las crisis de las economías globales, el primitivismo de los actos gemelos. Somos el retraso de la era global. Pero la mente despertará algún día y nos colocará a todos en el punto final del inicio de la nueva era, donde todo sea común y aletargado, masculino y matemático, rompedor y bailable. El futuro es una cuestión mental, no lo dudemos, pero para eso hace falta estar preparado, vamos sacando las sillas de la feria y preparemos el hito de la historia. No nos durmamos. Hace falta valor. Silencio. Se oye el crepitar de las rosas.

El paseo marítimo

El paseo marítimo es el lugar más bello de la ciudad de Palma. No es el mar, sino su pulsión humanística lo que le da esa imagen de estructura etérea e innumerable más allá de los hombres. El paseo marítimo siempre ha estado ahí, desde antes de la ciudad, desde antes del mar, porque venía  de un cuadro de Pollock, de un poema de Milton, de las viejas filosofías escolásticas. El paseo marítimo es el cuerpo de Ramón Llull, con todas las sabidurías de Oriente, es los anegados espacios que dejan los pájaros cuando llega la madrugada y empieza el día y el mundo camina por el paseo como sin que nada pasara y como si todo estuviese a punto de suceder, porque las cosas ocurren desde la catedral hasta el puerto y los amantes andan de la mano fijándose cómo en el Renacimiento los automóviles editan sus luces de noche en el adverbio sonoro del silencio. El paseo marítimo es el ayuntamiento hecho mantequilla y estructuralismo de Roland Barthes y una pequeña muerte de terrazas al atardecer cuando la vida pasa despacio por delante de los hoteles, y llegan noches en que la muchachada bebe el alcohol del escorpión para condonar sus complejos de juventud y los pubs hilan sus Ariadnas contra el peso de las vírgenes y Odiseo vocea desde el mar su secreto de héroe helénico. Pero nadie ha aprendido todavía a caminar por el paseo marítimo, porque quedan muchos minutos por recorrer al lado de los yates y queda mucho dolor que cumplir bajo sus palmerales, y así, entre tanta vanguardia y tanto amor lumínico, el paseo marítimo ata su profundidad de patria al borde del romanticismo, mientras van llegando los días muertos para detener el cielo.

El culo

El culo es un kilo de hormigón tras la tormenta de las revoluciones, eso que usamos para dejar de ser hombres, algo que nos viene dado cuando alargamos las compresas. El culo es una horterada, una muerte de amor, un camión lleno de robles. Por el culo reconocemos a nuestros enemigos, a la madre que nos parió, a la amante que nunca tuvimos. Hay edades que no cumplimos, sexo que no hacemos, lluvia que no cae y todo eso está en el culo, como un cuadro de Enrico Accatino. Yo me fijo en el culo de las chicas porque es la misma manera que leer un poema de Aleixandre o porque hay en ello todo el exterminio de mi dolor asesinado. Mirar un culo es mirar la esperanza, el albatros de las playas en su condición baudelairiana, cuando cae la tarde y todos los hombres comienzan a morir un poco. El culo es entretenido, mental, cadáver y posmoderno, listo para comer con las manos, después de todas las guerras napoleónicas, cuando las braguitas dejan de ser compradas en las tabernas del sur y los cuentos se leen a la entrada de los museos. Sentarse, entonces, significa empezar a aprender a vivir, porque la vida es un culo, nuevo, orquestal, gramatical, derrochador, torrencial y, así, con los culos por delante, vamos dictando nuestra muerte, que es silenciosa y navegadora, como un culo por la tarde.

Los ojos

Los ojos son la tierra innumerable con que miramos los tradicionalismos, el canto general de las muchedumbres, la voz inmensa y frágil del Barroco. Por los ojos yo veo a los hombres en su calidad de hombres, conozco sus renterías, sus capitanerías. Uno no mira con el alma, sino con los ojos, en esa fisicidad que da el color y la carne, que da el cuerpo, porque uno sólo es cuerpo y polvo y un Quevedo de conceptos y metáforas. A mí me gustan los ojos negros como la pena, como la humedad, como la muerte, porque en ellos veo el escarnio de la historia y toda la vanguardia de los ruiseñores. Me gustan los ojos negros de las mujeres morenas, porque en ese amor va la infancia traicionada y el romanticismo de Espronceda. Mirar con los ojos es mirar con las palabras, porque hay un lenguaje de signos y elementos que dicen siempre las cosas a última hora de la tarde, cuando todo está dicho. Cerrar los ojos ya es el silencio, frutal, noble, respetable, cansado, para que quede pintado en los dibujos oscuros de Goya, después de ser vistos. La mirada tiene algo de balcón hacia el tiempo, una horizontalidad de los días que son sobrepasados por el iris de los conocimientos, cuando todo queda profundizado y las cosas se van o quedan, permanecen o se han ido, para siempre, entre la tarde y las rosas.

Los labios

Los labios son la escritura del rostro, la mecanografía de lo etéreo, el lirismo de los significados. Desde los labios nace todo, el lenguaje, los sublime, el destino, los amores, el frío, las soledades, los cuerpos derrotados, el tabaco. A mí, personalmente, en una mujer, me gustan los labios finos, no los morros, más dados a las campesinas cervantinas. Los labios finos señalan elegancia y personaje de novela bizantina, un cisne de Rubén o una sonatina de otoño. Por los labios es por donde se conoce a una mujer, por la mordedura de la carne, ese leve gesto tan cinematográfico. Los labios dan el beso y en el beso está Rodin, con su mármol de siglos derrotados, entre Camille Claudel y la ciudad de las exposiciones. Cuando suena el beso es cuando baja el albatros al mar, cuando la tierra se humedece de temblores, cuando los amantes llegan a la tarde en la hora señalada. Los labios, maderas de aire entre el viento modernista, dan el beso cuando la noche se acaba y de este modo el mundo perfecciona su literatura de ángeles y demonios, firmando sobre el agua la necesidad de vivir, la constancia de abrir el hambre, el instinto de sentirse nuevo ante las emergencias de la luna. Yo busco en los labios una explicación a las horas inservibles, porque creo que en el movimiento de los labios está el psiquismo, la poesía de Rilke y el acercamiento a los planetas.

La voz

La voz es en lo primero que me fijo yo de los hombres, porque en la voz está la verdad de todo, la geografía de lo etéreo, el decoro del alma, el cañaveral de los detalles. La voz es el hombre en la ausencia del hombre, su estado más puro, su recorrido flotante. Yo busco en la voz la multiplicación de los panes, el ejercicio de la virtud, la elocuencia de las palabras. Prefiero las voces graves a las agudas, pues éstas me infieren incomodidad a los timbres. En la mujer doy mucha importancia a una voz contundente, de femme fatale, como salida de una cinematografía, para que me vaya acostumbrando a las postales de moda, a los cuadros románticos, a los poemas de Cernuda. En el eterno femenino la voz debe salir de un cuadro de Mondrian, para que los jacintos sigan llenos de agua y las tormentas nunca dejen de sonar. Yo soy capaz de enamorarme solamente por una voz, con todo lo que ello representa, el encanto de las vocales, la territorialidad de las bilabiales, el amor y la muerte que se editan entre los labios, como un día de sol, como en las mejores novelas de Thomas Bernhard, porque de este modo, si todo suena como el agua, la vida se domestica como los perros caseros y el arte deja de ser transcendente. La voz es esa cosa que le sale a los hombres cuando ya han perdido la memoria, la abnegación y el olvido.

Max Fernández

He descubierto a un poeta grande de aquí de Palma. Se llama Max Fernández. Es humilde como un junco salvaje y bueno como el olor de las panaderías. Me lo he encontrado por las reuniones poéticas que organizamos los señoritos de la literatura de esta ciudad y me congratulo de haberlo conocido. No tiene obra publicada, así que va con sus hojas sueltas como pátinas de un tiempo inmemorial para hacer la historia de una biografía. Max escribe desde la vanguardia, desde el cadáver de la innovación, utilizando un lenguaje novedoso e imperial que a mí me atrae por su colorido y por su sudor maligno. Este poeta nuevo es ya más viejo que algunos de los que van de poetas por esta ciudad con obra publicada y que se apuntan a la merienda de los sábados. Max me envía sus poemas por correo electrónico y yo los leo con el detenimiento que da la alegría y el amor de las rosas. Hacía tiempo que no daba con un lírico de estos entresijos, pues para que a mí me sorprenda un escritor de metáforas tiene que llover mucho romanticismo y este chico postbaudelairiano lo ha conseguido, me ha atrapado, no sé cómo lo ha hecho, pero he caído, como un crápula, en sus redes epicureas. En Palma ha nacido un gran poeta, tiene nombre de motorista. Esperemos que siga escribiendo y que los brujos le concedan el metal nocturno necesario para proseguir en la andanada. Se llama Max Fernández.

Las llaves

He perdido las llaves de casa y es como perder la mitad de los poemas. Ayer en un café, sentado como un indio se ve que se me debieron caer del pantalón. He perdido las llaves de casa y me siento inútil como una puerta destrozada. Sin llaves mi casa ya no es mi casa, sino que le falta el argumento de la vida, como en los poemas de Jaime Gil de Biedma. Me siento ahora como en una cárcel de Charenton, cuidando las escatologías del marqués de Sade o en las prisiones homosexuales del poeta ladrón Jean Genet. Vivir sin la seguridad de la entrada y la salida es como vivir sin la seguridad de la comida de los zoos, algo que te hace invertebrado, amargo, quebradizo, desnudo. Podría volver al café por ver si las han encontrado, pero seguro que es tarea superflua, pues unas llaves desaparecen tan rápido como un cuadro de Picasso en Sotheby's. Sin mis llaves el café de la mañana sabe triste, la magnitud de los volcanes construye órdagos, mi felicidad amanece ante las maquinarias falsas, la tierra hace ruido y Dios no para de gemir. Yo, llavero de las postrimerías, me he quedado fuera de casa, que es donde siempre debí estar, en el mundo, haciendo cola para la muerte, para los instantes de la desmemoria, para el tiempo en que he dejado de ser yo por culpa de una llavería de plata, que ayer perdí entre la patria del agua, tomando café y haciendo el indio como un Sartre despeinado.

Historia de la Literatura Universal

Tengo yo una Historia de la Literatura Universal, de Martín de Riquer y José María Valverde, de la que me nutro para mis encuentros con la cultura. Hace miles de años que me acompaña y de ella saco el mediavalismo de las noches enteras de mis insomnios, la arquitectura de mi tiempo herido. De ella he aprendido a conocer el universo completo de los poetas innumerables, una literatura para mudos que me viene muy bien para hilar este personaje de pana en que consisto. Me la he leído de cabo a rabo en un par de ocasiones y puedo decir que he resistido toda la academia que lleva implícita, con su profusión de datos y toda la alquimia del saber. Mis conocimientos interiores, que son algunos, vienen de esta librería de a pie y es que el enciclopedismo, muy a lo siglo XVIII, es sano para la intelectualidad y para el dolor de príncipes. Riquer y Valverde me han enseñado que la literatura es esa cosa que ocurre a los que ya están muertos, pero que permanecen paginados en un existencialismo de estructuras concretas, para darle tralla al materialismo diletante y a la sinrazón de la razón, como querría Galdós. Yo acudo a esta historia de la literatura cuando me falla el dato, cuando se me olvida el nombre, cuando las rosas se me deshojan y la contemplo como un aprendizaje más de mis días regionales en esta mole que yo soy ya a estas alturas de mis escorpiones. Siempre la tengo muy cerca, porque se trata de contemplarla como a una mujer, con la solemnidad rica de la casa grande.

Pablo Neruda

Estoy leyendo el "Canto General" de Pablo Neruda. ¡Qué portentosa voz¡, ¡qué metáfora en la Auracanía¡, ¡qué vanguardia entre las noches heráldicas de América! Neruda es el lenguaje hecho pasta quemada como una yegüa, un poeta entre el tiempo y los derribos. A mí el libro que más me gusta de Neruda es "Residencia en la Tierra", por todo ese surrealismo de las peluquerías, pero debo reconocer que estos cánticos le van a la zaga por su universo de húmedas moscas y por su reconcentración en el hombre comprendido. Pablo Neruda es uno de mis poetas preferidos, porque siempre que acudo a él me llevo la impresión de haber estado en contacto con el alma, con el viaje, con la emoción pura de los silencios. Sabe como nadie arrastrar el concepto de la literatura hasta la envergadura de los tiempos inmemoriales, solidificando con ello el porvenir de los hombres, el naufragio de los animales, el existencialismo que nos llega desde el primer corazón hasta el último, siempre agazapado en las cuevas de Platón. Neruda, del cual ya he escrito en este blog, me pone a mil, me la pone gorda, me sulfata las ideologías del placer con Epicuro a la cabeza, como si todas las tormentas de los padres fueran a caer por todos los continentes, "leyó las agresiones de la noche", y es que hay poetas que basta con tan sólo mirarles las palabras para darse cuenta de la torrentera de oros y gases que corren por sus estructuras, "elaboró manzanas infernales", y así es preciso gritar muy fuerte su nombre para que todo el mundo lo oiga, pues es importante que en esta vida sepa de su existencia y de su muerte, prestigiosa de cáncer, entre la lucha de las caracolas y la selva negra, en un Chile de procesos militares y un país de comunismo suicidado, "así se estancó el tiempo en la cisterna", y de este modo darle al tiempo la contestación que se merece, con el lenguaje prometeico y las amantes en su sitio. Neruda, en su inmortalización de la poesía, canta a los cisnes geográficos, y una luz de madrugada se pone cerca de su tumba por ver si vuelve a escribir la última parte del "Canto General".

Las mañanas de los sábados

Me gusta escribir los sábados por la mañana, es la hora precisa para la realización de mi abstracción vallejiana, el momento oscuro en que yo encuentro el detalle invisible que me lleva hacia el amor o hacia la muerte, el chantillí, la decoración de las rosas, mis estados más terribles. Los sábados, recién levantado, o sin haber dormido (ya sabemos de mis insomnios) recogen todo el existencialismo de mi literatura, y es como si Sartre me adelantara las palabras y me editara los escándalos. De este modo me salen las metáforas mejor, eso creo, porque las lluvias son más inestables o más poderosas y el lenguaje se reververa como un trozo de pan trajinado por mi cuerpo de poeta, que a estas horas está bendecido por Dios o por el demonio, que de todo hay en el dantismo de mis manos románticas y multidisplicinares. Soy un hombre de sábado, esto lo saben los pájaros, que vienen a visitarme a esta casa, poniéndose al lado de este ordenador mientras escribo, piándome los poemas, que salen así, amodorrados de coníferas o de danones, de arquitecturas griegas o de vanguardias de principios de siglo. Cuando escribo los sábados el dolor desaparece y una cierta alegría hila estas páginas del blog, como si me alejara de los hospitales de la muerte y así me siento feliz, porque la literatura supongo que de este modo sirve para algo, para el juego o para la impugnación, para las dosis del veneno o para la lanzada deicida. Hoy sábado he escrito este artículo y me siento renovado, nuevo, mitral, amarillo como un cuadro de Modigliani, desteñido, puchero de novio, purpural, profundo, en todo caso, insistente como los chupetes de los bebés.

La bohemia

Ya no quedan bohemios, ¿o sí?, pero no a la manera de los de finales del siglos XIX, principios del XX, aquella bohemia de los cafés y la lluvia en las ciudades del arte, cuando escribir se sentía como una pulsión desenfrenada de las cosas y todo lo demás carecía de importancia, la política, las guerras, la vida misma, lo plausible era la literatura y la calle, con su arquitectura de los días, con sus putas y el frío que calaba hasta los huesos. El bohemio creía firmemente en la creación artística, no como ahora que primero se es funcionario por la mañana y por las tardes se dedica unas horas a la bohemia de la poesía. Antiguamente, la bohemia era un estado de gracia, una singladura de siglos, una actitud ante el mundo, un regeneracionismo, un krausismo, algo por lo cual podías firmemente morir (tantos murieron de hambre y de hielo y de suicidio). La bohemia era entrar en el café porque era el único sitio en donde se podía entrar, pues no había casa en la que vivir, ni pueblo en el que residir, ni puente en el que dormir (estaban todos ocupados por los clochards). Los bohemios escribían con las manos ateridas de locura y asco, con los lagrimales trifurcas, con el corazón descuartizado por un existencialismo de tabaco de pipa. Tomaban coñac cuando alguien les invitaba y comían de caliente cuando vendían algún poema o algún cuadro. Ah, la bohemia, inmortalizada por Puccini, qué vanguardia en el tiempo de la diáspora para los hombres que hoy yacen enterrados en los cementerios del olvido.

Fernando Marías

He descubierto a un escritor. Se llama Fernando Marías. Acaba de sacar novela que titula con hermoso nombre, "Todo el amor y casi toda la muerte". Este señor, que vivió o vive peligrosamente, pues rozó los heraldos negros del alcohol y estuvo a punto del acantilado, se nos reverbera como un lugar del romanticismo, un Chateaubriand pintado por Géricault. La novela sucumbe al tema de la mujer, pero no la mujer sencilla e invisible, sino la "femme fatale", el sentido disparado del eterno femenino en la vanguardia del peligro irredento, casi como un fantasma. Ésa es la mujer, por otro lado, que a mí también me atrae, la mujer con todo su componente oscuro, con todos sus ojos de Modigliani, con toda su inteligencia de las ciudades, capaz de vapulear al hombre hasta hacerlo añicos y no dejar nada para la memoria. Y es que ocurre que ante este tipo de mujeres los hombres somos muñecos de ficción, cuadros de Pollock, alimentos japoneses, metales nocturnos. La mujer, con toda la ordalía de sus elementos de tierra, conoce más el mundo que el punto de la masculinidad (no olvidemos que Homero fue mujer) y conlleva un recorrido más severo y mucho más amplio de lo que son las cosas que nosotros, que, al fin y al cabo, sólo buscamos sexo en ellas, como si los orificios fueran coníferas posmodernas a las que hay que penetrar. La femme fatale, por inteligente, ganará la Historia, la política, la economía, el amor, las guerras, la intolerancia, la impugnación del arte, las zonas del mundo, porque posee sentimientos nobles e innobles que la sitúan en las rosas implacables de la vida.

La foto

Mi amigo Román, gato de lana latino de agua, quiere hacerme una foto para sacarme de portada en la colección de su revista la Bolsa de Pipas. Me pide que salga bonito, una foto guay, en plan artístico, tipo artista de cine digo yo. Pero Román, amor, yo no tengo tiempo para fotos creativas, que con la literatura y otros menesteres tengo ya bastante. Me dice que tiene por ahí guardada en los anales una foto mía de cuando la Feria del Libro de hace unos años en que yo iba con sombrero de paja y barba de Walt Whitman. Ésa es la foto, pues, Román, saca esa foto, que quedará muy beatnick, como si estuviéramos en California a punto de la marihuana y otras drogas psicodélicas, como si Keruac aún no hubiera escrito "On the road". Me gusta eso de salir en las portadas de las revistas, a parte de mi componente narcisista, está el estilo de la poesía completa en que de ese modo uno se ve analizado. La Bolsa de Pipas es una zona de mucho prestigio aquí en las islas (Román se lo ha ganado a pulso, recuerdo ahora cuando la originamos Antonio Rigo y yo allá por el 93) y me siento orgulloso de aparecer en ella, como si fuera un Rolling Stone o un Vanity Fair, sólo me falta estar embarazado para que las ventas se disparen, pero uno no puede estar en todo. Así que, Román, te pido que pongas la foto de la barba, como si Ezra Pound estuviera a punto de ingresar en los manicomios y la vida me pulsara las rosas blancas en la canción costra de este mundo. Seguro que todo quedará muy bien. Y habrá ventas, porque tampoco soy tan feo.

Ensayo literario sobre Umbral

Quiero escribir, después de que salga (ahora para finales de junio) mi libro sobre Jean Genet, un ensayo literario sobre Francisco Umbral, el maestro. Lo cierto es que tengo la mitad ya escrito. Titula "Umbral el contradiós". Sólo es necesario actualizarlo y comentar los libros que me dejé en el día en que acabé el texto. Le tengo muchas ganas a este proceso, pues ya saben ustedes mis filiaciones con este lírico del lenguaje que es Umbral, un señor que fue capaz de vertebrar la literatura de estructuras diurnas y de existencialismos invisibles. Umbral nunca se lanzó del viaducto, que bien lo pudiera haberlo hecho, "el suicidio, la muerte ejemplar es el suicidio", me dijo una vez, pero empeñó la muerte día a día en una prosa diáfana y caníbal a punto de los heraldos negros vallejianos, porque hizo de la palabra una rutina mortal y rosa entre tanta delincuencia literaria y entre tanta prosa barojiana. Internó su nombre entre metales nocturnos y no le dolió prenda acometer contra los tribunos académicos y contra los débiles cervantistas. Dominó el escenario de la democracia literaria como nadie, a solas, entreverado de sauces y gatos, en el columnismo ontológico de cada mañana, para reventar a dios y a su madre con nombres y apellidos, no se la fueran a poner gorda, en su olivetti quevedesca, entre el dandismo de Valle y las greguerías de Ramón, para que España hablara de él, mal como siempre, pero él sabía que se había ganado Madrid a pulso y mecanografía, la noche en que entró en el café Gijón, entre el arroz a la cubana y las pensiones de Callao, y los reportajes de las folklóricas y alguna visita suelta a don Vicente Aleixandre, que escribía ya sus últimos versos malos en la cama, como un muerto a puntapié. Umbral, sí, se ganó Madrid y hoy Madrid le debe la rosa que llena la tarde. Estaba yo de vacaciones en el pueblo cuando murió Umbral y hubiera querido ir a despedirle. Lo vi por televisión. Lo metieron en una bolsa como para zapatos de tenis. Ahora quiero escribirle un libro, algo que no se muera, que esté vivo como una guía de autocar, noble como un poema de Berceo, atemporal como los días que escarban. Te lo debo, Paco, porque tú me enseñaste a escribir.

La firma de libros

Me acaba de escribir un correo electrónico mi editor Javier Jover citándome para el día 30 de este mes en la Feria del Libro, donde parece ser que firmaré ejemplares de mi libro elamor@tierra.es, un poemario con mucha vanguardia dentro y mucho elemento caligramático. El libro no intenta imitar a las vanguardias de principio de siglo XX, sino que se ideó así como sale, entre el enfrentamiento de los signos y los versos amantes y fluviales. Este libro, me da la impresión, no ha sido todavía entendido por el lector, que ha quedado horrorizado ante tamaña ostentación de colores y pingajos. En ese sentido, el esperpento del poemario funciona como una rosa negra en el gas innumerable del tiempo final. Ya se verá. Lo extraño del asunto es que yo esperaba firmar en la feria con una novela mía a punto de salir, "Jesús el blasfemo", sin embargo, según parece, lo haré con un poemario. De entrada sé, por experiencia de otros años, que voy a firmar poco, por no decir nada, pues uno es poeta de provincias con nombre escondido entre los armarios donde el agua anega el trigo. Mi fama se debe al conocimiento de mis interiores y a los amigos que pasan por encima de mí como carteles parados en las paredes de los teatros. Nada soy y de ningún sitio vengo. Y con estas palabras no intento orquestar un lacrimal, únicamente constatar una verdad y una situación dada y plausible, sin rémora, para que se sepa y no quede olvido de ella.

El café Niza

Quitaron el café Niza. Yo solía ir allí a mis encuentros con amigas o a tomarme simplemente un café. Me gustaba el café a eso de la hora de la atardecida, cuando estaba lleno de viejos y viejas con su poleo y sus conversaciones de posguerra. A mí me cuidaba muy bien Alfonso, el camarero más profesional y más vivo que tenía el local. Alfonso era el camarero de que disponen todos los cafés internacionales, con mucha cháchara y muchos elementos discursivos. Ya digo que yo empleaba el Niza para mis citas con las amigas, pues el local era bello como un cuadro de Chuta Kimura, de acuerdo con la belleza de las mujeres que a mí me daban conversación. Había siempre una musiquilla de fondo, un poco hortera, que le daba un toque a un tiempo de las Vegas y uno no sabía si en un momento dado pedirle matrinominio a alguna de aquellas muchachas o simplemente seguir hablando de literatura. El café Niza, que ya lo han quitado, era un poema futurista, un Marinetti con el Duce sentado en su terraza. Tenía, en su tradicionalismo, algo de vanguardia y estoy seguro que, si Pierre Reverdy (antes de intentar robarle el creacionismo a Huidobro) se pasara por Palma, hubiera entrado al café para componer sus caligramas. Últimamente están quitando todos los cafés de Palma, para poner sucursales o tiendas de braguitas o estados más sentimentales. La literatura y el amor están siendo defenestrados por el mercado y el liberalismo. Yo me he quedado sin mi Niza. Ahora no sé dónde citar a las mozas. ¿Qué habrá sido de Alfonso?


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