15M

Quiero reproducir aquí un artículo mío que salió ayer sobre el 15M en el "Mundo-el Día de Baleares" para si alguno de ustedes no lo leyó en el periódico. Ahí va, como una campanada sin sonido:

 

EL 15M O LA BELLEZA CONVULSA

 

El 12 de mayo –tiempo de donde se salen de las tabernas- el movimiento 15M aquí en Palma se manifestó por las calles en ese resurgimiento que disipaba las dudas de quienes pensaban que la movilización ciudadana surgida ahora hace un año había sido aniquilada por el funcionalismo político y su paseo hacia la Iliada. Según los convocantes hubo 15.000 personas que habilitaban sus protestas desde la voz, o digamos, desde el grito de Munch y desde las consignas que son como los aviones que despegan desde los buques –en su velocidad agnóstica y su romanticismo de Heine-. Según la policía únicamente mostraron sus ojos de hormigas furiosas unas 3.000 –se trata como siempre de la contabilidad contradictoria en que se asumen los distintos paisajes-. De madrugada, en la Plaza de Islandia –no olvidemos el proceso islandés y el derrocamiento de todo su gobierno-, las fuerzas de orden público desalojaron a esa maraña de venas recientes promoviendo de tal manera todavía más la indignación del indignado –Sthépane Hessel no estaba allí, porque sigue escribiendo los textos que leídos desde el huevo del Ave Fénix impulsaron en cierta medida el tremedal de las calles y el asentamiento en Sol, extendido en consecuencia por muchas ciudades españolas-. El 15M, del cual yo tengo un extenso ensayo sobre el tema, en el que intento analizar cuáles fueron los orígenes y la epopeya narrativa de una politización urbana que nos recuerda a la generación del 98 y el regeneracionismo, contextualizando los procesos históricos preliminares desde la Revolución Francesa hasta el lirismo de las revoluciones africanas, y que está a la búsqueda de un editor, no es sólo una movilización, sino el hartazgo intelectual y social de un neocapitalismo que nos viene desde la quiebra de Lemmans Brothers y su extensionalidad en una Europa que no estaba preparada para recibir ese vino de las prostituciones. Aquí el Gobierno de Zapatero reaccionó de manera maquiavélica, en primer lugar negando la crisis de Napoleón y en segundo lugar afrontándola con iniciativas que creó un dolor nerudiano en el colectivo general. Es ahí cuando llega la fecha y la ciudadanía invade el paisaje deforestado. El 15M es la evolución de los movimientos antiglobalización surgidos en los 90 y reducidos rápidamente por la ferocidad del Poder. Lo que se pide es un cambio de estilo, una mudanza de obras, una academia de Platón, imagino porque queda demostrado que la política –como una nave de los argonautas- ha naufragado ya antes de que Ulises llegue a Ítaca. El 15M es una Ítaca rilkeana afrontada desde un idealismo pragmático semejante al de Henry de Saint-Simon. “No nos representan”, pero yo me pregunto: ¿quién representa a quién? Quizá sea necesario desmontar el sistema asambleario de las jornadas heliotrópicas y redundar en el esquema de la representatividad. El 15M morirá si no desemboca en una perfecta organización y en la instalación no de un partido político –dadaísmo del movimiento-, sino de una voz única y directa hacia lo que Rimbaud denominó intentar “cambiar la vida”. Se hace difícil la perduración, pues todo lo que empieza –si no se consiguen los verdaderos propósitos- se agota y cae en una especie de spleen baudelairiano. Ése creo que es el peligro de lo que nació como paloma y como tierra húmeda para quedar encenizado por la presión y las tensiones que siempre crea la política. Sólo caben dos palabras: resistencia y compromiso. Pero no olvidemos que toda revolución ha naufragado siempre por las distensiones internas. Es muy útil que se busque la belleza convulsa.

 

Nueva novela


Ayer empecé a escribir una nueva novela, a la que yo llamo "novela heterodoxa", y que lleva por título "El odio". Mientras escribo otros dos libros -un ensayo y una obra de teatro sobre Lorca- no he podido aguantar más el impulso que me nace cuando continuo leyendo a Cortázar, por lo que me he puesto a narrar una historia sin historia, sino la culminación del hombre en un mundo ya derrotado. No se trata de una novela realista -en su realismo de expresión, odio a Galdós y a Balzac-, sino una mezcla de géneros literarios, pues en ella aparecerán páginas que son fragmentos de teatro, elementos metafóricos a través del poema, periodismo, ensayo, etc. Una vez, hablando con Umbral -de esto hace ya mucho tiempo- me dijo que la novela moderna llegaría cuando se mezclaran los géneros literarios. Eso lo hice ya en mi "Libro Blanco" y parece que gustó. No quiero repetirme, sino abordar las cosas de un modo completamente diferente. No sé si podré seguir escribiendo tres libros a la vez, pero yo escribo mientras vivo o vivo mientras escribo. No sé ser cocinero ni funcionario de Correos. Ahí envío el principio de este libro. Ustedes juzgarán:

 

EL HOMBRE HA MUERTO

 

 

     Ya lo decía Foucault: “El hombre ha muerto”, en una posmodernidad de un existencialismo lúcido –tal vez como la lucidez del océano Pacífico-. El hombre ha dejado de creer en el hombre que es, desde sus viajes en aeropuertos invisibles, las calles que visita como un Sísifo con la piedra aspirando llegar a la cima, el cansancio con que vuelve del trabajo –aunque esté empleado en una compañía de Correos-, la búsqueda de un amor en el que no cree –ha dejado inevitablemente los sonetos petrarquistas-, el tiempo que ya no es tiempo, sino la velocidad de un regreso hacia ninguna parte, el coche que se compra cada dos años, la muerte que le viene en una vida que está muerta, la belleza que expulsa como si fuera el delito de su grito, como se expulsan a los niños terribles de los colegios privados. Eso creo. Hay una defunción perenne que va desde las zapatillas Nike hasta los bebedores de whisky. Llega el mediodía. La luz ilumina las ropas, algo que no es creíble, la enfermera aplica una prótesis a un caballo herido. ¿Quién tiene la culpa? A veces es necesario morir de amor que acudir a los campos de fútbol.

 

Dos libros a la vez

Como hace unos meses, después de escribir dos libros a la vez, como mi speed por la escritura no tiene límites y es lo único que me produce un cierto nerviosismo estético, en estos momentos continúo llenando de leche a dos textos a los que dedico todo el día con la única pausa de los cigarrillos en el balcón y dos frutas para el momento de la alimentación. En estos instantes todo lo convoca Lorca, pues estoy incurriendo en un ensayo literario -"Lorca. Entre la muerte y Nueva York"- y una obra de teatro sobre Federico. Dos Lorcas a la vez. Pasar de la narratividad lírica del ensayo, donde proceso todo el mundo poético y teatral del que acabó asesinado en Víznar, a la forma del dialogismo y las acotaciones aprendidas de Valle-Inclán, Arrabal, Alberti y del mismo Lorca no me supone una castración de los diferentes estilos empleados. En el fondo, el ensayismo y el teatro tienen en común el uso de la palabra para explicar un mundo. Lorca fue un maldito que venía derivado de su romanticismo y de un existencialismo que leyó en Kierkegaard. El asesinato del autor de "Poeta en Nueva York" me lleva a explicarlo desde el drama histórico, con los personajes reales que estuvieron presentes en aquellos inicios de una guerra civil. El teatro -que ya había usado en libros anteriores- me divierte y me apasiona, pues es el lirismo hermenéutico conducido por los personajes que aparecen, que son los que en realidad escriben la obra. Teatralmente yo sólo me dejo llevar y de ese modo voy incardinando los sucesos acaecidos como un ferrocarril que me arrolla. En dos meses creo que todo estará acabado y al día siguiente me pondré a escribir un ensayo sobre el Romanticismo, que forma tan parte de mí como la mulata de Baudelaire mientras daba forma a sus flores del mal. Mi mal está salvado, porque es precisamente la literatura la que me cura de las heridas que he padecido en tiempos de guerra. Mi Grand Guerre ya sólo es una fruta mordida devuelta al campo.

Lectura literaria

El jueves día 10 de mayo, a las 20 horas, en la librería Jaume de Montsó, en Los Geranios, leeré un resumen de toda mi obra literaria publicada hasta hoy -poesía, novela, ensayo, periodismo-. Creo que es una buena oportunidad -nunca lo había hecho- para navegar ante los que vengan por mi propio estilo expresivo. Se venderán los libros a un precio más bien irrisorio. Se trata de dar a conocer, en la medida que eso me sea posible, de todo un proceso creativo que se inició ya hace muchos años, desde mi primer libro de poemas publicado en 1991 y que fue el que más alegría me dio, pues el primer libro es como una caja de juguetes en el que se precisa el momento literario en que por fin te crees poeta -aunque posiblemente no lo seas-. Mis versos, mis fragmentos de ensayos, mis ratos de novelismo surgirán como un deseo deseante que tengo ganas de culminar, pues la lectura ante un público es como un ferrocarril en directo del cual te subes o bajas, sin esperar reacción, pues el público, como decía Lorca, es un teatro al aire libre y de él depende que la literatura se haga pastel o piedra, merienda o noche. Intentaré poner lo mejor de mí mismo para sencillamente indultar mi creatividad, que tan feliz me hace mientras la escribo; de ese modo surgirán los versos como peldaños de escaleras por las que subes sin intentar caerte. Vendrán amigos o enemigos, me da lo mismo, ya me he habituado a pensar que la literatura, como la política o la esgrima, tiene lectores tan distintos que se forjan o en la luz o en los agujeros del abismo. Lo importante es escribir sin respetar las críticas, las cuales suelen venir de la impotencia o del escritor frustrado. Yo sigo a lo mío, como un esperpento valleinclanesco, sin que afecte a mi estado de ánimo los desagravios o la incultura. Para mí el jueves significará una representación de mi propio mundo, acertado o equivocado, no lo sè, de lo que estoy seguro es que la escritura es un identificación consigo mismo, una catarsis para escapar de las trampas que te imponen los hombres. Escribir es vivir y eso es lo único que me importa. Hay gente que sigue pensando que la literatura sólo debe ser un jardín alegre donde romper la risa, el entretenimiento, la diversión, la fiesta del chivo. Como Sábato sigo pensando que el acto de la expresión -principal conceptualidad de un autor- sólo reside en el conocimiento del hombre y en su conducta abriéndose como un proceso de ansias de plenitud. Yo el jueves intentaré leer de pie, para que mi cuerpo sea la metáfora de lo vivo.

Dos libros a la vez

Por culpa del invierno, monstruoso y de una belleza convulsa que me desata los mecanismos interiores, estoy escribiendo dos libros a la vez. Uno: una novela lírica a la que titulo "Los espejos occidentales", un proceso lírico donde narro la historia de mis generaciones y a la cual ya estoy llegando casi al final, aún me queda lo más terrible o quien sabe si lo más bello. Otro: un ensayo crítico sobre Federico García Lorca, al que titulo "Lorca. Entre la muerte y Nueva York". Las circunstancias han sido así venidas, pues llevaba meses documentándome sobre el gran poeta granadino y ya no he podido más. Necesitaba ponerme a escribir los primeros capítulos, que tenía ya bien estudiados. El primero titula: "El duende y el irracionalismo andaluz", donde realizo la confirmación de que ya en las primeras obras de Lorca, por ejemplo, en su primer libro, publicado cuando sólo tenía veinte años, "Impresiones y Paisajes", ya aparece lo duendístico como revelación de las razas malditas andaluzas. Dice: "Hay que interpretar siempre escanciando nuestra alma sobre cosas viendo un algo espiritual donde no existe". Eso es duende, que luego refulgirá con más agonía en "Poemas del cante jondo" o en el "Romancero Gitano". El hecho de escribir dos libros largos y gordos a la vez -teniendo que cambiar constantemente de registro literario, pues en uno asoma lo poético y en el otro el modelo ensayístico- me domicilia de energía y de una profunda creatividad que me abre los costados y me cierra las ventanas de mi habitación. Estoy, eso creo, en una profunda crisis de animación literaria y ese hecho personaliza todos los muebles que toco con mis manos y todo el amor que penetra con palabras el universo atlético y global que me induce a pensar que esta vida está hecha para no perder ni un solo instante en comprar botellas de whisky en los hipermercados.

Las galeradas de mi último libro de poemas

Acabo de corregir las galeradas de mi último libro de poemas, que saldrá publicado el 23 de abril, día del libro. Cuando uno se enfrenta a la corrección de lo que ya hizo, se encuentra con el dilema de no contemporaneizar con la obra realizada, pues le queda distante y se crea como una abyecta aversión por lo que creó. No me gusta releerme, creo que la literatura, en este caso la poesía, es el instante preciso en que sale la metáfora, ese momento de dicha absoluta en que vas profundizando un proyecto en el que las palabras, como una electricidad de Volta, se envuelven en el ego como un trayecto de ida, pero nunca de vuelta. A partir de ahí, lo creado deja de pertenecerte y se esfuma por las tierras húmedas de lo invisible. Es cuestión del lector, entonces, poner las cosas en su sitio, dotarlas de vida y de colores infinitos. Yo escribo para mí y para mis propias satisfacciones interiores. He tardado más en corregir que en escribir el libro, que lo realicé en dos días, en una mina de pianos que me llevaban hacia el amor que por entonces transcurría. Amor y desamor, cuantakilómetros de las andanzas de un poeta que se siente vivo como una palabra que no lo deja huir de su asiento de trabajo. La poesía tiene eso, que te transforma en el demiurgo constante y alocado que depende de la turbación y las emociones convulsas. Insisto, no me ha gustado nada corregir las pruebas de corrección. Ahora la suerte ya está echada. Paul Valéry era un gran poeta.

La crítica literaria

Los críticos literarios pocas veces aciertan en su evaluación de las obras literarias, entre otras cosas porque no acostumbran a leerse los libros en su compactividad creativa, sino que en su vaguería profesional someten su juicio a una ojeada muy por encima del texto y a partir de ahí emiten el juicio que, como digo, no suele ser convincente ni aproximativo. El crítico, como dijo Roland Barthes, según Umbral, es un escritor aplazado y en esa carencia se profesionaliza en unos métodos valorativos que pueden dejar soterrado al ego del escritor al que analizan. Normalmente ocurre que al escritor consagrado la crítica le pasa de largo, pero el crítico puede marcar un carnívoro cuchillo al poeta que empieza, al novelista novel que ve, como en su experiencia artística, que él considera puntual y esperanzadora, es sometida a la crueldad y a la desgracia. Eso hace daño y puede desbancar al primate quien sabe si para ya todos los tiempos. Hace poco a mí me realizaron una crítica sobre mi Umbral en El Cultural de "El Mundo". El juicio fue laudatorio, pero se quedaba en la superficie, sin la profundización por ejemplo de mi estilo o de mi metáfora. Es por eso que no hay que hacer demasiado caso a la crítica literaria y afianzarse en la creencia de uno mismo, continuando con la obra pensada y marcada por un tiempo de ilusión que sólo a uno anima mientras se pone delante del ordenador. Ya llegarán los siglos para poner a cada uno en su sitio. La crítica temporalizada y actual no tiene ningún mérito, solamente una presunta profesionalidad que más que vocacional es veraneante y delito de un sueldo.

La belleza

A mí hay un impulso que semánticamente mueve todas las arquitecturas de mis instintos y que convive conmigo como un mundo implacable que despunta los días. La belleza es ese dandismo al cual no puedo renunciar, pues recava mis imperfecciones en un cruel romanticismo que me lleva a los sistemas más oníricos. Lo bello se encuentra en todas partes: en la naturaleza, en el amor, en la mujer, en los objetos, en el arte, en lo macabro, en los monstruos. Nada es renunciable si hay cierta percepción de fantasía cuando lo real se torna verdaderamente tedioso y trajín. Tanto Oscar Wilde como Baudelaire lo vieron claro y atisbaron que el tiempo debe rodearse constantemente de momentos en que la belleza lo acapare todo, el silencio, la descomposición, la ciudad, la literatura, el origen secreto de los hombres. No me gusta la belleza artificial, por lo que tiene de manipulación, el orden natural es la idiosincracia de toda pureza que se defienda desde la creación hacia el infinito. Yo imagino, quizá por eso sea poeta, que ya no podría vivir sin ser sorprendido por la ética de lo bello, pues en ello encuentro mis pequeñas realidades amoldadas a mis salidas de las crisis, como simbología que domicilia mis señores amores dentro de la perplejidad de los ojos o el cuerpo. La belleza no está en desnudar a una mujer, sino en vestirla, porque he ahí cuando se crea la obra de arte, como muy bien han visto los pintores de colores rojos. Salgo a la calle y siempre voy mirando dónde encontrar algo bello y con eso me basta, porque para lo demás ya están los que no saben ver, los que hablan o los que deambulan en la mediocridad. La belleza es la valentía del café derramada por un pecho.

Me levanto

Me levanto temprano y me pongo a escribir. La novela va bien. Los personajes, delimitados por la mera descripción de las pinceladas impresionistas, como si se trataran de un cuadro de Giussepe Abatti, se encaminan hacia un mundo trágico que maravillosamente se domicilian en los territorios de lo mágico y en el submundo de lo lírico y las correspondencias baudelairianas. Me levanto y escribo y me quito este cruel absurdo que es la vida, que a mí se me convierte en el paraíso dantiano cuando termino de sostener las palabras en el tendedero de la ropa. Luego estudio y leo y así el mundo me parece más levantisco y más tendente a la prolongación de los pájaros que entran por la ventana de mi habitación. Parece que el frío ya se ha ido, pero yo sigo teniendo las manos congeladas, menos mal que los cigarrillos me devuelven esa quinta paz de las mariposas con que me enfrento a la escritura y a los días. No pienso en amar a una mujer, porque el amor es una destrucción del yo, una succión del carácter en la otra persona que evita que te compres los pantalones que a ti te gustan. De este modo me pasan los meses, feliz con mis cosas, pletórico de organismos internos, de impulsos, de instantes en que voy abriendo los ojos para ver las calles desde mi balcón todas llenas de delincuentes que conducen sus coches. El mundo es una pequeñez de bárbaros que sólo viven para el capitalismo y la mediocridad. Yo me quedo en casa leyendo a Lorca, porque estoy a punto de empezar un ensayo sobre este poeta gitano que tantas metáforas realizó sobre el duende y sobre Nueva York. Lorca, en poco, volverá a salvarme del spleen y del zen que no practico. La vida es bella, sí, pero dentro de las pertenencias que uno se impone.

Mi ensayo sobre Lorca

Estoy escribiendo en estos momentos una novela y ya estoy pensando en mi siguiente libro. Se va a tratar de un ensayo sobre Lorca, la metáfora hecha piano y gitana. Ya tengo el título: "Lorca. Entre la muerte y Nueva York". Mientras escribo, estudio lenguaje y vivo lo que puedo, ahora lo que me toca es la primera fase del libro lorquiano, es decir, la ceremonia de la documentación, para ello ya están avisadas las librerías y ya estoy leyendo biografías y textos sobre el autor del "Romancero gitano". Lo voy a escribir en primera persona, como si Lorca se contara a sí mismo, por intentar algo, en lo que se pueda, del montón original. Ya lo hice con mi Rimbaud, otorgándole la segunda persona. Quiero que este Lorca me salga hermoso de cara, de crítica, de análisis de su obra, de su mito y de su malditismo (ay, pero me falta el libro de Umbral "Lorca, poeta maldito", descatalogado). Me tocaba ya este gran universal de la literatura, después de escribir sobre Vallejo, Genet o Umbral. Mi intención es restañarle toda luz a cada una de sus metáforas, a cada bosque de sus tragedias, a cada golpe de su vida oscura y melancólica, porque Lorca no fue un siglo, sino una actitud y una estética ante el mundo que veía o no veía y cuyo final presupuso el nacimiento de la rayuela del las seis cuerdas.

Otro nuevo lector

Me escribe un comentario un nuevo lector que derriba los apostolados del pesado y trabalenguas del acosador lector anterior. Éste vislumbra por lo menos un amor por la literatura que el otro no tenía, si bien me acusa de que en mis últimos artículos preexiste cierta "aliteraturidad" cargado de cierto pesimismo, el cual yo con todas mis condiciones de escribiente celebro, pues no se puede estar siempre escribiendo desde el sonido de las campanas y el sol luminoso. Así no se entiende toda una Historia de la literatura Universal, baste con echarle un vistazo y aprenderemos. Pero doy las gracias a este nuevo visionario al comprender que yo, efectivamente, uso la literatura como un recurso natural para realizar de los bosques una panadería o del oro un proyecto alquímico. Naturalmente, querido lector, la literatura está para sacudir los elementos propios de la metáfora y reconvertirlos en otras realidades que abandonen la absurda cotidianidad que nos acoge. Pero déjeme que le diga que el dolor también se cuenta, por mucho que a usted le pese, y que la iluminación, que usted ve en mí, ya la cantó Rimbaud, pero desde el punto de vista de la videncia maltratada. De modo que sigamos poniendo color a las vocales y añadiendo gongorismos a esta eternidad que es el escribir y que sin ella, no le quepa la menor duda, yo derivaría en los residuos de una angustia existencial que intento domiciliar con el adjetivo más próximo que venga de los cuadros de Paul Delvaux.

De nuevo, el lector

Me vuelve a escribir un comentario este fructuoso lector que no me deja ni a sol ni a sombra. Incide en que mis artículos invaden un malestar existencial no propio de un escritor responsable, o algo así. Me acusa también de malgastar demasiadas referencias culturales en este blog. Por lo que veo él es ingeniero, por lo que se entiende que no sepa ni una mosca de oreja de todo lo que propongo en relación con la cultura y el arte, pues la ingeniería no da para mucho, sólo para construir puentes y soldaduras de máquinas. Por eso le pido desde aquí, con una voz que llega hasta Hong Kong que me deje en paz de una vez por todas, que deje de leer mis artículos si en realidad no le gustan, que se introduzca en los blogs de Lucía Etxeberría o en el de Jesús Ferrero, que seguramente ahí podrá producir la masturbación con los pájaros ciegos que él pretende. Pero, queridísimo caballero: abandona mi blog. No está hecho para ti, no tienes el cociente intelectual suficiente como para comprenderlo. Eres una persona mucho más sencillita, simple, convencional. Y te pido, como la madrugada al día, que no pretendas darme lecciones de literatura, pues un científico no tiene nada que hacer con un poeta, es como si yo quisiera escribir un artículo sobre la aritmética, me perdería, pero mis metáforas son absolutamente incomprensibles para un homo erectus como tú, por lo que te imploro, ya te digo, que abandones este barco y no vuelvas a escribir ni una sola palabra más. No es que me duelan es que además están llenas de faltas de ortografías y de una educación que se ve que no tienes. Y, sí, abur.

Cien años de soledad

Hace unos días terminé de releer "Cien años de soledad", de García Márquez. Lo cierto es que ha vuelto a ser un reencuentro con la literatura en su estado más puro, que es lo que me gusta a mí. Ahora estoy con los hispanoamericanos: "Rayuela", "El siglo de las luces" y me da la impresión que estos sabios del adjetivo dieron en el lugar crecido de lo mágico maravilloso. Con el libro de Márquez he encontrado el hielo de Macondo, un poblado donde se entrecortan las generaciones a partir de José Arcadio Buendía, que acaba loco atado en el tronco de un castaño. Los personajes van apareciendo y desapareciendo casi en silencio, dejando en la prosa la contestación final de lo lírico y la antología de lo irreal. En la novela están ocurriendo siempre constantemente cosas, por lo cual intentar hilvanar un argumento prácticamente es imposible, pues la narración se entrelaza con los protagonistas a modo de juego delirante en donde la soledad, el odio, las guerras y el amor se acumulan en un paisaje de navajas donde todo es agonizado por el fantasma de Melquíades, un gitano que muere, pero que no muere, dispersándose como el hacedor de todos los infortunios de la familia Buendía. He pasado unos chocolateados días leyendo a Márquez y he deducido en su palabra que, cuando no se cuentan las cosas al modo realista, la literatura adquiere ese sentido de la herida abotonada en el fuego lento de la velocidad. Macondo.

Los espejos occidentales

Voy por la mitad de la novela que titulo "Los espejos occidentales". Uno, cuando está enfrascado en un producto creativo lo que espera es que llegue cada mañana para levantarse y ponerse delante del ordenador a ordenar ese mundo de palabras que fuerzan las murallas de la imaginación con la bojiganga de la sintaxis. Se presta de este modo el análisis del modo, del porqué, de la finalidad de la obra para que se domicilie en un espectáculo voraz que verifique la alegría con que uno se instala en las modulaciones del arte. Mi novela es la novela de mis generaciones, pero tratada desde el punto de vista fantástico y desde la nocturnidad de lo mágico. Los personajes mueren pero no mueren, nacen hablando y andando, vuelan por el territorio de la comarca, predicen acontecimientos, paren animales, en todo caso, se trata de huir de un realismo que me asquea, para elementizar los contenidos que me llevan al acontecer lírico y fluvial que consiguen, eso creo, concretar de la narración un silbido de pájaros ciegos. Lo mágico te permite una libertad creadora que no posee el tradicionalismo y la poesía narrativa te alza hacia el mar que jura a muerto. De momento yo cada madrugada que me levanto le doy a la novela y me siento feliz de que eso ocurra, porque de alguna manera no es que esté procurando nada para la posteridad, sino que estoy efectivizando una relación conmigo mismo que ni el amor siquiera supera.

Un lector

He recibido un sabroso comenterio de un lector que veo que me sigue, aunque por lo que se ve no se entera de nada, pues en un intento de medicina psicoanalista me intenta ayudar en la ceremonia discursiva de mis artículos. Empieza con el cínico "con el debido respeto" y me acusa de revolcarme con mis palabras en el tachón de las luchas internas y de mi inexistente calidad de vida, a la que llama "salud orgánica" (sic), como si yo fuera un pez o un árbol en plena deforestación. Me manda este querido amigo al psicólogo, pero, hombre, si éstos señores de la medicina interior no curan el dolor, sólo te lo recuerdan. ¿Acaso se pensará esta bienpensante lector que un psicólogo que me va a cambiar mi forma de escribir? Pero hacía tiempo que no leía yo palabras tan necias, tan dentro del teatro del absurdo, tan paripatéticas. Querido amigo, ya que me lees, aunque no tengas ni idea de lo que escribo, ocúpate de tus propias histerias, que veo que las tienes, y déjame con mis palabras para que expulse lo que a mí me salga de los huevos o de la madera. ¿No te das cuenta que la literatura es un complejo mundo donde se combinan soledad y sol, tristeza e iluminación? ¿Acaso te crees que soy un héroe? Seguramente en tus lecturas no pasas de Agatha Cristie o de la novela rosa, porque a Córtazar y a Lorca estoy seguro que ni los has visto por encima de la costra del erizo. Te recomiendo que leas todos mis artículos que hay en este blog y luego opines en consecuencia. Te darás cuenta que la psicología nunca salva a un escritor, en todo caso lo aniquila. Abur.

La soledad

Vivimos en un mundo en que lo idiomatizable es estar en permanente comunicación con el otro, como si ésa fuera la túnica de nuestra ficticia felicidad. Siempre buscamos a los demás para compartir nuestra intimidad y nuestros elementos religiosos, que son los que nos vienen de las montañas. Pero hay mucha gente que permanece en la agricultura de la soledad, por imposición o por decisión tomada. No creo que la soledad sea un gesto moderno que nos devuelva a nosotros mismos, pues carece de la sintomatología del mundo. Estando solos la tristeza se adueña de nuestros vasos de whisky y aborda la cuestión filosófica desde el anacorismo de la destrucción. Por eso la gente que vive sola en su casa busca constantemente comunicación interior: encender la televisión, poner música, hablar sola, llamar por teléfono, etc. La vida, que es un incendio de jacintos cortados, en ciudades cada vez más populosas, nos va dejando solos ante la vanidad y la luz apagada de los hombres. No deseamos saber nada de los demás, porque sólo nos traen chistes malos y una propensión a la maldad. Pero la soledad, vista en las grandes obras de la literatura, "Cien años de soledad", un suponer, es un animal feroz que nos ara la siniestra historia de nuestros años. Estando solo uno no crece, sino que se va para abajo como los rincones de las batallas. Y de este modo caemos en el olvido de que la naturaleza nos ofrece el romanticismo perfecto para contemplar el tiempo desde la cima de los Beatles. Sólo hay que salir de casa y emplazarse en las calles buscando el amor que nos evite tener que cocinar solo para uno. Así puedo decir que la soledad se podría definir como el retroceso del ser humano ante una memoria que en su tiempo estuvo refulgida de infancia y de las cinco vocales de Rimbaud.

Los errores

Cuando uno comete un error, tiene que buscar una solución pronta y definitiva, porque sino el problema se pudre como las carnes torcidas de la muerte tardía. Es preferible que el error se acometa con humildad, nada de impulsos violentos e histerias contravenidas, de este modo lo que se consigue es aglutinar más la sangre desangrada. Todos cometemos errores a lo largo de nuestra vida, es una genética volcada hacia el estructuralismo del ser humano. Lo más lógico es atender a las consecuencias y procurar que éstas sean lo menos desastrosas posibles. Los errores a veces se pagan a muy alto precio, por eso aprendemos a converger en una ética que no nos devuelva tan infernales espectáculos. Sólo desde la búsqueda del bien, constriñendo el mal, se suaviza la tendencia a seguir por los mismos caminos pedregosos, y sólo desde la bondad y la modestia, sin la prepotencia del ego, se amilana la costumbre de aniquilarse uno mismo en el mercado negro del látigo. Son los días los que depositan una calma de lana tras la experiencia de un conocimiento equivocado y es el tiempo el que realiza del colchón de cama para que las cosas vuelvan al mismo sitio. Como una letrilla satírica de Quevedo, no caigamos en el complejo de culpabilidad, pues ése será nuestro tormento, únicamente desde la responsabilidad y la materia viva el corazón volverán a ser fiel a lo que somos, personas errantes que deambulamos entre el orden y el desorden, como un proverbio oriental que nos alerta de que la vida tiene estos tambores visibles que no avalan nuestra actuación, sólo la deforman hasta que seamos capaces de no repetir las andaduras de la esclavitud. El remordimiento de nada vale, pues no soluciona el combate añadido, por lo tanto sólo nos resta acceder a una nueva visión de lo que corresponde a los cielos abiertos.

El miedo

Con miedo no se puede vivir. De lo que se trata es de saltar sobre él como un atleta con pértiga, enfrentándose a su oficina desolada con toda la fuerza que la vida nos asiste. ¿Cuántas cosas nos perdemos por temerlas? Demasiadas quizá. Existe como un punzón en el estómago, que los psiquiátras paladean como transtorno de ansiedad, que nos aboca a la colocación de nuestras emociones en las más altas direcciones de lo horrible, de lo intocable, de la no acción. Cuando eso se presenta, hemos de obedecer a la valentía, a esa forma cínica que los griegos amasaban con los pies y que les devolvía toda calma del espíritu. El miedo paraliza, nos detiene ante las escenas más cotidianas del tiempo y hace que éste se produzca en su tensión de errores que jamás solventaremos si seguimos en los mismos puentes suicidas. De modo que adelante, destrencemos nuestras fobias y direccionemos nuestro presente hacia los instantes más lúcidos y verdaderos por los que hemos sido ofrendados como seres humanos. Busquemos la alegría irremediablemente, porque de otro modo nos convertiremos en un cuadro de Francis Bacon y abandonaremos toda búsqueda que es el ser interior que alterna con la externionalidad de los otros. Los hombres nos tememos. No hagamos caso al otro, seamos nosotros mismos y vivamos de acuerdo a nuestros límites y a nuestras voluntades, todo aquello que poseemos y que no conocemos ciertamente. Tenemos tantas cosas que ofrecer. ¿Para qué temer entonces? Los niños no temen, juegan y corren hacia el sinfín de los caminos. Hagamos de nuestros mundos el camino de la estación total que nos corresponde. Así el sol saldrá cada día con su verso de Góngora.

La armonia de la naturaleza

Todo lo que se destruye se idiomiza. La letra del mundo es pura materia que ya vieran los filósofos del siglo XVIII. Es este materialismo lo que hace interminable al mundo, pues éste se espumorea de lecciones irredentas de símbolos eternos. Vivimos en un tiempo de constante naturaleza, ésta es la que impone su noticia de modernidad al hombre que alborea en una innata sensación de tristeza. La naturaleza, como ya vieron los románticos, siempre supondrá la sensación de estabilidad -por muchas catástrofes que nos asolen- y de armonía a un mundo que se vierte por la ineficacia del contenido humano. Es a nosotros, como entes indefinibles, a los que nos resta la emoción de preservarla, sino queremos que en unos años nos entregemos a una nueva glaciación  de una tierra que a causa del cambio climático se afianza a pasos de Polifemo. Somos naturaleza y ella es la que nos conserva. Los astros, las montañas, las nieves, los árboles, los ríos, los mares, todo nos salva de esta melancolía del hombre que vive en el status urbano cada vez más ruinoso. No hay nada como levantarse cada mañana y mirar el sol, porque sale cada día y nos recuerda que seguimos estando vivos, que existen animales y flores y poemas de una mística de Giacopone da Todi. Vivamos, pues, ensamblados en la germanía natural de las cosas y olvidemos la maquinaria moderna que sólo nos va a llevar a la deshumanización y a la presión de las sogas.

Otra vez ha vuelto a nevar

Otra vez a vuelto a nevar y el tiempo parece que se recorta, como una cuchilla de humedades inagotables; los coches esta mañana cuando me he levantado estaban cubiertos de nieve, lo mismo que los tejados de las casas, y a mí me ha dado la sensación que los hombres estaban más alegres de que eso fuera cierto, porque el frío hace que la bonhomía acuda al mundo, como un paisaje de magia o de dioses que todavía existen. Estamos ante unas temperaturas que nos aran las manos como campos labriegos, pero que nos calientan el corazón como una balada de Keats. No es poderasamente extraño que la climatología sea humana o demasiado humana, puesto que tiene algo de nietzscheano en su albor de descubrimiento del eterno retorno. Todo empieza de nuevo cuando la nieve cae en nuestros cuerpos y sintoniza la canción de Brahms. Es como si nos diera más ganas de sentirnos vivos en un mundo donde la oscuridad es el síntoma de las mañanas de los cigarros, donde todos intentamos recomenzar la vida con nuestro caballo a cuesta. La blancura, el alba, la frialdad hojean el árbol del tiempo asumiéndonos en un humanismo que nos viene de la prehistoria. Somos seres prehistóricos, pero cuando hay luz blanca entre las calles y en el vestido de la novia nos volvemos más modernos, porque la modernidad está entre la nieve y Lyotard. Ojalá nieve mañana, así seguiremos aprendiendo a cruzar los paraguas con las máquinas de coser.

La nieve

Hoy me he levantado temprano, de noche, y me he encontado con esta ciudad llena de nieve, acción insólita en este territorio, pues no somos un Pirineo ni un Ávila teresiana. Me he alegrado muchísimo, mientras me fumaba mi cigarrillo, de ver los árboles cubiertos de blancura como si se trataran de un cuadro de Armand Guillaumin, en un impresionismo de hojas caídas y errantes inviernos en fórmulas humanísticas. La nieve, la cual yo ya había provado en otros años y en otros sitios, rejuvenece el tiempo y el mundo, pues es una traslación a la infancia y al mito de los sueños del subconsciente, en un surrealismo de frío y caldo de gallina que ara el cuerpo con sus mejores escuelas del norte. Esta ciudad hoy es la Siberia de aquellos rusos que luchaban por la anarquía, cuando los zares imponían su autarquía de tempestad y destrucción. Nevar es nacer de nuevo, entre la gente que sale a la calle y los hombres que sacan sus cámaras fotográficas. El asunto nieve es proclamar de nuevo la República o leer a Pushkin en sus duelos llovidos. Hay una mejoría de la salud del conocimiento y unas ganas de vivir que no da el sol, porque éste es aburrido como una televisión. Yo me contento con el frío, porque me enaltece la energía y me estimula la escritura. Nevando escribo más y soy consciente de que la vida sólo es nieve en su estructura de posmodernismo quizá interpretado por Foucault. Qué nieve en todos los puntos de la tierra y hagamos del tiempo una Navidad perpetua que nos conduzca a las esplendidas ciudades, como diría Rimbaud.

La humanidad

La vida consiste en tres tipos de hombres: los que viven en la mediocridad, los que viven, pero que están muertos y los que viven intensamente. El mundo condena a los que no realizan del tiempo un santuario para su felicidad. Yo aborrezco la mediocridad, está hecha de palabras bárbaras, de bares putrefactos, de incultura sometida a las cosmovisión de la imagen, sustituyendo el libro por los reality-shows y el romanticismo por un materialismo de banca y podredumbre. Los hay que viviendo se acercan a la muerte, pues caen en el tedio de los días dada su dejadez de cuerpo y alma y sólo almacenan en sus lluvias caóticas el idilio de un sofá o la comodidad de un periódico mal leído. El universo se abre, como un mar bíblico, para aquellos que domicilian su tiempo en las coordenadas filosóficas de un rumbo de reinos hacia la intensidad de lo que hacen, de lo que viajan, de lo que piensan, de lo que escriben, de todo aquello que les conduce a incorporarse al mundo desde la energía del sol o desde la ordalía del regeneracionismo humano. Ellos son los que más se separan del morir, pues alargan los instantes como el manejo de la luz y son capaces tanto de leer a Cortázar como de amar poderosamente a una mujer para siempre, entregándose con las manos a las rosas que indican las palabras. Vivir, así, se propone como un elogio del tabaco.

La espera

La vida es cuestión de esperar; al final todo llega, el triunfo, el amor, la alegría, todo menos la muerte. En esa espera convivimos asistiendo a nuestra propia vida con los cajones funerales abiertos intentando que las cosas se abran como bocas de animales. Hay gente que tiene demasiada prisa porque el mundo le ocurra, cuando la vida es demasiado larga y al final, con un poco de paciencia y haciendo de la virtud un hábito, procederá el destino con su nombre de viento, con su elevación de albatros. Todo lo que nos sucede es porque hemos hecho algo para que exista, por lo tanto se trata de confiar en las montañas nevadas para que nos traigan el frío que nos caliente el alma. Todo puede funcionar si somos herederos de la sabiduría y, según Séneca, ésta consta en la paciencia. Muchas lluvias han de caer para que nos ahoguemos. Siempre sale el sol cada mañana y los días se profundizan hacia la litera de nuestra propia felicidad, que no sabemos muy bien dónde está, pero reside amagada en algún lado, en otra ciudad o en la risa de los hijos. De modo que no corramos demasiado, no demos al tiempo lo que el tiempo no quiere, pues éste sabe muy bien en qué lugar poner a cada uno, si en la ceremonia del oro o en la colección de un romanticismo que nos salve de la constricción. Hagamos las cosas despacio, pues en la lentitud está la prosperidad, la noche completa, el lenguaje íntimo, las pasiones desmedidas, el beso de Rodin.

Artículo en el "Mundo"

Hace unos meses que llevo colaborando con artículos políticos en el periódico "El Mundo de Baleares". Hoy justamente sale uno donde hablo sobre el paro que gime los vidrios aquí en las islas. Hacía diez años que no escribía en los periódicos, por circunstancias que vienen largas de contar. Ahora me siento de nuevo afincado en el articulismo de metralla y hormigonera, que era lo que hacían mis maestros: Umbral, Ruano, Larra y ahora Raúl del Pozo, mi nuevo gendarme del columnismo y al cual conozco -me presentó en Madrid mi libro sobre Umbral-. El articulismo es una concha de vida, una cotidianidad de políticos y otros mastodontes a los que ponerles un clavo en el sexo, pues se merecen la atención del crítico que vislumbra su pasamanos en un país donde el rosa se torna tuercebocas. El artículo periodístico, el cual yo creía que ya tenía olvidado, pero veo que me sigue saliendo, inculca vida y ceremonia lírica para la parroquia que te lee, pues en él desfaces análisis y contraluces de las jornadas matuninas que te vienen como un cuerno pegadas al exófago. Un escritor debe escribir en los diarios, mejor incluso que los politólogos, que sólo dan información realista con una opinión que ya todos conocemos. El artículo del escritor admite la metáfora, que es la mejor manera de matar al enemigo. La columna da para mucho, para el azul y para la guerra, para la cultura y para la daga. Se trata de ir componiendo un mundo donde la firma se afiance y te hagas con un público, que está o no está, eso ya se verá, pero, al fin y al cabo, el que escribe en un periódico sigue siendo poeta de la prosa con ideales anarquistas y maquiavélicos. Nunca debe notarse la filiación política, sino estás perdido, porque para eso te pones a redactar las junturas del BOE. El articulismo es la mano que destruye, mientras los demás están aterrorizando a los pájaros ciegos.

El helor

Se realiza estos días un helor en esta ciudad que es como para cortarse los labios con unas begonias. Yo tengo mucho frío y éste se me domicilia en mi cuerpo a través de la nieve que viene de las montañas, que ya han sido pintadas desde hace tiempo por Fiedrich. Es éste un frío romántico que nos lleva a pensar en la Siberia de Bakunin o en los icebergs de nuestro áspero español. La calefacción de casa mitiga algo estas olas de navajas de afeitar de un cine de Buñuel, pero en cuanto sales a la calle, dada la humedad del mar que nos acoge, no hay ropa que solvente este cuerno de toro que nos capola los intestinos y hasta el sexo. A mí me gusta más el frío que el calor, porque da energía y vida, mientras que el sol supone tedio y plateresco, pero sucede que este helor ya rebasa la existencia de la filosofía y de la libertad humana en que uno se mueve. Ya lo dice Mónica López por la televisión, pero, entre la lluvia y este bisturí de cirugía, aquí estamos, arrecimados a los días como si fuéramos frutas en su vientre de bebé. Mis cigarrillos en el balcón son instantes de bakunismo o de anarquismo de Prokotkin y yo me siento igual que una vida con más vida que se pasa de vida, hasta llegar casi a la muerte, que es hacia donde nos lleva la condena del helor. Donde mejor se está, cuando esto ocurre, es en un verso de Edward Thomas. El frío es una caraba del mito que transforma la ceremonia de las palabras. Todo mudo.

Esta noche ha estado lloviendo

Esta noche ha estado lloviendo y yo me he levantado de noche para fumarme un cigarrillo y para ver la lluvia. El frío era como en las películas, pero el agua a mí me gusta mucho y he concretado un hálito de vida; era como si las cosas se anegaran en mi alma y ésta municipalizara la acción de la transformación de mi cuerpo, que me pedía más begonias y más viajes alrededor del mundo. La lluvia tiene esa capacidad de transmutación de lo que se ve, algo que reconstruye la alegría y que obvia los espantos que a uno le arredran por doquier. Románticamente llover es como un cuadro de Turner o como los versos de Shelley, siempre a campallinazos con todo lo que parece oscuro pero que no lo es. A mí me gustaría vivir dentro de la lluvia y ser agua desde mi nombre y desde mis emociones, porque todo es como la celebración de los siglos en uno solo, siendo el tiempo el mejor de los personajes de Macondo, donde siempre llueve. Llegan tiempos de lluvias, según la meteorología, y yo me siento tan cercano a esta vida de los peces que mi creatividad se rehabilita y se compone de nuevas energías, adquiriendo el apógrafo de todo lo que todavía me queda por escribir. Salgo al balcón y veo llover y es como si los hombres empezaran a ser de una manera diferente a cuando sale el sol, Mefistófeles de las naciones. Leo un libro y escucho el repiquetear de la lluvia en las ventanas y el libro sucede que lo comprendo mejor, porque el sonido de la lluvia se domicilia con mi mente y todo es como si la Historia se detuviera. Mojarse bajo la lluvia es el instante que descubre a Shopenhauer.

La oscuridad

Si estás en días oscuros, cobíjate en la oscuridad; cuando llegue el replandor, acuérdate de aquellos días perros. La tristeza así como viene en su carro de mitos, se va por el orificio de la ducha; son síntomas de la vida, que nos  lo quiere poner difícil, porque somos hombres para la dualidad, unas veces estamos arriba de los campanarios y otras bajamos a los avernos del Can Cerbero. Yo aconsejo que no nos dejemos arrastrar por esa oscuridad que no sabemos muy bien de donde viene, a veces de ninguna parte y que no nos la merecemos; cuando ella venga, acudamos a las mantas y metamos la cabeza debajo de ella, ya pasará; recordemos que el día pasa con su estrechez de manos y que al día siguiente siempre llueve, proporcionándonos el olor suficiente como para volver a sentirnos puros y brillantes, como somos nosotros, como nos deja sitio el mundo en que vivimos; no nos lamentemos demasiado de la melancolía, pues ésta es una hija de puta que sólo se presenta para disfrazar la cocina con luces negras y con muertos asesinados, pero el hombre está hecho para la alegría, para el instante lúcido, para la adivinación de la cultura y el despido del castigo. Vivamos siempre con la cabeza bien alta cuando lo demoníaco nos presente sus peores trapos bordados con la electricidad del verdugo. El mañana siempre existe y es ahí donde debemos recordar lo que sucedió ayer, mofándonos de lo ocurrido, batiendo los dientes y pensando que el amor nos salva de la cama o del sofá donde el tiempo parece que, como el agua de un lago, se ha estancado. Seamos felices de ser infelices, porque es éste el juego y no hay más, sino haber nacido pájaro o roca de acantilado.
 

Una fecha

Este principio de año, del que llevamos ya 26 días, me ha traído un inmenso amor por la día, mis redundante días oscuros y la superación de la muerte. El amor por la vida porque cada día me sigo levantando con ganas de ver la noche y sentir su pureza, como si compartiera un cuadro de Paul Delvaux, un tremedal de energía que me hace escribir y sentir que vivir es algo que da el mar y los médicos ciegos, la cultura y las calles vacías como perros sin amo que tienen que leer todavía a Marcel Proust, pero llegan a veces los días oscuros, esos momentos en que los pensamientos son horribles como una almadraba que me atrapa y de la que quiero deshacerme. Yo intento reflexionar, pero no pensar, aunque esto, como no controlo mi dopamina, a veces es irremediable, y me tumbo en el sillón y espero a que llegue el día siguiente para olvidar el día perro anterior, que ya es pasado como las peores guerras de la Historia. Y la superación de la muerte, porque he dejado de pensar en ella. No me propongo ser un Unamuno, quien se amargó la vida rumiando sobre lo que no está y sobre lo que nada sabemos, por lo tanto es mejor obviar dicha impertinencia y lanzarse como desde el Tinanic a salvar el alma y el cuerpo occidental en este largo viaje que es el vivir; al fin y al cabo es nuestro único whisky.

La ambición

La felicidad consiste en conformarse con lo que uno tiene; la ambición sólo se presenta cuando uno tiene claro lo que quiere conseguir, todo lo demás es pesadumbre y tristeza. Debo reconocer que yo tengo mis ambiciones, que más bien tienen que ver con el mundo de la literatura, por no referirme a los sentimientos amorosos, donde, reconozco, soy extremadamente riguroso y exigente; pero el hombre ambicioso, marcado por una vanidad desmesurada, puede llegar hacia los límites de sus propios infiernos, pues para él el tiempo se convierte en un constante combate en la consecución de sus fines y de su destino, aunque para ello tenga que lanzarse a los pies de los caballos, o lo que es peor, promulgar el instinto de la traición, el contubernio o la conturbación de los que giran a su alrededor. La ambición no es que sea buena ni mala, pero es peligrosa desde el momento en que se convierte en una neurosis, quizá estudiada por Freud o Jung, pues todo tiene su fundamento en la gnosis sexual de sus limitaciones y de una vida que no le es propia, pues no le vale lo que posee y decide adquirir una casa más grande que la que tiene, el coche que se ha comprado, la mujer que ya no desea. De modo que hay que tener mucho cuidado con los hombres ambiciosos, pues se pueden ver involucrados en el ajedrez de la maldad y de la resurrección de la terquedad. La ambición es un tren que nunca pasa, pero que esperas siempre en el andén aunque haya perros nazis merodeando las cercanías.

mediodía de enero

Aquí estoy, en este mediodía de enero, donde todo puede ocurrir, pero no ocurre nada, porque la vida está hecha de cuarenta años de señores blancos de Oruro y no llueve y yo ya estoy cansado de leer y la carne es triste, como diría Mallarmé, y las cosas pasan con sus pescaditos de oro, como le ocurre al coronel Aureliano Buendía en la novela de Gabriel García Márquez y todo es nada o nada es todo y a mí nadie me premia, quizá porque jamás nací para ser premiado, porque mi tiempo está para escribir y no para la farándula social y sé que Rimbaud hubiera sido gran amigo mío, que yo no hubiera sido un Verlaine frágil y llorón y los niños hambrientos continúan sin sus lingotes de oro, siendo la sociedad más perruna que nunca, porque estamos hechos para el mal, como Mefistófeles en la obra de Goethe y después de este artículo encenderé el televisor para ver el telediario, para darme cuenta como los teleñecos de Europa siguen sin tener inteligencia y llevarse la indignidad a sus casas entre el hambre y la miseria de los pueblos, puesto que una crisis no se arregla con miles de reuniones, sino con decisiones que no queden muertas ni afecten al bienestar de los que ya han muerto, siendo el ciudadano un individuo que ya ha perdido su nivel de ciudadanía y este mediodía de enero las cosas continúan como siempre y no creo que cambien, porque los hombres no cambian; en todo caso se transmutan, como los animales.

Lo mágico

Lo mágico es todo aquello que hace de la literatura un mensaje de lirismo volador y de vidrios quebradizos que anulan toda realidad concreta en su punto de maravilla más candente. Yo estoy escribiendo ahora una novela sobre las distintas generaciones de mi familia y he optado en vez de escribir el relato decimonónico, hecho que odio, acertar quizá con el elemento mágico, muy en el realismo mágico hispanoamericano de Márquez, Cortázar, Carpentier, Rulfo y así todo seguido. Sé que a mi familia todo esto les va a caer como la piedra de Sísifo, pero a mí me es imposible escribir a la manera realista, de modo que he optado por los espacios de la fantasía y los secretos irreduptibles para contar mi genealogía. Lo mágico tiene de positivo que te acelera la imaginación hasta puntos inimaginables, ofreciendo al escritor todo tipo de vías para irrumpir en mundos que sólo pueden trascender en la materia poética y metafórica, extendiéndose hacia tiempos que no son tiempos y hacia personajes que nunca serán personajes, donde todo se destempla y se desamuebla en las órbitas de lo indecible, si bien todo queda bien dicho, aunque no aclarado, porque la palabra se torna perdida, elevante, cinturona y maquiavélica. A mí el influjo de los hispanoaméricanos debo reconocer que me ha tocado los labios y ahí está mi escritura, mágica y doliente, entre hombres que vuelan y predicciones de begonias que aman la tristeza de Trinidad, mi bisabuela.

El silencio

Amo el silencio, cuando sólo se oye el ruido de algún perro por las terrazas, el canto de los pájaros, el sonido del viento en las ventanas, cuando estoy solo en casa sin la emergencia de los hombres, grandes destructores de la humanidad, y me quedo solo conmigo mismo y reflexiono sobre los temas que convergen en mi vida, sin pensar demasiado, porque los pensamientos son horribles como todas las guerras civiles españolas que ha habido a lo largo de la Historia y me tumbo en el sillón en la nada de mí mismo, para contar las bombillas que hay en el cuarto o para derretir el tiempo en su lavandería de frío antártico. Ah, el silencio, ninguna molestia de música, ni de televisión, ni de cotidianidad pisoteada por el trombón del mundo, solo yo dentro de mí, coleccionándome, cavando mi fosa común en la vida que deseo, eternizando el tiempo que no pasa, porque el silencio es la detención de un segundo, de un minuto, de un siglo, y no sucede nada, solo yo, en mi actitud de poeta desolado, alegre o triste, qué más da, pero vivo y palpitante, como la lava de un volcán, heredero de una angustia que no crece, que se ha detenido en la mudez de las cosas, en los armarios, en la cocina, en las alfombras, en los cuadros que miro colgados en la pared. Si pudiéramos vivir siempre así, obtendríamos la mejor parte de nosotros mismos, que es nuestro ilógico interior repartido entre los jardines que giran alrededor de la advocación de América.

Mi lirismo

En mi escritura desnudo, eso creo, un lirismo que es como un encaje de bolillos de esos que hacían o hacen las ancianas por los pueblos de Murcia. Mi lirismo es extravagante, metafórico, umbraliano y chocolateado. Reconozco que no sé escribir de otra manera; este es mi mensaje, allá donde puedo llegar; odio el realismo tanto como las revoluciones africanas a sus dictadores. Supongo que la lírica te lleva a la decontrucción del lenguaje, como en otro ámbito quizá quería Derrida, una subversión de la realidad que supone trajinar con las palabras y devolverles su pureza sin la pureza que realmente tienen; en todo caso desde la transformación del significante para devorar el significado. A la mierda con Saussure. Los elementos anarquistas de la significación sólo deben emplearse para la merienda de la administración y el lenguaje científico. En literatura todo debe ser rompedor, como el yunque de Vulcano, en un pictorescismo que nos viene de los surrealistas y de las vanguardias de Klee o de Mondrian. La lengua, pues, debe ser pintura en su concreción de colores y correspondencias, como querían Baudelaire y Rimbaud. Yo, debo decirlo, he aprendido todo esto a base de lecturas y de práctica e imagino que mi estilo -en el caso que lo tenga- ya no puede partirse como un trozo de pan, sino que está reafirmado en esta señora de Virginia que es la metáfora y que me pellizca cada vez que me pongo delante de la pantalla en blanco. Mi lírica, entonces, se funde en un blanco y negro que quiere modernizarse en el color de las rosas cuando se encuentran en Macondo.

El lenguaje

En estos días de frío donostiarra y calefacción a lo Pío Baroja, aparte de escribir, leer y fumar, estoy estudiando el lenguaje, que es una cosa que me apasiona. Desde los lingüistas como Aristóteles, como Antonio Quilis, Alarcos Llorach, Dámaso Alonso, Zamora Vicente, Rafael Lapesa, Ángel Rosenblat y así todo seguido, estoy aprendiendo todo el engranaje de esta madre patria que es la lengua en toda su chocolatada de lengua y comunicación, la diversidad lingüística, las lenguas prerromanas, los dialectos españoles, la fonética, el verbo, los sustantivos, la oración, la expresión de cantidad, cualidad y grado, el discurso y así todo seguido. El lenguaje nos habilita para poder incluir en nuestra cotidianidad todo lo que pensamos y al revés, podemos pensar gracias a la manufactura del lenguaje, lo cual convierte a esta herramienta humana en algo imprescindible para la convivencia con nuestro espíritu y nuestra realidad. Lástima que empleemos tan mal este corazón de dios, que le pongamos tantos diablos de por medio, pues la sabiduría viene dada por un buen uso de la lengua y de todo su universo de begonias que lo ampara. El lenguaje es la osamenta que sostiene el culebreo de nuestra existencia. Sería recomendable que todos lo conociéramos un algo, un poco, levemente, como un beso de enamorados, porque al fin y al cabo es nuestra defensa de mitos ante un presente que siempre está a nuestro lado, coordinando nuestros labios y nuestro actitud ante la acción y la filosofía. Por eso yo amo a Noam Chomsky. 

Los pensamientos

La vida no es que sea terrible; lo horrible son los pensamientos. Todo lo que pensamos depende de nuestra actuación en el mundo; como normalmente el mundo no nos es satisfactorio, porque los hombres lo queremos así, el pensar se mueve desde las coordenadas de la negatividad. ¿Qué es pensar?, se preguntaba Heidegger. Los pensamientos forman parte de nuestro tiempo en sumo grado y la mayor parte del día que habitamos, por muy atentos que estemos a la acción. Uno, por otro lado, suele pensar más cuando se detiene y no actúa; es ahí cuando llega la terribilidad. Sucede a veces que los pensamientos pasan muy rápidos, como estrellas fugaces en el cielo, y otras se deslizan tan lentamente que da la sensación que nos hubiéramos tomado un diazepam. Pero pensar para ser feliz muy pocas veces ocurre, a no ser que uno lleve un universo de azucenas y lagos de Wagner. La negatividad es propia del hombre y el pensar forma parte de los anhelos no conseguidos y de la alegría frustrada; por eso yo propongo realizar un esfuerzo para no pensar, respirar suavemente, a lo yoga, y detener los motores de la conciencia, hasta limpiar de impurezas esta esquina de ávido cristal que es la mente, nuestra peor enemiga. Pensar es un suicidio. Reflexionar ya es otra cosa, significa poner en orden todas las cosas, el amor, la felicidad, Dios, la libertad, la política, la amistad, el ying y el yang. La vida no es que sea terrible; lo que es horrible son los pensamientos.

Vive uno cuando otros viven

Este título también lo he sacado del libro de Thomas Mann que estoy leyendo, porque creo que tiene razón, no se puede sentir uno aislado en una soledad sonora juanrramoniana, en el encerramiento de su convalecencia para procurar que sus días sean dichosos y aprovechables. Esta actitud puede ser fiable durante una pequeña temporada, pero luego, como decía Aleixandre, hay que bajar a las plazas, a las calles, al ruido y untarse de animosidad y barbarie, para domiciliar la vajilla que uno es entre el mundo que es molesto o es dulce, quién lo sabe, pero es obligatorio arremolinarse con los demás, entre el pan de los pescadores y los animales de los poetas, para destrozar la Historia y hacerla más prehistórica, por mucho que duela o te origine un agujero en los intestinos. La vida social no es que sea ni buena ni mala, pero es vida, con champán o con cangrejos, con exposiciones o con el vino de los políticos, para luego llegar a casa y calzarse uno la risa, esa risa de los hombres que da al verlos desnudos de migrañas y diplomacias. La sociedad es un sarcasmo por el que hay que pasar, pero de puntillas, como si fueras una prostituta y luego se lo contaras a tu jefe, de lo contrario estás expuesto a una soledad que te carcome y te derriba los esquemas que ya has leído en los malos poemas de Borges.

¿Por qué gruñen así las gentes que viven?

El título de este artículo está sacado de un verso del libro "Doktor Faustus" de Thomas Mann, que en estos momentos estoy leyendo y que me ha dado a pensar que efectivamente estamos todavía en un mundo donde los hombres aprenden antes a gruñir que a mudarse en la alegría, y esto provoca un estado de pesadumbre general que a todos nos molesta y nos hiere en el santoral de nuestras emociones. Como un cuadro de Mati Klarwein realizamos las minucias de nuestro dolor en relación a todo lo que nos rodea y proyectamos nuestro llanto hacia la novena sinfonía de Beethoven, como si opináramos que la guerra es la única cohesión que nos salvara de las melodías del espíritu. Hemos perdido el destino. Y ya sólo nos queda la destrucción o el amor, pero éste último a su vez desaparece desde el momento en que nos subimos a un automóvil y lo reventamos de espuelas y peces peligrosos. Estamos hechos para el contubernio, la alucinación y la aguja que llevamos todos clavada en los testículos o en los senos. Hemos olvidado el perfume de la rosa de Rilke y ya sólo nos vale el insulto, la algarabía, el atropello y una indignidad que nos invierte en animales de cómodas alcobas. Sigamos así, pues, y convertiremos las ciudades en estrategias de malos poemas mojados bajo los volcanes de la música de Wagner sin metáfora.

La vida de Fiedrich Nietzsche

Esta mañana, domingo, un día de sol, tabaco y cocacola, he acabado de leer, entre otros libros que tengo en mi mesilla, la obra de Michel Onfray, mi filósofo de estas contemporaneidades, "La inocencia del devenir. La vida de Fiedrich Nietzsche", que no es otra cosa sino un guión cinematográfico sobre la biografía del autor de "Así habló Zaratrustra". Empieza Onfray con un largo prólogo sobre el cine actual, el cual encuentra deplorable, en su estimación de industria y comercialidad, donde se evita la inteligencia y se realizan biografías realmente insufribles. Onfray añade que se necesita en la cinematografía una cultura de lo filosófico y una geografía del pensamiento. Y a partir de ahí comienza su guión sobre Nietzsche, donde nos va narrando su vida a base de escenas y en donde nos podemos percatar de casi todo lo referente a los movimientos vitales del pensador: profesor en Basilea, sus migrañas eternas, sus gafas oscuras, la amistad con Lou-Salomé, su relación / desrelación con Wagner, al que considera "el síntoma de un tiempo agotado", frente a Bizet, cuya "música hace que uno sea mejor y más fecundo", sus viajes a Venecia, la anécdota del caballo en Turín, los problemas de las ventas de sus libros cuando aún estaba cuerdo y la caída en la locura, donde sus libros empiezan a ser reconocidos y su filosofía se dispara como una batalla de pensamiento imparable, la muerte de su madre, para finalizar la película con la muerte de Nietzsche. Un libro recomendable para entender la filosofía a la otra manera, pues el guión ofrece fragmentos donde se vislumbra el sentir de las obras del profesor de Basilea en toda su rectitud y con todo su rigor. Otra forma de aprender la metafísica. Otra forma de leer a Onfray, de quien en estos momentos estoy leyendo otro libro suyo sobre Freud, un contrafreud delicioso y chocolateado, del cual ya daré parte aquí. Este libro sobre Nietzsche bien podría ser un filme para llevar a la pantalla, y no esa mierda de películas que nos trae la informática y las velocidades de los autos.

Tardes machadianas y tardes convulsas

Hay tardes que salen como un paseo entre los olmos, tardes que son silenciosas, donde pisas la dudosa luz del crepúsculo, abriéndose como un sistema de Soria, tardes en las que no sales a vivir, sino a convivir contigo, entre paseos que no son los tuyos, pero que están dentro de ti como un amarillo de Gauguin. A veces ocurre que no vas hacia ninguna parte, porque el mundo de repente se detiene, se domicilia en tu nombre sin ser tú tu nombre, porque andas sin paraguas y la lluvia te empapa los versos de Emilio Prados. Es entonces cuando reflexionas y te das cuenta de todo lo que te falta para crearte un cuerpo de agua, una diotría de zucenas, un mecenazgo del ego, cuando esto no existe, sino que pédida enlas hojas caídas de los árboles. Es así cuando te das cuentas que visitar la ciudad en paz contigo mismo es lo mismo que afincarte una guerra interior, porque salen todos los fantasmas que has dejado en casa y Leonor ya lleva mucho tiempo enterrada en la arena de los libros. Y hay tardes en que te dejas llevar por la intensidad y por la velocidad de las palabras, es cuando aparecen los bares y los amigos y los paraísos artificiales que ya viera Baudelaire. Son tardes a la manera de Rimbaud, sin pausa ni policía nacional que corte la herida que te haces en la mano, para demostrar que estás realmente vivo y que nadie puede elegir por ti tu vida;que en verdad tú eres el único que decides el tiempo que te ha tocado vivir, en juventud o en esa edad donde lo joven ya es dandismo. Son tardes convulsas, apretadas, de gintonics y mujeres que tienes los senos perfumados. Yo, si digo la verdad, me quedo en medio, es decir, en nada, porque he vivido tanto que no me importaría morir sin antes no haber tenido un hijo y que hubiera leído este artículo.

El primer cigarrillo del día

Lo primero que hago cuando me levanto, después de ducharme y calzarme un café, es salir al balcón en la madrugada y fumarme el primer cigarrillo del día. Yo fumo tabaco de liar, bastante fuerte, y, después del hecho, acude a mí un mareo sumado a la estatura del placer que conforman casi la versión del cannabis. Es el momento más feliz del día, luego me tomo mi cocacola y me pongo a escribir. De este modo las palabras salen veloces como cascadas de Iguazu, me propongo así versionar la literatura desde esa felicidad eléctrica que supone para mí la oscilación entre el yo que escribe y la narratividad que se va domiciliando. Ese primer cigarrillo es un buenos días al mundo, un mensaje de prosperidad a la derrota y al sueño, al pesimismo y a la filosofía escéptica, pues sobreviene a mi mens la incorporación de la mañana como una familiaridad entre el amor a la vida y la superación de la muerte. De este modo consigo blanquear la luna trágica que todavía veo e imagino que el mundo es algo que se tiene que confirmar con el verso del tiempo. Así he escrito muchos libros, todos comenzados por esas primeras bocanadas del tabaco, que son como tormentas románticas que enlazan con Chauteabriand y la pintura de Géricoult. La literatura es un cigarrillo que instala una ciencia en la muchedumbre de la memoria y a mí me agiliza el estado de postración en que se encuentran algunos escritores ante el miedo de la página en blanco. Sé que puedo morir por el tabaco, pero también sé que puedo morir por un infarto literario. Al final todo es lo mismo.

Las librerías

Esta mañana, después del estudio, he ido a comprarme un libro de Michel Onfray a una de las librerías de Palma. Las librerías tienen la exterioridad de la literatura en su estado de mercado que consumimos para los valores espirituales e intelectuales. Yo, en breve, publico un ensayo en Internet, pero donde me parece más lógico y anestesista es comprar en la Galaxia Gütemberg, pues es allí donde residen los olores, la matemática de los bosques, el artefacto como vinculación al yo que lee y posee, como un mensaje de amor hacia los que crean y se debaten entre vender o quedarse en el anonimato. Las librerías son las farmacias del conocimiento, allí donde uno puede contraer una enfermedad, un silencio, una muerte. En todo caso, yo sólo leo en libro, que internet me cansa con su pantalla paranoica y amenazante. Me han dicho que en la cibernética venderé mucho, que los dólares me trincharán como un paisaje de Mondrian, acción que no me ocurre en las librerías, pero aún así aspiro a ser un clásico, para algo uno sigue creyendo en el romanticismo, modulación del yo y de arrebato de la naturaleza. Los libros en los estantes y la informática para detener a pederastas. Mi Quevedo que no me lo den en word, que yo lo quiero en esta ceremonia de cerezo que son los libros paginados con todo el viento que ya viera Novalis.

Sin saber qué poner

Aquí estoy, escribiendo este artículo sin saber qué poner, pero yo sé, porque para eso tengo tres manos, como uno de los protagonistas de mi última novela, que al final el artículo saldrá y lo sé porque ahora mismo me acabo de levantar de hacer la siesta y me siento con fuerzas suficientes para vetear la mercaduría del yo que empieza a vivir a mediodía. Hoy me levantado a las cinco y las calles estaban vacías, como en la película de Amenábar y me he sentido único en el mundo, como si los hombres hubieran callado para siempre. He dormido en el sillón, pues el sueño me venció viendo el telediario y en la madrugada me he puesto a escribir, que es el momento más funcional de mi vida, cuando las metáforas me imprimen y las palabras van saliendo como el martillo de la fragua de Vulcano, pintado por Velázquez. Mi tiempo así recorre la historia que narro como una marginación de la noche, del hielo, de Gabriel García Márquez, del amor, de todo lo que compone vivir una realidad que a veces me asquea y otras me impone la luz en la luz que penetra en mi memoria y en mi presente. La literatura está hecha para ofuscar un tiempo en que no te sientes vivo, sino irreal, como una explanada de lirios en las colinas blancas de Canadá. Escribir de este modo es un abordaje a la imaginación donde ésta te irriga lo irrompible, lo mágico, todo lo que proviene de la intimidad de tu propio llanto, que es risa y portento desde el momento en que pones el punto y final y hasta el próximo día. A mí un adjetivo me salva la vida.

Los personajes de las novelas

Me sorprendo mucho cuando un escritor se empeña en escribir un relato intentando profundizar, como si fuera una insurrección de la patria, en sus personajes, procurando así realizar la novela del siglo. Pero la novela del siglo no se hace con personajes, los cuales sólo deben asistir en la narración como hilachas o como una impresión que pintara Cézanne, una zoología de nombres que no demuestren nada, porque la novela no está hecha para demostrar, sino para emocionar. Los personajes hoy en día ya no emocionan, como lo hacían en el siglo XIX, una Ana Karenina, una Madame Bovary, una Anita Ozores, hoy todo eso, decimonómico como un carruaje tirado por caballos, ha pasado a la posteridad. El escritor moderno sabe que los personajes no sirven para nada, son sólo el pretexto de una acción donde lo más importante es lo que ocurre y no a quién. El materialismo científico de la personificación se ha venido abajo por el desarrollo del estilo y de la forma, pues más vale una buena metáfora que todo el psicologismo de un señor o una señora, que nada nos interesan, porque aburren hasta a los críticos con criterio. De modo que, si tomamos el establo de la unción de los diálogos, hagámoslo mínimamente, pues lo que realmente se manifiesta como componente literario es el lagarto que duerme en silencio bajo la sillería de los reyes.

La vida es larga

Han pasado las Fiestas y regresamos al tiempo en que nos parece que todo se va a repetir de la misma manera para que en breve vuelva otro nuevo año. "El tiempo pasa volando", qué frase más necia. Al tiempo hay que hacerle trampas, engañarlo como a la vaga luz que delira. No lo pensemos más. El tiempo depende de nosotros. No dejemos que él nos atrape, con sus delirios y su cotidianidad de novela de Galdós. Aprovechemos hasta los sueños de la noche. Durmamos lo menos posible. Agarremos el minutero y estrepeemos las televisiones para dejarlas dislocadas. Siguen existiendo los paisajes románticos, y la filosofía de Blanchot y tantos libros por leer, y el amor que llega como una milonga bonaerense, y la vida con su palpitación de ira y su lenguaje español. No nos quedemos mucho tiempo en casa. Bajemos a las plazas, como quería Vicente Aleixandre. Observemos los cuadros de Mondrian. Dejemos que la materialidad nos conduzca a la adivinación de nuestras propias emociones. Sólo desde el romanticismo el tiempo se detiene, porque nos reencontramos con nuestra propia identidad, los bosques borrosos que de repente esclarecen tras los días de lluvia. Busquemos la felicidad hasta dentro de los taxis, y no pensemos en el futuro, porque, como decía Séneca, ésa es la peor etapa de nuestra alimentación como hombres. Sólo existe la memoria y el momento. Subamos a las estrofas de Horacio, de Ronsard, de Garcilaso y gocemos del tiempo como si éste fuera el último cigarrillo que nos fumamos.

En defensa del catalán

 

Desde los “Colloquis de la insigne ciutat de Tortosa”, de Cristófor Despuig, caballero interesado en la tradición literaria y política de Cataluña en plena Edad Media hasta La Reinaxençxa de Narcís Oller, pasando por un siglo XX cargado de convulsiones literarias como el modernismo, el novecentismo, el vanguardismo, con labrantías como Josep Carner, Maragall, Joan Salvat-Papasseit –maravillosos sus “Poemes en ondes hertianes”-, J. V Foix, Joan Pérez-Jorba, la poesía pura de Josep María López- Pico y tanta frecuentación en la cultura, la vida, el espíritu, la nocturnidad y el canto general de una lengua algo más que histórica, el catalán se ha defendido de tuberculosis ancestrales desde donde siempre se ha recuperado con emergencia de fondo.

El catalán es la lengua oficial de les Illes Balears y por lo tanto los colegios públicos tienen todo el derecho a impartir sus enseñanzas en esa lengua, insisto, sencillamente, por una cuestión histórica y de nacionalidad de frutos naturales. No entiendo a qué se debe a que el Govern de Bauzá, en un retroceso que nos lleva a los años de la Transición Española, al Estado preautonómico, anule, como una cuchillería de carnicería lingüística, la posibilidad de que se imparta la lengua oficial de toda una nacionalidad en las aulas de Secundaria y Bachillerato. Si queremos enfrentarnos a la cotidianidad de merecer una lengua como propia y a la normalización de un territorio con su decisión natural de su cultura, no es de orden la imposición entre la elección del castellano o la lengua que por ley nos corresponde. Y lo digo yo que soy profesor  de lengua española, pero considero que la lengua de Josep Maria Sagarra sea la propia de la creatividad y la del crecimiento cultural de nuestros estudiantes. Bauzá se equivoca con esta decisión, insisto, es un paso hacia atrás parecido a los suicidios del Pont Neuf parisinos. Razón tiene la diputada socialista Alberdi cuando dice que “cada vez que gobierna el PP hace de la lengua un territorio de guerra”. Esta batalla por la lengua debería estar aclarada hace ya siglos, –¿es que todavía recibimos la rémora del franquismo?-. La lengua es la hogaza con la que se identifica un pueblo y esta comunidad se siente como tal, qué le vamos hacer, las cosas están así. No vivimos en Burgos, sino en Mallorca y aquí, oficialmente, se habla el catalán. ¿Por qué esta hoguera a lo Juana de Arco? No entiendo tampoco en qué sentido el Govern quiere eliminar de las oposiciones administrativas la prueba del catalán. Todos, a la hora de conseguir una plaza, hemos pasado por ahí, y no se nos ha roto el esqueleto idiomático a la hora de realizar el esfuerzo. Debería considerar el que se defiende como presidente de estas islas que un pueblo es cultura y un signo de fonemas asistido por la Historia y deberíamos considerar que ya Ramon Llull fue capaz de escribir 250 obras en latín, catalán y árabe, adquiriendo un perfección sintáctica que manufacturó la lengua hacia su evolución como mecanografía de los siglos que aún quedaban por venir. ¿Por qué nos queremos ahora cargar a Ramon Llull? Yo invito a Bauzá que se lea “El Llibre de les Béstias” y que, a partir de ahí, vuelva a tomar decisiones oportunas.

     Una lengua no es un excalestris, ni siquiera una opción, ni algo con lo que un decreto se pueda eliminar de la participación educativa de nuestros estudiantes. No se puede en uno meses verter a toda una cultura que en la Prerrenaixença inició la activación de todo un movimiento de musculatura artística y el arrebato de una sociedad identitaria, llegada a nuestras islas a partir de la influencia de Cataluña, suprimir como un desamor romántico de la vida cotidiana de donde más hace falta, que es en la educación, que es donde se forja el futuro de toda una comunidad, de todo un lenguaje, del parto de un embarazo que en tiempos venideros dará como mensaje la casa encendida de los hombres que hoy siguen leyendo a Bartomeu Rosselló-Porcel, que realizaba una poesía entre la imitación del fuego y la vanguardia europea del pan.      

Nueva novela

Ayer por la tarde, Nochebuena, he iniciado a escribir una nueva novela: "Los espejos occidentales". Quiere ser la refundación de la memoria de las distintas generaciones de mi familia. Hacía tiempo que quería profundizar en ese tema, retomar los ancestros, quizá para encontrarme a mí mismo. Pero no se trata de una novela realista. Creo que a nadie le interesa la historia de mi familia contada a la manera decimonónica. Además a mí el realismo me asquea, por lo que incorporo mucho de ficción, de quiosco esperpéntico, de elementos mágicos, a la manera de un García Márquez o un Cortázar, sin ser yo ellos, eso está claro. La genealogía de la memoria comienza en mi tatarabuelo Dionisio, que nace con tres manos, con un parto sin agua ni sangre, y anda recién salido de su madre, empezando a hablar y a leer a los seis meses y así todo seguido (quien quiera ver la primera página de la novela que acuda a mi Facebook). Sé que a mi familia esta novela no le va a gustar, porque la trato desde el punto de vista lírico y el desarrollismo del hiperbaton, pero es que a mí no me puede salir otro tipo de escritura. Insisto, yo no puedo escribir desde un Balzac o desde un Galdós, sino desde la ficcionalidad más potente que me ofrece el lenguaje para invertir la historia y llevarla a los espejos occidentales.

El Invierno

Hemos alcanzado el invierno, con el frío de los cuadros de Théodore Chassériau, con el otro lado de la muerte que está ahí, en los temas orientales de las esquinas, con el tabaco que nos fumamos en las puertas de los bares, con las lluvias que caen como los partidos políticos. A mí especialmente me gusta el invierno, porque me trae aquello que decía Epicteto: "La felicidad consiste en ser libre, es decir, en no desear nada". Yo sólo deseo que mis libros se lean, es decir, nada, pues mi provincianismo es tal que me hallo arrinconado en el eje del mal y en la pulsión de aquello que por otra parte decía Cicerón: "Obra muy mal quien trata de obtener con el dinero lo que debe obtener con la virtud". El invierno es una estación de trenes de Laforgue, un largo recorrido de hombres que se tapan el rostro para que no les vean los vicios, la denigración, la tristeza, la cobardía, el maltrato, la opulencia. Yo, ya digo, soy gozante invernal y suele ser la época en que más escribo, con mis manos ateridas de frío, porque con guantes las obras salen dadaístas y al revés. El invierno es donde mejor se realiza la literatura, porque el viento que oímos tras las ventanas funciona a modo de musa que inspira el candelabro de las palabras y el horribilismo de los pensamientos, si bien una obra, siempre lo diré, no se hace pensando, sino escribiendo, dejando que la escritura fluya como el viento que golpea las persianas. Yo, insisto, soy feliz en invierno, porque es mi forma de seguir esperando a que todo ocurra y como decía Virgilio: "Persevera, y espera un mañana mejor". Mi mañana es hoy en mi conciencia del futuro, que ya es la memoria. 

Insomnio

Esta noche tengo insomnio, como ocurre en "Cien años de soledad" de García Márquez. Lo llevo padeciendo desde hace larguísimos años, por lo cual me he acostumbrado a vivir estas noches silenciosas que son como Occidentes sin guerras, como Ebros sin agua, como posmodernidad sin Faucoult. He aprovechado para despachar algunos datos para mi próximo libro sobre el 15M que saldrá en digital en una editora argentina y ahora estoy escribiendo este artículo que es una forma de madrugar cuando todo el mundo duerme perdiendo su vida y dándole tiempo a la muerte. Así me siento más vivo, más original, más eterno. La noche, mientras me asomo al balcón para fumarme un cigarrillo, está callada como un verso de Rimbaud, como si el mundo no existiese, como si nada pasase y los siglos se hubiesen quedados anclados en la luz de las farolas. Ah, qué calma lenta para el hombre que vive la nocturnidad y se da cuenta que aquí lo único que sobran son los hombres, con su política, su velocidad y su gestión de ventrílocuos. Yo, con este insomnio de José Arcadio Buendía, me siento feliz, a pesar de que mañana sienta el dolor del sueño, que es peor que el de una hernia discal. El sueño duele tanto como una posguerra, pero yo ya me he acostumbrado al dolor, como otros se acostumbran al fútbol o a la filantropía. De noche he escrito muchos libros y ahí están, fechados de madrugada, cuando la gente se levanta y yo ya estoy cansado de vivir. La noche es el dibujo aplicado de todos los símbolos, como un cuadro de Miró.

Mi "15M" digital

Una editora digital me ha propuesto publicar mi último ensayo sobre el 15M en la tabacalera de la esfera global de internet. Yo no soy nada propenso a eso, pues sigo pensando que donde esté Gutemberg que se quite toda pantalla de ordenador, pero por otra lado, pensándolo mejor, me estoy dando cuenta, que hay que correr con los tiempos modernos y hay que darse cuenta que hoy donde quizá más se lea es en la constelación digital y a precios mucho más económicos. Creo que mi libro, que es un texto de pelea, de convulsión, de claridad meridiana de lo que hoy está pasando con la crisis económica y con la globalización, adornado con una contextualización que va desde la Revolución Francesa hasta la posmodernidad, pasando por el Mayo del 68 y las revoluciones africanas, puede tener pegada e interesar a mucha gente. Creo que podría tener muchos lectores estrastosféricos y que podría funcionar. Quizá más adelante ya lo pasaría al papel, que es mi interés sine quanum. De momento tengo esta oferta, que me parece que no voy a desdeñar. Además da dinero, un dinero para la literatura, una profesionalidad para el mercado, que para algo y alguien hace uno sus libros. Estoy, pues, interesado en esta nueva experiencia de estar colgado en la red y de repartir mi indignación por el museo volcánico de donde hoy por hoy la juventud y la no juventud más se mueve. Una experiencia más para mi escritura. Seguiremos informando.

Los viajes

En estas fechas navideñas son muchos los que aprovechan para realizar un viaje prometeico. Yo me quedaré aquí, con mis libros y mi literatura, con mis cigarrillos e imaginando mis viajes interiores. Los viajes son necesarios para la experimentación histórica de uno mismo, para la estructuración del pensamiento y para domiciliar una filosofía de palacios y ríos que de otra manera jamás llegarían. El viaje, como decía Rimbaud, es entrar "en las espléndidas ciudades" y darse cuenta que donde vive uno sólo es una provincia al lado de la arquitectura abismal que recorre, la libertad de sentirse unido a todo aquello que siente cerca de una luz nueva, las calles, el mar, los cafés, los siglos que retrocede, el tiempo goteando como una salamandra en la memoria. Los viajes, ya lo vio Baudelaire, es un albatros que está por encima del poeta y que inaugura nuevas formas de romanticismo que higienizan toda la oscuridad en que uno se está convirtiendo en vida. De un viaje uno vuelve nuevo, con más ganas de vivir, con más pasión por la vida, con la sensación de haber aventajado la Historia, pues se ha dado cuenta que viajar es el paso del tiempo hacia atrás, desde una posmodernidad que le lleva a la colina de los locos. Yo, de joven, viajé mucho y creo que lo seguiré haciendo, porque el poeta para escribir necesita primero esas experiencias crapulosas de la revolución paisajística y no quedarse en la mesa camilla escribiendo sus versos. Un poeta que no viaja no es poeta, porque no ha impreso en su cabalística todos los países que envejecen junto a él, para luego escribirlos. Los viajes son tan necesarios como comprarse un piso o como amar a una mujer. Hay que mejorar la adivinación que es uno mismo mediante la lejanía de uno mismo y eso sólo lo dan los aeropuertos o los muelles o los transporten que te lleven a las naciones donde el examen del odio pise el río con bruteza.

Felices Fiestas

La Navidad es una posmodernidad acuática de convulsiones alegres, exceptuando algunos deprimidos que hay por ahí que acuden al psiquiatra para que les calce algunos neurolépticos que les devuelva la Navidad, pero la depresión se va o haciendo el amor o escribiendo, como bien entendió Larra, pero a éste le falló el amor y se descerrajó una bala en el chaleco. Me gusta salir al balcón a fumarme un cigarrillo y ver las luces de los árboles de estas fiestas en los pisos de enfrente, porque es como la iluminatio mística que acude a mí como una conversión teresiana, en un misticismo navideño que mira hacia dentro y se encuentra no con dios sino conmigo mismo, que es algo parecido. Dios es uno mismo cuando empieza a comprender que la vida está hecha de pequeñas cosas que antes pasaban desapercibidas, en un Tao que ya me enseñó mi maestro Cristóbal Serra: "percibir lo más pequeño: he ahí donde está la clarividencia". La Navidad trae esa alegría de los hombres que no creen en los hombres, pero creen en las cosas, en la moda, en las compras, en la televisión, en el cava, en las cenas, en la familia. Un absurso absoluto. ¿Y el resto del año? ¿A qué nos dedicamos? ¿A leer a Cioran? No lo recomiendo, si no estamos apunto del suicidio. Los hombres somos tan frívolos que esperamos unas fiestas con luces para comprender que nosotros somos las luces, cuando lo que somos es la oscuridad total de nuestros comportamientos interiores. Hemos perdido la modernidad. Y ya sólo nos queda los reality shows y el duro trabajo, además del adulterio. ¿Cuándo llegaremos a ser hombres inteligentes?

El realismo mágico

Estoy leyendo "Cien años de Soledad", de Gabriel García Márquez, de la cual ya daré parte más adelante aquí. La novela, como todos sabemos, se enmarca dentro del realismo mágico o del boom sudamericano de los años sesenta y setenta -si bien continuó más adelante con el llamado boom junior con nombres como Severo Sarduy, Salvador Garmendia, Jorge Edwards, Alfredo Bryce Echenique, Salvador Elizondo, Reynaldo Arenas y otros-, que fueron la continuación del magicismo sin ruptura ninguna, sino la prolongocación de los maestros: Juan Rulfo, Miguel Ángel Asturias, Onetti, García Márquez, Vargas Llosa, Carpentier, Cortázar, Borges, Sábato, Úslar Pietri y así todo seguido. El realismo mágico rompió con una tradición de modernismo y de tradicionalismo de una realidad dada en Hispanoamérica que sucumbía en unas connotaciones que todavía no estaban alteradas y venía a proponer otra forma de entender la literatura. Se trataba de una consideración del hombre como misterio en medio de los shows realistas, una adivinación poética o una negación poética de la realidad, como bien señada Pietri. Se considera la novela "Doña Bárbara", de Rómulo Gallegos, como la iniciadora de este movimiento. A su vez se define como una corriente de gran preocupación por su chantillí estilístico y por su preocupación de perforar en lo irreal o raro como demostración de la cotidianidad. Se trata de un enfrentamiento directo a la realidad, la cual les asquea a estos escritores que se definen como innovadores de la prosa novísima de aquellos años. El realismo mágico penetró en España como una verdadera explosión de nuevas posibilidades y su influencia perdura hasta hoy en día. Los elementos mágicos / fantásticos, la intuición, la presencia de lo sensorial, la edad de los mitos y las leyendas, la multiplicidad de narradores, el tiempo destribuido como cíclico, la estética como una versión del paraíso perdido, la asunción de la muerte que se aplica como renacimiento entreverado entre los personajes que fallecen pero que luego viven, los escenarios americanos, en sus niveles más crudos de pobreza y marginalidad social, el onirismo, los viajes, el movimiento del criollismo, todo eso supuso una verdadera revolución en la literatura de aquella época. Hoy todavía se sigue manufacturando realismo mágico. No citaré nombres. Pero la estela de un García Márquez o de un Cortázar -con su gran Rayuela- continúa llenando de espesa memoria de lo que fue un despertar de unos escritores que vieron en la literatura el trote onírico de los caballos, en su fantasía de personajes casi surrealistas.

 

 

El otoño

Ha llegado el frío del otoño como las piernas largas de Marilyn. A mí me gusta levantarme temprano, cuando todavía está el cielo oscurecido, fumarme un cigarrillo en el balcón y domiciliar ese frío en mi cuerpo como si fuera el príncipe Kropotkin en Siberia, allá en sus exploraciones de anarquista. Lo cierto es que estas últimas semanas para mí han sido dolorosas, marmóleas, infernales, digamos que malditas, pues los días se me habían convertido en un barroquismo de abismos en que me he entregado a la locura de los venenos, como quería Rimbaud; pero dada mi rápida y válida adaptación al mundo aquí estoy de nuevo, reestablecido, vivido, como un batallón que ha vuelto a recuperar la memoria, la felicidad que siempre he añorado. La vida tiene esos claroscuros en que un día pinta Goya y el otro Seurat. Ya he acabado todos los libros que tenía por hacer. En poco tiempo he finiquitado cuatro obras y ya estoy pensando para el nuevo año iniciar una nueva novela. Pero heme aquí con el nuevo resplandor de los días, con mi fuerza de arrebatarle al sinsentido del tiempo todo lo que tiene de valedor y de mágico. Vivir es lo más maravilloso que nos puede ocurrir y yo no estoy dispuesto a dejarme caer en la tristeza como cuando era un adolescente y me preguntaba por la existencia de Dios. Una vez vencida esa duda, todo lo demás puede sobrevenir más profundo, la libertad de la madurez, la lentitud de las preguntas, la lluvia fuerte sobre mi rostro. Sigo vivo aunque el mundo se rompa y resistiré todas estas temporadas en el infierno rimbaudiano que se me pongan por delante, porque he comprendido que el dolor se aleja cuando uno ama demasiado la vida, literaria y arquitectónicamente. Vuelvo a ser feliz, como los prados donde pastan los bueyes más antiguos.   

La fiesta del sábado

Este sábado, día 17, en la Posada des Bellver se abre una reunión poética, organizada por el Último Jueves, y por ese Antonio Rigo que es como una adivinación de la cultura mallorquina, con su romanticismo de Baudelaire y sus encuentros con la luna que cada vez es más lorquiana, que establece un casino de doce horas de poesía. Yo estoy invitado como poeta para leer mis cosas, lo que no sé es si iré o no iré, pues hace frío todavía en las Ardenas y no estoy muy decidido a que se hable de mí, desde mí o contra mí. Pero la idea es newyorquina y fantástica, pues los poetas de Palma, que escriben mejor que los de Madrid, podrán dejar caer sus aeropuertos interiores como si fuera un cubismo de Gris o de Picasso. La vida es pura poesía: “Poéticamente habito yo este mundo”, dijo Hölderlin, y ese desde ese lado de las cosas como se construye  la cotidianidad y el spleen, la resaca de Thomas Mann y el desliz de Frida Khalo. Lo poético sucumbe ante una realidad que nos asusta, porque de entrada, mediante la palabra intentamos domiciliar nuestra vida que va cada vez de peor en peor, y ya sólo queda el amor, el alcohol o el lenguaje. Como amar es imposible dentro de un ámbito de panoramas lisérgicos lo descartamos. El alcohol es una mierda que sólo te lleva a entrar, como quería Rimbaud, en las espléndidas ciudades. Entonces, sólo queda la literatura, como una secuenciación del ego que quiere recomponer el propio ego que anda por ahí perdido. Lo literario, al menos, sirve para no estar todo el día embriagado y pensar en mujeres fatales. Más vale una palabra que no toda una vida perdida en el malditismo. Supongamos que eso sea así. Arrímemos los brazos de Andrómeda y protéjamonos del mundo contra la triviliadad de los pájaros argentinos.

La paliza

Hace unas semanas, en una bocacalle de la carretera de Sòller, me pegaron una paliza que fue como leer a Sagan con sus últimas tristezas. Tres mozos gitanos como aceitunas lorquianas se presentaron ante mí pidiéndome el dinero. Yo me opuse, en una arrebato de chulería de Bruce Lee. A la primera hostia me tiraron al suelo. Yo resguardaba mi bolsillo donde mantenía inéditos mis euros y mi teléfono móvil. Pero los de Estabanillo González me patearon y me golpearon hasta dejarme el ojo izquierdo, aquel que casi perdí en un acccidente de tráfico, como un verso de los peores poetas japoneses, es decir, como un mojón para que Quevedo hiciera su sátira, como un astro que empieza pero que se puede levantar hacia el universo que existe o no existe. Se llevaron todo lo que tenía encima, hasta el libro de mi amigo que había ido a buscar recién impreso. Digo yo: ¿para que les va a servir un libro donde se habla del amor cuando en sus fundas del fondo del mar sólo resta odio? Chicos del Bronx aquí en Palma, ¿para qué habéis venido? Yo sé que el tema de la droga os va mal, por la presión policial y por un control sin precedentes, pero no golpepéis a un poeta  que sólo quiere leer y escribir de su barniz de metálicas chaquetas para invertir el mundo en otra cosa que no se a esto: hambre, miseria, partidos conservadores, la mercadotecnia, el liberalismo como un un monstruo de novela gótica. Mozos de la droga, para que venéis a golpear a un hombre que sólo sabe escribir, sin otra ocupación que las palabras y la adivinación de la vida, que ya está difícil para que vosotros la pongáis en la pata del gallo como si fuera una puta golpeada por su chulo. No nos confundamos. Por veinte euros no podéis atravesar los ojos de quien quiere ver el mundo desde el otro mundo, desde el que le queda a los de los indignados, ahora que se va a mover la cosa, con el teleñeco de Rayoy recortando como si fuera el Barbero de Sevilla, como si fuera el patrón de Europa al que no se le hace caso. ¡Que lástima de sonrisa¡ La peor de toda la democracia. Pero vosotros, niños de las palizas, qué sabéis de Rajoy, sólo que os va a curar las heridas sangrientas que tenéis en los timbales desde la cobardía y el instante inédito del descubrimiento del individio. Os halago, porque con vosotros he aprendido que esta ciudadanía necesita una convulsión de albatros que se introduzcan la cabeza al mar y jamás saquen la cabeza. Por lo menos hasta que yo lo diga. 

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