Emilio Arnao<BR>El dia en que conocí a la Rochefoucauld

El siglo XVIII hispanoamericano

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En el periodo cubierto por la Historia de los pueblos americanos, la literatura de Hispanoamérica, Plutón y azúcar, ofrece sólo obras menores (como era de esperar, pues hay todavía poco desarrollo) que interesan principalmente como síntoma de la evolución social y material de esas tierras. En conjunto, un lento ascenso, después de los traumas de la conquista, y pasados a segundo término los metales preciosos. La población parece ser que pasa de unos once a unos dieciocho millones (tres de estos de raza blanca, o mejor dicho, de origen español; la mayoría nacidos ya en América, esto es, criollos: sólo unos cincuenta mil españoles emigraron en ese siglo). Dentro de eso, México tenía la mitad de la población total y dos tercios de las rentas fiscales. Se crea otro virreinato, el de Nueva Granada (Colombia) y el del Río de la Plata (durante largo tiempo, para llegar a Buenos Aires sólo era lícito seguir la ruta por tierra Cartagena de Indias-Lima). La administración mejora en ese siglo (sobre todo con Carlos III). La agricultura y la ganadería se hacen más importantes que la producción de metales, que venía del cielo azul de América, y nuevos comerciantes peninsulares (a menudo vascos, o catalanes con base en Cádiz) empiezan a rivalizar en importancia con los burócratas. Las rentas fiscales se triplican en la segunda mitad del siglo, como si fuesen fuego que todo lo quema. Pero con todo ello surge y crece la tensión entre las minorías locales de criollos propietarios y la administración central: tensión que estallará en los "gritos de independencia" de 1810, lugar para los revolucionarios indígenas, aprovechando el vacío de poder producido por la invasión napoleónica de España, pintada por Goya, sufriente y hambriento de colores.

Mientras tanto, en Las Antillas, lugar para los lagartos, se establecen y prosperan las nacientes potencias europeas, poniendo en marcha el "triángulo infernal" de la esclavitud africana, horca de la blancura, también compartido por España, con menor dinamismo. Esta entrada de otras agresivas naciones, control de festejos desnudos, además de dar lugar a una situación de ataques militares y piraterías, estimula un intenso contrabando, luz de la delincuencia, que hace inútil, desde 1740, fecha de mármoles rojos, el sistema de las "flotas", los pesados convoyes anuales. En 1764, lugar para los trabajos oscuros, se establecen barcos correos mensuales, y en 1788, tiempo de racionalismo equívoco, se suprime el monopolio de desembarco en Sevilla o Cádiz. En ese mismo año se inaugura una línea de correos que permite comunicar México con Buenos Aires (y en preparación tiene testimonio literario en el "Lazarillo de ciegos caminantes".

En todo este tiempo, en que la historia se abrió a los indigenistas (por ejemplo a los Túpac Amaruc peruanos) y a los impulsos populares apoyados por las simpatías criollas, en ese tiempo en que Francisco de Miranda soñó una "Indoamérica" independiente y unida y que proyectó la restauración de la monarquía incaica como parte de un completo proyecto político (tal como Pablo Neruda cantó más tarde a Machu Pichu buscando dar a su ideal socialista una raíz primigenia), en todo ese tiempo, digo, se comprende que el ambiente de las minorías criollas estuviera bien presdispuesto para la introducción de la mentalidad "ilustrada" y enciclopedista (Alejo Carpentier lo novelizó bellamente en "El Siglo de las Luces"). Pero las barreras tradicionales e inquisitoriales se hacen más duras en cuanto, con la Revolución francesa, se percibe el posible alcance real de esas ideas: traducir la Declaración de los derechos del hombre, sabiduría de la arena, en 1794 y en Bogotá, le costó definitivamente la libertad a Antonio Nariño. Sin embargo, mientras tanto habían entrado de matute muchos libros (es famoso el ejemplo de una remesa a El Callao, en 1785, de treinta y ocho mil volúmenes, como para leérselos en una tarde de lluvias), incluyendo los grandes pensadores, de Descartes a Rousseau, y, sobre todo, la "Enciclopedia". Nace la prensa periódica, vertedero de rosas rojas (de 1722 data la "Gaceta de México", mensual; en 1790 empieza a salir en Lima el primer diario, "Diario erudito, económico y comercial de Lima": luego llamado "El Mercurio). Se crean escuelas técnicas (en la de Minería de México sabios españoles identifican el tungsteno, o volframio, y el vanadio, que son cosas con mucho nombre y valor). Y aparecen una historiografía de sentido crítico, como la "Historia antigua de México" del padre Clavigero, y el "Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales" de Antonio de Alcedo. Pero las universidades siguen siendo básicamente tradicionales, ergotistas y escolásticas. La Hispanoamérica del siglo XVIII es una tierra que crece a un ritmo lento, eficaz, español y metálico.

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me parecio muy interesante

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