Emilio Arnao<BR>El dia en que conocí a la Rochefoucauld

La crítica literaria

Escrito por emilioarnao 06-03-2012 en General. Comentarios (0)

Los críticos literarios pocas veces aciertan en su evaluación de las obras literarias, entre otras cosas porque no acostumbran a leerse los libros en su compactividad creativa, sino que en su vaguería profesional someten su juicio a una ojeada muy por encima del texto y a partir de ahí emiten el juicio que, como digo, no suele ser convincente ni aproximativo. El crítico, como dijo Roland Barthes, según Umbral, es un escritor aplazado y en esa carencia se profesionaliza en unos métodos valorativos que pueden dejar soterrado al ego del escritor al que analizan. Normalmente ocurre que al escritor consagrado la crítica le pasa de largo, pero el crítico puede marcar un carnívoro cuchillo al poeta que empieza, al novelista novel que ve, como en su experiencia artística, que él considera puntual y esperanzadora, es sometida a la crueldad y a la desgracia. Eso hace daño y puede desbancar al primate quien sabe si para ya todos los tiempos. Hace poco a mí me realizaron una crítica sobre mi Umbral en El Cultural de "El Mundo". El juicio fue laudatorio, pero se quedaba en la superficie, sin la profundización por ejemplo de mi estilo o de mi metáfora. Es por eso que no hay que hacer demasiado caso a la crítica literaria y afianzarse en la creencia de uno mismo, continuando con la obra pensada y marcada por un tiempo de ilusión que sólo a uno anima mientras se pone delante del ordenador. Ya llegarán los siglos para poner a cada uno en su sitio. La crítica temporalizada y actual no tiene ningún mérito, solamente una presunta profesionalidad que más que vocacional es veraneante y delito de un sueldo.

La belleza

Escrito por emilioarnao 02-03-2012 en General. Comentarios (0)

A mí hay un impulso que semánticamente mueve todas las arquitecturas de mis instintos y que convive conmigo como un mundo implacable que despunta los días. La belleza es ese dandismo al cual no puedo renunciar, pues recava mis imperfecciones en un cruel romanticismo que me lleva a los sistemas más oníricos. Lo bello se encuentra en todas partes: en la naturaleza, en el amor, en la mujer, en los objetos, en el arte, en lo macabro, en los monstruos. Nada es renunciable si hay cierta percepción de fantasía cuando lo real se torna verdaderamente tedioso y trajín. Tanto Oscar Wilde como Baudelaire lo vieron claro y atisbaron que el tiempo debe rodearse constantemente de momentos en que la belleza lo acapare todo, el silencio, la descomposición, la ciudad, la literatura, el origen secreto de los hombres. No me gusta la belleza artificial, por lo que tiene de manipulación, el orden natural es la idiosincracia de toda pureza que se defienda desde la creación hacia el infinito. Yo imagino, quizá por eso sea poeta, que ya no podría vivir sin ser sorprendido por la ética de lo bello, pues en ello encuentro mis pequeñas realidades amoldadas a mis salidas de las crisis, como simbología que domicilia mis señores amores dentro de la perplejidad de los ojos o el cuerpo. La belleza no está en desnudar a una mujer, sino en vestirla, porque he ahí cuando se crea la obra de arte, como muy bien han visto los pintores de colores rojos. Salgo a la calle y siempre voy mirando dónde encontrar algo bello y con eso me basta, porque para lo demás ya están los que no saben ver, los que hablan o los que deambulan en la mediocridad. La belleza es la valentía del café derramada por un pecho.

Me levanto

Escrito por emilioarnao 01-03-2012 en General. Comentarios (0)

Me levanto temprano y me pongo a escribir. La novela va bien. Los personajes, delimitados por la mera descripción de las pinceladas impresionistas, como si se trataran de un cuadro de Giussepe Abatti, se encaminan hacia un mundo trágico que maravillosamente se domicilian en los territorios de lo mágico y en el submundo de lo lírico y las correspondencias baudelairianas. Me levanto y escribo y me quito este cruel absurdo que es la vida, que a mí se me convierte en el paraíso dantiano cuando termino de sostener las palabras en el tendedero de la ropa. Luego estudio y leo y así el mundo me parece más levantisco y más tendente a la prolongación de los pájaros que entran por la ventana de mi habitación. Parece que el frío ya se ha ido, pero yo sigo teniendo las manos congeladas, menos mal que los cigarrillos me devuelven esa quinta paz de las mariposas con que me enfrento a la escritura y a los días. No pienso en amar a una mujer, porque el amor es una destrucción del yo, una succión del carácter en la otra persona que evita que te compres los pantalones que a ti te gustan. De este modo me pasan los meses, feliz con mis cosas, pletórico de organismos internos, de impulsos, de instantes en que voy abriendo los ojos para ver las calles desde mi balcón todas llenas de delincuentes que conducen sus coches. El mundo es una pequeñez de bárbaros que sólo viven para el capitalismo y la mediocridad. Yo me quedo en casa leyendo a Lorca, porque estoy a punto de empezar un ensayo sobre este poeta gitano que tantas metáforas realizó sobre el duende y sobre Nueva York. Lorca, en poco, volverá a salvarme del spleen y del zen que no practico. La vida es bella, sí, pero dentro de las pertenencias que uno se impone.

Mi ensayo sobre Lorca

Escrito por emilioarnao 22-02-2012 en General. Comentarios (0)

Estoy escribiendo en estos momentos una novela y ya estoy pensando en mi siguiente libro. Se va a tratar de un ensayo sobre Lorca, la metáfora hecha piano y gitana. Ya tengo el título: "Lorca. Entre la muerte y Nueva York". Mientras escribo, estudio lenguaje y vivo lo que puedo, ahora lo que me toca es la primera fase del libro lorquiano, es decir, la ceremonia de la documentación, para ello ya están avisadas las librerías y ya estoy leyendo biografías y textos sobre el autor del "Romancero gitano". Lo voy a escribir en primera persona, como si Lorca se contara a sí mismo, por intentar algo, en lo que se pueda, del montón original. Ya lo hice con mi Rimbaud, otorgándole la segunda persona. Quiero que este Lorca me salga hermoso de cara, de crítica, de análisis de su obra, de su mito y de su malditismo (ay, pero me falta el libro de Umbral "Lorca, poeta maldito", descatalogado). Me tocaba ya este gran universal de la literatura, después de escribir sobre Vallejo, Genet o Umbral. Mi intención es restañarle toda luz a cada una de sus metáforas, a cada bosque de sus tragedias, a cada golpe de su vida oscura y melancólica, porque Lorca no fue un siglo, sino una actitud y una estética ante el mundo que veía o no veía y cuyo final presupuso el nacimiento de la rayuela del las seis cuerdas.

Otro nuevo lector

Escrito por emilioarnao 21-02-2012 en General. Comentarios (0)

Me escribe un comentario un nuevo lector que derriba los apostolados del pesado y trabalenguas del acosador lector anterior. Éste vislumbra por lo menos un amor por la literatura que el otro no tenía, si bien me acusa de que en mis últimos artículos preexiste cierta "aliteraturidad" cargado de cierto pesimismo, el cual yo con todas mis condiciones de escribiente celebro, pues no se puede estar siempre escribiendo desde el sonido de las campanas y el sol luminoso. Así no se entiende toda una Historia de la literatura Universal, baste con echarle un vistazo y aprenderemos. Pero doy las gracias a este nuevo visionario al comprender que yo, efectivamente, uso la literatura como un recurso natural para realizar de los bosques una panadería o del oro un proyecto alquímico. Naturalmente, querido lector, la literatura está para sacudir los elementos propios de la metáfora y reconvertirlos en otras realidades que abandonen la absurda cotidianidad que nos acoge. Pero déjeme que le diga que el dolor también se cuenta, por mucho que a usted le pese, y que la iluminación, que usted ve en mí, ya la cantó Rimbaud, pero desde el punto de vista de la videncia maltratada. De modo que sigamos poniendo color a las vocales y añadiendo gongorismos a esta eternidad que es el escribir y que sin ella, no le quepa la menor duda, yo derivaría en los residuos de una angustia existencial que intento domiciliar con el adjetivo más próximo que venga de los cuadros de Paul Delvaux.