Emilio Arnao<BR>El dia en que conocí a la Rochefoucauld

General

He acabado un ensayo

Escrito por emilioarnao 22-06-2012 en General. Comentarios (0)

Ya he acabado, en estos días, mi ensayo sobre Lorca. Ahí va el final:

 

EPÍLOGO

LA UNIVERSALIDAD DE LORCA: POETA MALDITO

 

 

      Federico García Lorca seguramente hoy es uno de los poetas más universales en el marco de una literatura comparada. Su obra, tanto en la espuma de su poesía como en sus obras dramáticas, se puede considerar como una palabra acentuada de mayor recorrido a través de todos los pueblos que giran alrededor de una lectura inmanente y de refulgentes huellas por parte de unos lectores que consideran que la belleza de sus escritos rebasa cualquier cualidad de lo inédito. Lorca es tan extremadamente moderno, que es precisamente esa modernidad –una modernidad que salta como un delfín en medio de los océanos ante el espectáculo de la estética- la que, con el paso de los años, tras su absurda muerte en Fuente Grande, producida por el odio y la diglosia de una cruenta guerra civil en la que la muerte sólo era un gigante sin latido que pulsaba la vida como si ésta sólo fuera una brújula rota y sumergida, va a provocar que la innovación –acantonada entre la carne de la genialidad- desmontara todas las fronteras acartonadas y se abalanzara como un clásico que pone sus pies desnudos sobre la alfombra de la verdadera y excelsa movilización de toda una Historia. ¿Qué hubiera pasado si Lorca no hubiera sido asesinado en aquella madrugada del 18 y 19 de agosto de 1936? Ya el mismo ha contado aquí, en esta autobiografía literaria, los intentos de proyectos literarios que por aquellas fechas le rondaban desde su duende andaluz, un duende que no sólo se vertía en Andalucía, sino que recorría caminos hasta depurar todo generativismo y todo perspectivismo de un mundo que él como nadie sabía contar. Seguramente, si Lorca no hubiera muerto aún siendo tan joven –entrando de ese modo en el “momentus morti” de todo paralelo romántico, todo el romanticismo acostumbra a dejar un bello cadáver sobre las playas de la Spezia, no citaremos nombres, pues imaginamos que es de todo lector avezado conocidos-, hubiera creado quien sabe si lo que nunca nadie se hubiera, en aquellos tiempos de un siglo XX un tanto dispar y con cicatrices borrosas, a decir desde todo el adelantamiento del tiempo para quien escribía Federico.

      Lorca, desde su esteticismo, su pulsión hacia la muerte, su dolor contenido, pero abierto amargamente como un paisaje de náufrago, su proscripción ineludible de buena parte de su obra por excederse en originalidad y por no ser comprendida en el momento en que era fechada, por su final fatal y por su intuición de un mundo en el que el hombre todavía no se había encontrado –el hombre siempre acostumbra a buscarse en una literatura que calza la superación del tiempo, pues es éste su primer enemigo en los instantes en que la obra es producida- recala como mito insertado en el estructuralismo de todo malditismo. Lorca, sí, es un poeta maldito, como ya él mismo, como se ha visto en este libro, previó y adivinó. Francisco Umbral, en su texto “Lorca. Poeta maldito”, dice: “El duende andaluz, el duende de Federico García Lorca, no es sino una forma convencionalmente simpática de lo luciferino. Andalucía es Federico y Federico es Andalucía. Andalucía y Federico, entre tanta luz del Sur, viven de la sombra. La heterodoxia sexual –lo que más tarde llamaré pansexualismo de Lorca-, le sitúa radical y hondamente –y secretamente- al margen de la sociedad en que vive, de su sociedad, aun cuando él haya sido biografiado como criatura eminentemente sociable. No hay posible integración del individuo cuando el individuo vive una tragedia sexual íntima. Y, finalmente, la muerte trágica y prematura del poeta viene a subrayar, siquiera sea anecdóticamente, pero de modo brutal, su destino de maldito”.

      Es precisamente, según creemos, y según tal y como lo ve el mismo Umbral, ese tragicismo de su vida y de su obra lo que percuten en ese existencialismo daimónico que va construyendo la leyenda como el paso definitivo hacia una oscuridad clareada siempre desde el lirismo. Porque Lorca, sin reserva alguna, fue el que mejor comprendió que era a partir del lirismo, a partir de toda eclosión de lo nuevamente poético, cómo era posible explicar un mundo que se cruzaba esqueletizado en todos los mundos que pervivían en él y que proyectaba, de un modo imaginable o desde el redondeamiento de la estilística, hacia un metaforismo que siempre se incautó de sus poemas y, sobre todo, de su obra dramática. El teatro para él no era otra cosa sino el aceleramiento de la palabra que dice pero que no dice, que se esconde pero que se revela contra un tiempo en el que el mismo Lorca se intuía perdido, desclasado, ausente de nervaduras de puro enraecimiento. Creemos, porque somos lorquianos desde que en la adolescencia leímos por vez primera su “Poeta en Nueva York”, que Federico es el mejor 27, yendo a la zaga tal vez un Aleixandre o el mismo Cernuda –un Cernuda que habitaba el mismo satanismo que él al margen de la Historia concreta y de horarios fijos-; es el mejor 27 porque comprendió que la literatura no sólo era una vocación o una manera de realzar la sola belleza, sino, como dice Cortázar, “esa ansiedad deliciosa al entablar la batalla consigo mismo, línea a línea”. La batalla de Lorca consigo mismo era perenne, acusada, diaria, total, de tal manera que en toda su obra aparece él desnudo o cubierto de mapas que deben ser descifrados. Este desciframiento del mundo, que es su propio mundo, ejerce tal profundidad que es inevitable, para el hombre que sufre y desanda caminos y recorre el tiempo con el pañuelo del dolor y su autodestrucción, no recordarlo siempre y no identificarse con él. Todo dolor es siempre una sombra que quiere ir hacia la luz y esa luz palpita en el adjetivo o en la palabra justa y acertada en el mismo y propicio dolor de quien lee, se identifica y se asombra al mismo tiempo. Lorca es un César Vallejo en ese intento de narrar la vida como si ésta nunca fuera “noble, ni buena, ni sagrada”. Vallejo es el poeta del mal dolor y se inserta en él el mismo malditismo lorquiano en su devenir por un París en el que no había pan y sólo reconocía el paludismo que le llevó al cementerio de Montrouge –luego Montparnasse-, después de aquellos días primaverales en la Clinique Générale de Chirurgie en 1938. Federico quiso promover el teatro de Vallejo en España, quizá porque intuía que él y el poeta de Santiago de Chuco compartían la misma doblez de duelo ante una existencia que se debatía entre las naciones culpables y un cierto existencialismo de tragedia y fotografías ocultas. Decía Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé¡ // Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, // la resaca de todo lo sufrido // se empozara en el alma”. Vallejo fue el mejor poeta que intuyó la frecuentación de la innovación y la experimentación con el lenguaje de toda Latinoamérica, incluso, en su vallejanismo, inventó una nueva vanguardia que superaba a todo los acontecimientos destructivos y modernos de aquellos inicios del siglo XX, superando incluso a aquel círculo de Breton que pervivía en su gran contradicción manifiesto a manifiesto. Lorca es el Vallejo español, tal diferente a él en la estética, creando Lorca, como Vallejo, su propio lorquismo, movimientos éstos que se definen como una subjetiva identidad que ya nadie puede dudar, ni incluso negarla. El lorquismo ha traspasado toda la dudosa luz del día, como lo hizo tiempo atrás el gongorismo, “a batallas de amor, campos de pluma”. Lorca / Góngora sabían que es justamente la literatura la que arrastra todo el dolor hasta llevarlo hacia la completud del tiempo. Lorca superó el tiempo y lo dejó ahí, puesto del revés, de derecha a izquierdas, en una clorofila de generación tras generación que frecuentó al final de todo una universalización de campos de pluma, en ese gongorismo del que aprendió y que reanudó en su propia distorsión del lenguaje y de un pensamiento que no cabía en los pozos. Lorca estuvo siempre sacando agua de los pozos para distribuir su propio drama personal y su convencimiento de que el mundo debía girar desde una utopía que con el paso de los nuevos diseños se iba a convertir en realidad. Sus grandes temas: el amor, la muerte, el erotismo, la defensa de la proscripción de las razas malditas, gitanos, negros, mujeres, niños ahogados en el agua obedecieron al sonido de las sirenas de Ulises y se hicieron canto universalizado y de veracidad concreta. Hoy, Lorca está en todas partes, convertido en una mitología más profunda y global que supera todo un siglo XX, desde donde escribió y donde murió, tan joven, siempre buscándose y alzándose contra la inercia de los días que tanto le angustiaban. Federico García Lorca es el poeta que ha creado su propio estilo, su propia Academia, su fundación escritural que hoy casi todo el mundo asimila como un enarbolamiento de lo que es la estética llevada contra un cine mudo que a él tanto le gustaba. Harold Lloyd.

      Lorca es ya el escritor planetario, llevado como el sonido del bandoneón, en esa imposibilidad de una particular imitación que lo hace único y elaborado en el hígado de la gota que siempre dice. Lorca siempre está diciendo, sin andén donde esperar las fórmulas que lo derriben. Hay un pañal de nuevos nacimientos que ocurre cuando uno, quien sea, un barco, un argentino, un ucraniano, un Airbús hacia Norteamérica, escoge uno de sus poemas o uno de los diálogos de sus obras teatrales y lo lee como si fuera la primera vez que descubre la pintura moderna. Porque la literatura lorquiana es pictórica en su extremismo de desciframiento de los signos que semejan ocultos pero que están ahí, esperando a que llegue una brisa de los olivos. Nosotros somos lorquianos, porque hemos deducido que todo tiempo, todo ese tiempo está en Lorca, como un kanguro que nos acompaña por los paseos de Granada. Llegará el día en que la Historia cóncava selle ya para siempre, como está sucediendo, todo este espejo donde los mulatos de Cuba se miran con paraguas. Llega ahora la madre Rosenda esplendorosa. Y el instante es un traje blanco que vende todo amor panadero a las amadas víctimas. ¡El amor humano¡

Palma de Mallorca, 21 de junio de 2012

Son las 10.43 de la mañana.

 

Libro sobre el Papa

Escrito por emilioarnao 15-06-2012 en General. Comentarios (0)

Estoy escribiendo un ensayo sobre Benedicto XVI que titula: "Ratzinger. Entre el nazismo y el exterminio de la modernidad". Aquí va un fragmento:

 

LA ATEOLOGÍA: PRINCIPIOS EN LA ANTIGÜEDAD

 

 

     La ateología es el proceso más puro, natural y culminante para entender el mundo desde esa grandeza que es el hombre. Todo el magicismo sobra. Porque lo real y lo irreal que yo sepa todavía no está diferenciado. La única diferenciación que persiste se establece entre todo aquello que llamamos divino y toda perduración que resiste entre lo humano. El humanismo califica la vida desde la objetivación de las cosas, en su dureza de piedra y en su admiración por los telescopios. Es mejor observar los astros, como hacía Copérnico, que adentrarse en un mundo rodeado de pulsiones ficcionales, retóricas y derivadas de un imaginismo que se estableció por el miedo que causaba mirar de frente a la muerte. Ha sido ésta y el anuncio de un más allá donde todo va a ser realizable e infinito lo que ha permitido la instauración de cualquier tipo de religión. La Historia, en su devenir del fracaso, se encargó de realumbrar el mito como consecuencia del declive del hombre en su condición de finalización e inutilidad. Es ahí donde reside justamente todo espanto que sobreviene en la adjudicación de la vida como un espacio finito, oclusivo, letal, durmiente, por lo que el ser humano, ante el temor de su desaparición total aspira a la contundencia de una creencia que le devuelva el pasaje de un barco que siempre navega por los océanos y le facilite a la salvación de un tiempo que se resume únicamente en la memoria y en un futuro que se presenta como indeciso, helado como un estertor, insuficiente para dominar la vida y sustentarse en ella con el ejercicio de un presente que sólo es instantes que van sucediendo de un modo acelerado. Esa velocidad del tiempo, que se consume como un episodio lunar a cada momento, es lo que posiciona la actitud ontológica de desprenderse de la composición de una vida completa y arriesgada para deparar en el sentimiento que se cree lúcido y que ampara todo mecanismo de finalidad hasta derivar en el paisaje de la fe y de un todo que no es terrenal, en todo caso, educador de un mundo que pervive más allá de los mundos, el otro mundo donde, según los conciliábulos, todos residiremos cuando el Cielo se nos abra y nos encontramos con aquel que nos prometió la esperanza eterna y la supervivencia en un decálogo que facilita la voluntad del ser a estrenarse como un nuevo panorama de salvación y gloria.

     Pero debería advertir que ese panorama, ese inmenso océano que nos espera tras la recaudación que surgió desde el mismo nacimiento hasta el simbolismo de la mortaja que construye ya todo un final para siempre, no es otra cosa que un fabulismo y una leyenda escrita en los libros sagrados que ya de por sí se cae por ellos mismos. Toda religión es una literatura de ficciones con las cual se permiten acumular y manipular las consciencias hasta un grado extremo. La religión, el creyente no son más que cobardías que buscan donde hay para, como está demostrado desde los avances de la Ciencia y el desarrollo común de las especies, que, según Darwin, van de la misma manera que se originan desaparecen en un momento de la Historia. El hombre, como efecto natural de una especie extinguible, acaba su reinado en la Tierra cuando su cuerpo cae, como un plomo de oscuridad, en el foso donde únicamente permanecerá el materialismo de su tiempo extinguido. Si leemos a Demócrito ya nos damos cuenta de la resonancia que actúa sobre el ser humano en su condición de atomismo. Una vez descubierto el átomo éste no es imperecedero, sino que se va modificando en su estructura de realismo letal que se va a ir dispersando en la nada de los siglos. Demócrito, desde su actitud racionalista y en su obsesión por buscar el verdadero sentido de la vida, fue ya atacado por los vencedores de la Antigüedad. El presocratismo democritiano concedió a Platón el derecho de negarlo, desde su idealismo y su vocación por explicar el alma como una sombra de reflejos que siempre debía asistir al hombre, pálido ante una existencia sin realidades concretas. El atomismo de Demócrito deriva en la teoría del vacío, dejando lugar expedito para los hombres, para su celebración de la concreción inmanente y la templanza con la aboga el funcionalismo de los placeres y de una existencia gozosa. Esa manera de permanecer en el mundo, la de los vencedores y la de los vencidos, es la que se ha desarrollado siempre desde los primeros paisajes de la Antigüedad y que se fundamentalizaría con la llegada de las religiones monoteístas. Cuando muere Jesús en la Cruz empieza en verdad el auténtico calvario. El Gólgota, tan difusamente comprendido, pues al hebreo hereje se le solía lapidar hasta la muerte y no crucificar, acción sólo permitida para el Imperio Romano, es el inicio de una confusión que ya había sido establecida desde los filósofos antiguos, desde el apasionado amor por la vida y sus contradicciones, como Diógenes, Antístenes, los cínicos, los cirenaicos, los megáricos, Aristipo, Euclides o Fedón hasta los que desde una mitología amparada en conceder una respuesta que mantuviera incólume el sentido de la vida escribieron sus metáforas en lo que puede reducirse como una anticipación al cristianismo. Ya antes que la religión no hebrea se instaura como dominio de toda causa irracional que debía ser sometida a una creencia que desalojara el sufrimiento y la muerte de la vida, la Antigüedad había consolidado los gérmenes de lo que hoy ya podemos distinguir como una verdadera ateología. Sin embargo, resultaba difícil desenredar un establo donde permanecían las tendencias hedonistas y el objetivismo del eudemonismo para no ser confundido. Existía entonces, todo hay que decirlo, una verdadera admiración por la belleza, la cual siempre remite a la excelencia, a la virtud, a la nobleza y a todo lo que define el ideal de aquellas épocas, es decir, el “kalós kagathós”, donde se comprende lo bello y lo bueno reunidos para construir la aleación de una misma materia.

 

Entrevista

Escrito por emilioarnao 13-06-2012 en General. Comentarios (0)

Ayer en "El Mundo-El Día de Baleares" apareció esta entrevista que aquí asisto:

 

LITERATURA / LANZAMIENTO

 

EMILIO ARNAO EXPLORA LA SENCILLEZ CON SU NUEVO POEMARIO “MARÍA ÁNGELES”

 

L.J. / Palma

 

Cuando Emilio Arnao eligió el tema amoroso como el eje de su suevo poemario, supo pronto que la forma también tendría que adaptarse al contenido. Su poesía hermética y oscurantista de obras anteriores se transformó en la búsqueda de la sencillez a través de un lenguaje más cotidiano. Una experimentación hacia la desnudez que presenta en María Ángeles.

“Me considero un poeta vanguardista. Y ese vanguardismo va unido a la construcción del lenguaje. Es el estilo que destruye las palabras para buscarles otro sentido y contenido”, explica Emilio Arnao. Su experimentación sigue vigente, pero su poesía ha perdido en hermetismo para ganar en desnudez y claridad.

“Es un cambio asumido. Entendí que para explicar la experiencia amorosa tenía que aplicar un método distinto porque lo más importante era que el lector entendiera los sentimientos y emociones expresados”, añade. María Ángeles, editado por Calima, es tal vez el poemario en el que Emilio Arnao mejor equilibra forma y contenido. Uno puesto al servicio del otro para relatar el proceso de desamor hasta la destrucción absoluta del mismo.

La depuración del lenguaje limpia el poemario de los excesos barrocos y oscuros de su trayectoria anterior. Vocablos tomados de la vida cotidiana llevan al lector, como en una dulce inercia, por el camino claro de sus poemas.

Se reconoce como un escritor autobiográfico, y en este nuevo libro –que presentará en la librería La Biblioteca de Babel junto a Emili Sánchez-Rubio y Javier Jover- da un paso más. Inmerso en una relación amorosa, el poeta decidió avanzarse al final de la misma para narra no la exaltación sino la consumición.

Un centenar de poemas cortos con no más de veinte versos componen este volumen plagado de referencias culturales para insistir en la idea del amor como la más importante forma de arte. Citas de escritores, artistas y filósofos como metáfora de esa conexión.

 

Capítulo de una novela

Escrito por emilioarnao 06-06-2012 en General. Comentarios (0)

Aquí va el último capítulo que he escrito de mi novela "El Odio".

 

LA GUERRA DE LAS TUBERÍAS

 

     ¡Bueno¡ ¡Aquí estamos¡ Sonrientes y satisfechos, como ciervos corriendo por los prados, como el barco London que surca los paisajes con copas de coñac en las mesas de la proa. Así vivimos. Lo estamos diciendo. Absortos de todo nudo que nos oprime los trajes, pero que creemos correcto. Pero la corrección no existe. Sólo la apariencia, los clubes nocturnos, los jinetes en sus caballos. ¿Para cuándo descifraremos la duda de Hamlet? Hace años que la Unesco no lee a Melville. Pero nosotros protagonizamos lo más hermoso de la vida. ¿Qué vida? Díganme. ¿Pero a qué vida estamos asistiendo? Hay como un teléfono que suena y que nadie contesta. Hemos perdido todo contacto con la realidad. Padecemos una neurosis colectiva que debería acabar en el diván de Argentina. Amarrados a un árbol, como las hijas del Cid, como José Arcadio Buendía en la novela de Márquez, de este modo nos enfrentamos a un mundo que nos coloca hebillas en los muslos que ya no son muslos, sino el Congreso de los Diputados. Así, así, deprisa, que la vida se acaba. “Collige, virgo, rosas”. Untemos el panecillo con mantequilla y devoremos la muerte. “Tempus irreparabile fugit”. Acudamos a los conciertos de rock sin antes pasarnos por los despachos de los sindicalistas. Hemos visto tantas cosas. Quizá demasiado. Todas sujetas a las cuerdas de los violines. Pero no hemos a/prendido nada. Absolutamente nada. Seguimos llevando nuestros hijos a los colegios privados sin saber que todos los sacerdotes son pederastas. Bien. Exacto. Prosigamos. Prosigamos mirando la televisión como si eso fuera el pulso que desvía nuestro tedio. Hemos de lanzar las televisiones por la ventana. Nos quitan tiempo. El tiempo necesario para escuchar las tormentas desde lo alto de los campanarios de las iglesias románicas. El tiempo necesario para intentar reinventar el amor. El amor se nos va porque no fijamos el arlequín de sueño que nos cubre el cuerpo, porque no queda ya en nuestras casas una luz del sol, las caricias mientras tomamos el café, la comprensión ante los errores cometidos, la eternización de los instantes, pues dejamos el amor siempre para el día siguiente, pero el día siguiente nunca está, se muere junto a la basura que bajamos a la calle, se va con otro, con otra, con todos. Amar es la única manera de permanecer vivos y colmados. ¿Para qué queremos más? Sólo amando es suficiente para acumular nuestra existencia. Pero hay que observar a su vez todos los mecanismos del Arte. ¿No lo entienden? Únicamente con el temblor del conocimiento, con los sistemas que nos hacen pensar, mirando un cuadro de Paul Delvoux o leyendo a Boris Vian, y amando –un amor que nos satisfaga y que nos haga irreductibles- es posible continuar en un mundo que afuera, o tan cerca, nos oprime como un atentado de Al Qaeda.

    Seamos sencillos. No busquemos árbitros de fútbol si no hay un partido en el Estadio Maracaná. Nos hemos acostumbrado a, con una continuación que maúlla, emprender los viajes imposibles. Baudelaire tuvo que desechar su ida hasta la India a bordo de un paquebote. Llegado a la Isla Mauricio, regresó a Francia. Eso está bien. Siempre hay que estar regresando, recuperar la memoria como quería Séneca, pues la vida no es como es, sino como la recordamos –Valle-Inclán-. Como decían los punkies: “No Future”. Así lo vio Foucault y así hemos de verlo todos. Pero no porque no exista el futuro, sino porque nos lo han arrebatado, como pirañas en un aquárium. Existe un modelo de Estado, repartido desde la internacionalidad, que no desea que vivamos más arriba, hacia delante, con sueldos dignos, con el reparto de la riqueza, con la antiglobalización desmontada por el béisbol del Poder. ¿Entonces, qué hacemos? ¿Es imposible cambiar la vida? Creemos que es posible, pero hay que armarse de valentía y entrar en todas las instituciones políticas y económicas con la rosa de Ronsard en la mano y levantar de sus sillones a los que están ingiriendo nuestro mundo a base de cocaína y paraísos fiscales. Hay que entrar en los despachos y sacar, amablemente, a los que nos han dejado sin futuro, sin punkies, sin la generación beat. No leamos jamás ya un periódico. Están todos trucados. La mentira son los días fríos de las empresas privadas que manejan la información. Existe una desinformación generalizada porque nunca se atreverán a contar lo que de verdad ocurre. Incluso Internet, con el tiempo, será sólo un pedazo de madera en manos del Gran Ojo. Hemos perdido el control de los días, de las raquetas de tenis, de los relámpagos. Sólo nos queda esperar o actuar. Entonces. Preguntamos. ¿Qué hacemos? ¿Dónde ponemos el ordenador? ¿Qué escribimos? ¿Para quién? ¿Para qué? Jesús, Gandhi, Giordano Bruno, Martin Luther King, Lennon, todos fueron asesinados por levantar la voz. ¿Acaso queremos que nos den muerte los espías rusos? 2x + 4y / 10x. Nos han quitado la voz. No tengamos ni la menor duda. El que habla, al atardecer, siempre se está muriendo. Ése es el único cantar de gesta. No nos queda nada más. ¿O sí? Preguntamos. Quizá tan sólo habitar en una cabaña muy lejana, toda llena de libros y una máquina de escribir, intentando amar a alguien como nunca lo hayan amado.

      Somos las tuberías por donde corre el agua sucia. Sin embargo, nos seguimos lavando los dientes con un dentífrico de Nueva Orleans con ese mismo agua. Tenemos las casas llenas de insectos, que provienen del Fondo Monetario Internacional y del Banco Central Europeo. Nos acusan, constantemente nos están acusando de que somos herejes, mendigos, negros, marxistas. Pero. Pero resistir y actuar ya es tan necesario como creer que Einstein ya no tiene razón. Todo evoluciona, pero nosotros sólo vivimos el instante. “Collige, virgo, rosas”. Y aún así estamos satisfechos, reímos sobre las plataformas del buque London y seguimos cambiando los pañales a nuestros hijos. Pero llegará el tiempo en que no queden pañales, porque habrán sido incinerados por el agujero de Ozono. ¿A dónde irá toda la porquería? A las tuberías, las que nos han instalado para que dejemos de ser periodistas libres.

     Modigliani murió de amor, y no había vendido un solo cuadro, porque pintaba para otro siglo. A Lorca lo fusilaron por amar demasiado. Amor, amor. ¿Por qué nosotros no morimos de amor?, como en las baladas francesas. Sintámonos sólo una balada, un cuerpo diagonal contra otro cuerpo algebraico. Nos han dejado solos. Entonces entreguémonos a esta soledad que tanto nos asusta. Habitemos nuestros dormitorios como si fueran los bosques de Nigeria. Amemos con la fuerza que nos proporciona la juventud o la vejez, los espejos o el juego del ajedrez. Es, creemos, el único modo de reencontrar nuestra identidad, tan perdida como una nave de la NASA. A/proximémonos a las manos que se nos ofrecen cuando llega el invierno y no tenemos gas porque no podemos ya pagarlo. Recomencemos el resto del mar que nos han dejado y besemos los pies de quien está a nuestro lado como si eso fuera la última vez que lo hiciéramos. Luego podemos salir al balcón y fumarnos un cigarrillo. Insistimos. Hay tantas cosas por hacer. Hay tanto miedo del cual escapar. No nos dejemos engañar. Ya somos mayores. Hemos cumplido los años de los carpinteros de la Edad Media. No subamos jamás a los barcos. Se acabaron los viajes. O todavía hace falta buscarlos. Pero, ¿adónde ir? ¿Hacia qué hielos o hacia qué restaurantes? Si todo está ocupado por los ejércitos y por los libros de los hadiz. Toca esperar. ¿Quieren ustedes que esperemos? No decimos nada. Así que pasen cinco años.

 

"María Ángeles"

Escrito por emilioarnao 03-06-2012 en General. Comentarios (0)

Ayer me llegó mi último libro de poemas editado. Titula "María Ángeles". Se trata de un poemario de amor/desamor con tintes autobiográficos. La historia real de un amor que así como se encendió en su convulsión de belleza acabó por culpa de las hojas caídas en otoño. Son ciento siete poemas en los que intento adivinar de qué manera el amor puede significar lo más hermoso del mundo, en su completud de orígenes y en su nacionalidad de nuevas vivificaciones de lo que uno es, está siendo y siempre será. Pero el amor también tiende a la destrucción del mundo, en la cual el poeta se va consumiendo y va tendendiendo a fumar en soledad en las calles vacías, porque es de ese modo como todo va desapareciendo, los restaurantes, los taxis, los parques, la luz última de la atardecida. Ya sólo queda el recuerdo, que transita como vaga esperanza a lo que puede venir y ser de nuevo transformado. El amor es una nueva domicilización de las cosas, las cosas más sencillas, el mar, los pantalones vaqueros, el café en la cocina, la música de los Stones, el alba con su lluvia, el tiempo que se detiene por ya no quedan más siglos por delante. Amar es conocerse a uno mismo desde la profundidad que antes creías levedad, humo, polvareda, nada. Sólo amando te conviertes en un verdadero hombre, porque sobreviene la energía, la marcada personalidad, la mitigación del dolor. Pero, cuando eso desaparece, empiezas a habitar una casa que ya no es la tuya, sino de los colores expresionistas de Kirchner o de los adagios de las sinfonías de Schubert. Amar nunca es olvido, puesto que siempre quedan en la memoria, aferrados como lámparas en el techo, un tiempo y un instante en que permaneció un jardín en perpetua construcción.